martes, 17 de marzo de 2026

Retrato: Capítulo 58

En esas fotos no parecía nada, y estaba harto de hablar de ello.


—Creía que querías hablar de negocios —Pedro miró a Federico con dureza.


—Así es.


—¿Y bien?


—¿De verdad disfrutas dirigiendo la empresa? —preguntó su hermano, sin inmutarse por la mirada—. Porque yo sí, y estaría encantado de ocuparme permanentemente.


¿Qué demonios? Eso no iba a ocurrir. Pedro no iba a abdicar de las responsabilidades que su padre le había dado.


—Estoy bien —insistió Pedro con un fuerte dolor de cabeza—. Todo está absolutamente bien.



Pero, una semana después, tuvo que admitir que algo iba muy mal. No dormía. No comía. Y su comportamiento en la oficina había empeorado. Federico le había ordenado que permaneciera en casa antes de que todos abandonaran la empresa y, a pesar de no gustarle recibir órdenes, había aceptado a regañadientes. Desgraciadamente, eso le proporcionaba demasiado tiempo libre mientras reproducía en bucle la conversación de la terraza con Federico. Nunca se había planteado dimitir. No continuar con el legado de su padre sería una traición. Pero mientras se dirigía a la cocina para prepararse el cuarto café del día, y solo eran las nueve de la mañana, se preguntó si no estaría demasiado implicado para ser objetivo. ¿Qué pensaría alguien de fuera? ¿Qué pensaría Paula? Ella sería la primera en aconsejarle hacerse a un lado y nombrar a Federico CEO, y tendría razón. Porque mientras simplemente soportaba el cargo, su hermano lo había disfrutado. Tenía un don con la gente, estaba motivado y era brillante. Siempre había sido el mejor hombre para ese trabajo. También era irritantemente perceptivo porque, aunque a Leo le gustaba creer que rara vez pensaba en Paula, la verdad era que estaba en su cabeza todo el maldito tiempo. La echaba de menos más de lo que creía posible. ¿Podría haberse enamorado de ella? No. Imposible… Pero al repasar todas las razones por las que ella no le convenía, pudo refutarlas todas. Un pelo sin mechas y las orejas sin adornos le parecían aburridos. Lejos de temer su influencia, deseaba escuchar sus opiniones. Él no era destructivo como su madre, ni débil como su padre. No temía a las emociones. Los días que habían pasado en Santorini, se había sentido vivo por primera vez en años. Ella le hacía sentir invencible. El mundo no se derrumbaría si él no lo controlaba las veinticuatro horas del día. Y en cuanto al legado de su padre, lo preservaría poniendo a la mejor persona al mando. Los muros que rodeaban su corazón se derrumbaron. Amaba a Paula, comprendió con una sacudida que le robó el aliento de los pulmones y drenó sus fuerzas tan bruscamente que tuvo que buscar a tientas una silla. Probablemente la amaba desde que ella le había plantado cara junto a la piscina la tarde en que se conocieron. ¿Por qué si no la había perseguido cuando todo su ser clamaba en contra? Lo había disfrazado de culpa, pero en el fondo era solo deseo. Pensar en su vida sin ella, sombría, sin color, vacía, le helaba los huesos. Contar los días que faltaban para que pasara por otro período sola, le horadaba el pecho. Quería protegerla, amarla hasta el día de su muerte. ¿Qué podía hacer? ¿Se lo permitiría ella?




Desde su regreso a Londres, Paula había dado gracias a su buena estrella por haber escapado de la poderosa y destructiva órbita de Pedro. Decidida a relegar a la historia su estancia en Santorini, a borrarla de su mente, llenó su agenda de visitas a su padre y reuniones con amigos. Se abasteció de pinturas, se hizo nuevas mechas violetas y actualizó su página web para incluir el retrato de Selene y las buenísimas críticas que había generado. No pensó en él. No se preguntó qué estaría haciendo o cómo se encontraría, ni leyó los artículos de sociedad que le había enviado una amiga. Tampoco repasó los cuadernos, llenos de dibujos suyos, que había guardado en el fondo de un cajón. Y cuando el período volvió a asomar, no deseó que le dieran un masaje en la espalda o le prepararan un baño. Se limitó a hacer las cosas como siempre las había hecho. Todo iba bien. Sin incidentes, como ella quería. El sol brillaba y Londres estaba precioso. Estaba atareada preparando el viaje a Milán para pintar a una de las condesas italianas que había conocido en el banquete, y entusiasmada por volver al trabajo. Hasta que una mañana, un mes después de su regreso, mientras buscaba un lápiz en el cajón, vió un dibujo suelto de Pedro tumbado en la cama en Santorini, y sintió un golpe en el estómago. Porque nada iba bien, de hecho, iba terriblemente mal. Aferrándose al dibujo, el dolor acuchillándole el pecho, se dejó caer en el sofá y se hizo un ovillo. Las lágrimas que había conseguido mantener a raya rodaron por sus mejillas. ¿A quién estaba engañando? La vida podía ser tranquila y segura, pero no era lo que ella quería. El sol brillaba y la ciudad bullía, pero sobre su cabeza se cernía una nube negra. Pensar en Milán y el trabajo era todo menos emocionante. Lo echaba de menos, más de lo que había creído posible. Echaba de menos su sonrisa y cómo la miraba, como si intentara descubrir sus miedos y esperanzas. Lo deseaba con todas sus fuerzas, y no solo porque le hubiera dado placer, aventura y cuidado de ella. Le encantaba hablar y discutir con él. Los días que habían vivido como pareja habían sido los mejores de su vida. No había mantenido su corazón a salvo. Había estado en peligro desde que lo había conocido. Si su relación hubiera sido puramente física, como ella había creído tan tontamente, no habría deseado cosas que no debía desear. No habría cometido imprudencias. Se habría esforzado por evitarlo, pero se había enamorado perdidamente de él. Era un desastre. Porque Pedro no sentía lo mismo por ella. No la quería. Se preocupaba por ella, o se había preocupado, pero no la amaba. Qué ironía haber superado los obstáculos que la habían atormentado durante años enamorándose de alguien no disponible. No había escapado con suerte, y debería haberse quedado y luchar. Por él. Por ellos. Debería haberle convencido de que era la adecuada para él. Porque lo era. Sobre el papel eran una pareja dispar, pero en realidad tenían mucho en común. Eran ambiciosos, motivados, víctimas de las circunstancias. Cada uno tenía un progenitor fallecido y otro que no merecía el título. Ella nunca sería lo bastante elegante y sofisticada, pero se entendían.

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