jueves, 26 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 12

Se levantó y Paula se sintió más consciente de su fuerza y de su tamaño, pero en lugar de sentirse intimidada, sintió una descarga de energía, de excitación.


–Si supiera una palabra de viticultura, lo comprendería, Paula –dijo, de nuevo pronunciando su nombre como quien acaricia; su ira, su cinismo, transformados en algo áspero y crudo teñido de promesa–. Esta tierra es única, rica en minerales complejos que confieren un aroma específico a las uvas.


No sabía qué le estaba ocurriendo. Era como si su tono de voz se estuviera reflejando en los confines de su cuerpo. Por primera vez en su vida, era como si la vieran de verdad. De pronto tomó su cara entre las manos. Sus palmas encallecidas le hicieron estremecerse y con el pulgar le rozó los labios. Sabía que debía dar un paso atrás y alejarse de aquella pasión incendiaria, pero se sentía atrapada, poseída y tan desesperadamente necesitada que el pulso que había nacido entre sus piernas comenzó a extenderse, amenazando con incendiar todo su cuerpo.


–Una vez sea el dueño de estas viñas –continuó en voz baja–, las esquejaré y extenderé a otras tierras para crear un nuevo viñedo, puede que incluso mejor que Montremere.


Respiraba con dificultad. Él también. Paula se humedeció los labios y la pasión explotó en los ojos de Pedro pero, en lugar de acercarla a él, su mano abandonó su mejilla. La necesidad parecía brotar de un lugar desconocido, más allá de la pasión, más allá del deseo. Algo profundo y elemental que seguramente emanaba de aquella chica rechazada tanto tiempo atrás. Y en una décima de segundo, lo único que pudo ver fue a aquel muchacho rechazado, traicionado, explotado, y puso su mano sobre la de él con intención de consolarlo como antes en la mesa, pero aquella vez no fue solo deseo de consolarlo lo que sintió. Poniéndose de puntillas, acercó sus labios a los de él. Necesitaba reforzar aquella conexión, alimentar un apetito para poder apaciguar su dolor. Y el propio también. Le oyó gemir, y un instante después, sintió de nuevo sus manos en las mejillas tirando de ella para besarla. Fue un beso salvaje, necesitado, exigente. Sin saber cómo, Paula se abrazó a él, temblando, sintiendo el calor de su cuerpo, la presión de su pecho sobre sus senos, los pezones cada vez más endurecidos e hinchados, con la necesidad de restregarse contra él como un gato desesperado por una caricia. Su lengua marcó los rincones más profundos de su boca, y ella intentó responder lamiendo y mordiendo. No tenía ni idea de lo que hacía, pero sí sabía que necesitaba más sabor, más pasión, más calor. Pedro hundió las manos en su pelo y las horquillas que lo habían sujetado cayeron al suelo de piedra. Por fin liberó su boca y la miró, aturdido, aunque no tanto como ella.


–Te deseo –dijo, mirando primero su pelo suelto y después, de nuevo su boca–. Sé que no debería. Que es una locura.


–Lo sé…


Estaban en la casa de André, una casa que él quería derribar, una casa que ella adoraba, el día del entierro de André y siendo ella su viuda. No debería desearlo y él no debería desearla a ella, pero lo único que parecía capaz de sentir era la necesidad que viajaba por su torrente sanguíneo, alimentada por la embriagadora sensación de conexión, como si su dolor compartido fuese un ente vivo. Ningún hombre la había mirado como la estaba mirando él, con una furiosa y apasionada intensidad y, antes de que pudiera contenerse, dijo las palabras que le había rondado por la cabeza desde que le vio bajarse de su Jeep aquella tarde.


–Yo también te deseo.


Pedro frunció el ceño y se quedó inmóvil, sin decidirse, y Paula temió por un instante que fuese a rechazarla, pero en un segundo la confusión se despejó y la tomó en brazos.


–Bien.


Paula pasó las manos por su cuello y así salieron pasillo adelante, él subió de dos en dos los peldaños de la escalera y se detuvo en el distribuidor.


–Dime qué habitación no has compartido con De la Mare –preguntó, inquisitivo.


La respuesta era sencilla. Señaló su propio dormitorio, en el que había vivido desde que ocupó el puesto de ama de llaves de André. Pedro abrió la puerta con el pie y encendió la luz con el codo antes de dejarla junto a la cama. Paula temblaba. Su cuerpo parecía una hoja zarandeada por el viento de su propio deseo. Nunca se había sentido así, tan excitada, tan fuera de control.


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