jueves, 23 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 33

 —¿Cuándo fuimos al pueblo?


—Sí.


Esperaba que se mostrase arrepentido, culpable… Pero no era así. Al contrario, casi parecía aliviado.


—¿Cuándo salías de excursión?


—Sí.


—¿El día que salimos a dar un paseo, cuando soplaba el viento chinook?


Esperó la respuesta con el corazón en la garganta. Ese día, más vulnerable que nunca, había decidido confiar en él. Pedro la había abrazado mientras lloraba; ella le había contado cosas sobre Julián…


—Sí, Paula. Ese día también.


¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía haberla abrazado y besado mientras llevaba una pistola en el pantalón? ¿Cómo podía ella haber estado tan ciega?


—Escúchame, lo que te he dicho es verdad: No voy a ningún sitio sin mi arma reglamentaria. No es nada personal.


—¿No es nada personal? —repitió ella, incrédula.


¿Cómo podía decir eso? Estaba en su casa, había llevado un arma de fuego a su casa sin decírselo. ¿Qué más no le había contado?


—Quiero que te marches, Pedro. Puedes subir a tu camioneta ahora mismo y marcharte a Olds. Allí hay muchos hostales, seguro que tus superiores pagarán la factura.


—No puedo hacer eso.


La respuesta era seca, firme, como si estuviera dando una orden. Habría sido más fácil si hubiese apartado la mirada, si se mostrase arrepentido. Pero Pedro no dejaba de mirarla a los ojos, como pidiéndole que lo aceptase. Y Paula ya había aceptado más que suficiente. Había aceptado la muerte de sus padres, había aceptado la muerte de Tom y el informe oficial, había aceptado los problemas de Sofía mientras hacía todo lo posible por minimizar los daños… Lo había dejado entrar en su casa y aceptado que estaba allí de vacaciones cuando era mentira. Pero todo eso se había terminado. 


—Ya no eres bienvenido aquí. Con una pistola, no.


—Paula, tienes que escucharme —le imploró él—. Tengo que estar aquí.


—¿Por qué? ¿Por qué aquí precisamente? Y esta vez dime la verdad. Creo que me lo merezco.


—Porque me han destinado aquí. Ojalá pudiese contarte algo más, pero no puedo. Es por tu propia seguridad.


Eso no era suficiente. No podía ser suficiente.


—No estás de baja, ¿Verdad?


—No.


Ese monosílabo lo decía todo. Paula miró el huerto por la ventana, la hierba que se esforzaba por crecer en el jardín, la nieve… Aquél era su mundo. El mundo que ella había intentado mantener en orden durante años. Su lugar seguro. En aquel momento le gustaría recuperar la sensación de normalidad, le gustaría poder olvidar las cosas que antes tenía olvidadas. Aquel mundo extraordinario, con Pedro, no era real.


—No quería engañarte… No me gusta nada mentir, Paula.


—Entonces me has mentido… —dijo ella, dándose la vuelta.


—He tenido que hacerlo… —suspiró Pedro.


Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en el cuello. Un calor que la hizo recordar sus brazos, sus labios. Pero tenía que dejar de pensar en eso. No había sido más que una momentánea debilidad, un error que no volvería a repetirse.


—Me obligaron a pedir una baja. La historia que te conté sobre la muerte accidental de esa chica… Mi jefe pensó que tenía que apartarme del servicio, pero me llamaron poco después para encargarme una misión.


—Estás aquí buscando a algún delincuente.


Pedro asintió con la cabeza.


—Lo siento mucho, Paula.


Pedro quería abrazarla, suplicarle que lo entendiese, pero no podía ser. Ya le había hecho suficiente daño.


—¿Qué clase de misión te trae a un pueblo perdido en medio de ninguna parte? No lo entiendo… Ni siquiera tienes jurisdicción aquí. Tú eres un policía estadounidense.

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