El café estaba hecho, y Paula miraba por la ventana de la cocina sin ver el paisaje. Apenas había pegado ojo esa noche, despertándose cada cinco minutos preocupada, dándole vueltas a todo. Y por fin a las cuatro, había decidido levantarse de la cama. Ya dormiría más adelante. Después, cuando Pedro se hubiera ido, tendría todo el tiempo del mundo para dormir. Nada tenía sentido. Había estado enfadada con él por las mentiras, pero ya no lo estaba. Al contrario, aunque su arriesgada profesión le daba pánico, se sentía orgullosa de él. Pero quería que se fuera de su casa. Quería que todo aquello terminase de una vez. Entonces lo oyó moviéndose en el piso de arriba. Cuando se fuera volvería a su vida normal, una vida sin lustre, aburrida… Y lamentaba haberle hablado como lo había hecho la noche anterior. No podía soportar la idea de quedarse sentada allí, esperando noticias, esperando que volviera a casa… O no volviera. No, sería mejor despedirse ahora. Cuando estaba preparando el que sería su último desayuno en el hostal, lo oyó bajar la escalera, y al volverse, se quedó helada. Era magnífico. No había otra palabra para describirlo, y eso la asustaba tanto como la excitaba. Pedro Alfonso no podía esconder quién era aquella mañana. En el pecho de la camisa llevaba colgada su placa de comisario, y al hombro la funda de la pistola. Tenía un aspecto peligroso, imponente. Pero Paula no pudo dejar de notar que tenía ojeras. Estaba claro que no había dormido bien, pero tenía que estar alerta, despierto. ¿Y si era culpa suya que no hubiera descansado?
—Te he hecho el desayuno.
Fue lo único que se le ocurrió decir. Cualquier otra cosa abriría una puerta que no quería abrir en ese momento. Los dos sabían que iba a marcharse. No había más que decir sin empezar con los lamentos y las recriminaciones.
—Sólo quiero una taza de café.
—Deberías comer algo… Tienes un día muy largo por delante.
—Sí, tienes razón… —suspiró él—. Paula, lo siento mucho… Siento que hayas tenido que pasar por todo esto, de verdad.
—Déjalo, Pepe, Los dos sabemos que es tu trabajo, Y los dos sabíamos que llegaría este momento.
—Esto no es fácil para mí. Yo no contaba con… Conocerte — Paula apartó la mirada. No podía soportar la idea de que pusiera en peligro su vida—. Dime algo, por favor…
—¿Qué quieres que te diga? Ese hombre podría haberte matado. Y no me digas que no, porque yo sé cómo es la vida de un policía. Tú no eres el único que tiene secretos.
—No sé a qué te refieres. ¿Qué secretos?
—¿Es que no lo sabes? ¿No sabes que mi marido murió porque le dispararon mientras estaba trabajando?
—¿Qué? Te juro que no lo sabía.
—¿Cómo no ibas a saberlo? ¿Grant no te lo ha contado?
—No, no me ha dicho nada. Te juro que yo no lo sabía. ¿Cómo ocurrió?
Paula lo miró a los ojos para ver si decía la verdad. Y le parecieron sinceros. Pero hablar de ello seguía doliéndole tanto… Nunca olvidaría los ingratos recuerdos de esa noche.
—Era guardia de seguridad en la refinería de petróleo, y una noche, alguien le disparó. Mi marido intentó defenderse… Pero pagó un precio muy alto por ello. Sofía y yo también tuvimos que pagar un precio muy alto… —dijo, suspirando—. Yo tuve que soportar un interrogatorio, como si mi marido hubiera hecho algo malo, y mi hija ha tenido que vivir sin su padre desde entonces.
—Lo siento mucho. De verdad, lo siento…
—No, déjalo. No quiero seguir hablando de ello —Maggie dio un paso atrás. Lo último que necesitaba en aquel momento era su compasión—. Será mejor que termines tu desayuno, se está haciendo tarde.
El tono seco puso fin a la conversación, y Pedro siguió comiendo. Paula no entendía cómo podía comer. Pero seguramente aquél era un día normal para él. Quizá fuera simple rutina. Levantarse, vestirse, desayunar, e ir a trabajar… Arriesgando su vida. Para ella, eso nunca sería normal. Luego se levantó para dejar el plato del desayuno en el fregadero.
—Gracias, Paula.
Ella cerró los ojos, deseando poder decirle adiós por fin pero desesperada por retenerlo allí unos segundos.
—De nada.
Era una tontería, se decía a sí misma, que le importase tanto alguien a quien había conocido sólo unas semanas antes. Alguien que le había mentido, además. Pero sin que se diera cuenta, Pedro había atravesado todas las barreras que había levantado desde la muerte de Julián. Y había empezado a sentir otra vez, a desear, a soñar.
—Pepe, yo…
Pero cuando se dió la vuelta, él había salido de la cocina. Lo encontró en la puerta, poniéndose un chaleco antibalas. Nunca en toda su vida se había alegrado tanto de ver una prenda así, y rezaba para que lo mantuviera a salvo.
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