—Te ayudaré a bajar.
—Gracias —ella le dedicó una sonrisa más brillante que el sol, que, tratándose de Grecia en julio, era mucho decir.
—¿Cómo te convertiste en artista? —preguntó él, seguro de que el inmenso alivio que había sentido al apartarla del peligro era normal.
—Apenas tuve elección. Es lo único que sé hacer. Mi único sobresaliente en la escuela fue en arte.
—¿Por qué?
—Por mi enfermedad, faltaba mucho a clase. El calendario de exámenes no era mi amigo.
—¿Nadie se dió cuenta?
—Éramos dos mil alumnos —contestó ella secamente, mientras volvían sobre sus pasos y se alejaban del acantilado—. Trescientos en mi curso. No existía la atención personalizada. Yo solo era una de tantas que pasaban desapercibidas.
Pedro trató de imaginarse algo así en el internado de élite de Inglaterra al que había asistido desde los ocho hasta los dieciocho años, y fracasó.
—¿Y tu padre?
—Desconsolado. Pero no importa —ella hizo un gesto desdeñoso con la mano, que hacía sospechar de lo contrario—. Nunca iba a poder mantener un trabajo convencional con la cantidad de bajas por enfermedad que tendría que pedir, así que no necesitaba ninguna cualificación.
—¿Fuiste a la escuela de arte?
—No. He hecho cursos, pero soy, básicamente, autodidacta. Conseguí una colección de obras, mientras trabajaba de camarera, y luego me abrí camino a golpe de talonario hasta las exposiciones.
—Eres tenaz.
—He tenido que serlo —ella asintió con ironía—. No siempre he tenido éxito, pero, por suerte, a la gente parece gustarle lo que hago. Más aún, me gusta a mí. Mi trabajo es versátil y variado, y me encanta. No mucha gente puede decir lo mismo.
—Cierto.
—¿Y tú? —Paula le lanzó una perturbadoramente penetrante mirada—. ¿Te gusta tu trabajo, Pedro?
«No especialmente». La respuesta no era buena, pero él la ignoró como hacía cada vez que el resentimiento por su destino asomaba su fea y vergonzosa cara. No tenía sentido preguntarse qué habría pasado si se hubiese negado a abandonar la universidad a mitad de curso, si hubiera dado la espalda a todo aquello para lo que le habían preparado, y perseguido su sueño de ganar la America’s Cup. Era CEO de una de las mayores y más exitosas empresas privadas del mundo. Tenía riqueza y poder. No tenía derecho a envidiar a los demás por poder elegir su propio camino. La envidia era destructiva y era ridículo lamentar algo que nunca había sido posible.
—Soy extremadamente bueno en esto —contestó, extrañamente incapaz de mentir sobre ello con la fluidez habitual.
—Eso no responde a la pregunta.
—¿No?
—O tal vez sí —ella asintió comprensiva—. El deber es importante para tí.
—Me inculcaron mi destino desde mi más tierna infancia.
—¿Qué habrías hecho si hubieras podido elegir?
—Habría navegado —contestó Pedro sin dudarlo—. Competitivamente.
—¿Tienes un barco?
—Ya no.
—Qué pena.
—¿Por qué?
—Podríamos haberlo sacado mañana.
Mientras Pedro se detenía a inspeccionar unas ruinas al borde del anfiteatro, Paula se sentó en una roca y sacó su flamante cuaderno de dibujo de la mochila. Tras varios irritantes intentos de plasmar el paisaje que se extendía ante ella, se dió por vencida y se puso las gafas de sol para observar al hombre con el que se acostaba, una visión infinitamente más fascinante.
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