jueves, 26 de marzo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 10

 –Si tiene alguna otra pregunta, madame De la Mare… –el abogado recogió sus cosas e hizo una leve inclinación de cabeza–. O usted, monsieur Alfonso, pueden ponerse en contacto conmigo en mi despacho con toda libertad.


Cuando el abogado se hubo marchado, Pedro vió que la viuda de su padre ocupaba una silla al otro lado de la mesa y tomaba una uva. Estaba nerviosa, además de excitada. Bien. Así no era él el único incómodo con aquella atracción.


–¿Qué edad tenía cuando André le exigió que trabajase para él para pagar el alquiler? –quiso saber.


–Diez u once años. No recuerdo bien –respondió, encogiéndose de hombros. La compasión volvió a brillar en sus ojos, y eso era lo último que él quería–. No fue tan malo. A mí me gustaba el trabajo y llegué a enamorarme de las viñas.


–Lo siento –respondió–. Debe ser duro para usted que haya impuesto esa condición en su testamento.


–En absoluto. No esperaba menos de él, madame… –no le gustaba tener que llamarla usando el apellido de ese bastardo–. ¿Cómo se llama?


–¿Mi nombre de pila?


–Oui.


–Me llamo Paula. Paula Chaves. Bueno, Paula De la Mare.


–Paula Chaves está mejor, ya que estuvo casada con el viejo bastardo solo unos días, así que no me parece necesario que lleve su nombre.


–Por favor, no se refiera a él así. Siento que no fuese un buen padre para usted, pero André era amigo mío.


Amigo. Qué forma de describir al hombre con el que había tenido una relación. ¿Por qué no se daba cuenta de que no necesitaba su compasión? Lo que su padre hiciera o dejase de hacer ya no tenía peso en el hombre que era.


–No necesité que fuese un buen padre para mí. Ni bueno, ni malo – añadió, decidido a hacerle comprender.


Tomó un pedazo de baguette tierna, untó queso Brie y le dió un bocado, resuelto a parecer despreocupado costara lo que costase. Nunca había hablado con nadie de esa etapa de su vida, cuando intentaba desesperadamente ganarse la admiración y el afecto de André De la Mare y, en cierto modo, seguía avergonzándose de aquel muchacho, de lo débil y absurdo que había sido por necesitar validación de un hombre que no sentía absolutamente nada por él. Pero Paula Chaves necesitaba saber que ese crío desesperado hacía mucho que ya no estaba.


–Sobreviví muy bien por mis propios medios. De hecho, el rechazo de mi padre, su decisión de rechazarme porque era un hijo bastardo de una mujer de familia pobre, me hizo mucho más fuerte y me preparó para luchar por lo que es mío. Nunca dejaré que alguien vuelva a quedarse con algo que me pertenece por derecho propio.


En lugar del temor que esperaba inspirarse con aquella amenaza velada, su mirada volvió a anegarse en compasión.


–¿André le rechazó por ser ilegítimo? –preguntó, malinterpretando el objetivo de sus palabras–. Qué horror. Lo siento mucho.


Y estiró el brazo sobre la mesa para rozarlo en un gesto de consuelo y compasión. Su roce fue como el de una llama para su piel y para su orgullo.


–No sienta lástima por ese muchacho –dijo, sujetado su muñeca con intención de sorprenderla, pero incómodo por el fuego que seguía abrasándole la piel y haciendo saltar el pulso de ella–. Hace mucho que se fue.


Ahora era millonario. Un hombre tan alejado como fuera posible de aquel mocoso pobre y rechazado. Tenía poder, y pronto sería dueño de toda la tierra que podía abarcar con la vista, incluidas las viñas De la Mare. Ella se soltó y él dejó que lo hiciera. Podría tener a cualquier mujer. ¿Por qué demonios iba a querer aquella, siendo como era la que había calentado la cama de su padre? Pero la vió morderse el labio inferior y la respiración se le aceleró ante la idea de morder él también aquel labio lujurioso y después calmarlo con la lengua antes de hundir las manos en aquel pelo sedoso y… «Arrête!» Respiró hondo. Tenía que detener aquellas imágenes eróticas que lo bombardeaban.


–Sería un grave error compadecerse del hombre en el que se ha convertido, Paula.

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