martes, 28 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 40

 —¡Yo sólo estaba protegiendo a mi hija! —Paula dejó su taza sobre la mesa—. Si hubieras hablado con alguien del pueblo, te habrían dicho que yo no he tenido nada que ver con Pablo Harding en toda mi vida.


El jefe de policía dejó escapar un suspiro.


—Sobre el papel era plausible…


—Sobre el papel no es suficiente —replicó ella.


—Sí, tienes razón. Por favor, acepta mis disculpas.


—Si sabes algo sobre Pablo, nos ayudaría mucho —intervino Pedro entonces.


—Sólo sé que opera en su granja. Vende alcohol y drogas blandas… Ese tipo de cosas. No me sorprendería nada encontrar una plantación de marihuana en su casa.


—Sí, la hemos encontrado —sonrió Pedro—. Pero gracias a los esquíes y las botas que me prestaste, creo que este año no va a cosechar mucho.


De modo que tampoco iba a dar paseos por la nieve…


—¿Estabas vigilándolo?


—Sí, claro. Metía todo lo que necesitaba en la mochila por la mañana y me iba a la granja.


La mochila… Paula intentó luchar contra aquella sensación de irrealidad. No parecía posible que aquello estuviera pasando en su casa. ¿Quién era aquel hombre? Cuanto más descubría sobre él, más misterioso le parecía. ¿Cómo podía ser el mismo que la había besado con tanta ternura? El mismo hombre al que le había contado sus secretos, el que inspiraba en ella sentimientos que ningún otro había inspirado desde la muerte de Julián.


—¿No sabes nada más? —preguntó Ignacio.


—No, nada.


—Entonces, creo que es hora de llamar a Sofía. Si pudiera contarnos algo de lo que no quiso contarnos el verano pasado, sería de gran ayuda.


El jefe de policía salió del salón y volvió un momento después con Sofía, que mantenía la mirada baja.


—Cariño, Ignacio y… Y Pepe —Paula aún no era capaz de llamarlo «El comisario»—, sólo quieren hacerte unas preguntas sobre Pablo Harding. No te has metido en ningún lío, ¿Verdad? 


—Yo no he hecho nada.


—Ya sabemos que no has hecho nada —la tranquilizó Pedro—. ¿Por qué no te sientas un momento? Sólo queremos saber si te acuerdas de algo que pudiera ser importante.


Sofía se sentó al lado de Ignacio, y miró a su madre con cara de susto.


—Lo siento mucho, mamá.


—Ya te he perdonado, cariño.


¿Por qué habían tardado casi un año en decirse esas palabras tan importantes? Paula no lo sabía, pero en cuanto las hubo pronunciado, todo cambió. Su hija había vuelto. De verdad. Y la sensación de alivio casi la hizo llorar.


—Sofía, sé que Pablo Harding te da miedo —empezó a decir Ignacio—. Pero ahora quiero que te olvides de ese miedo. Pedro está aquí y yo estoy aquí para meterlo en la cárcel, que es donde debe estar. No puede hacerte nada. Pero tú puedes ayudarnos para que no le haga daño a nadie más.


—¿Qué quiere saber?


Sofía estaba pálida, pero no parecía asustada, y Paula se sintió orgullosa.


—¿Pablo Harding te amenazó?


—Me dijo que si lo delataba, lo lamentaría.


—¿Algo más específico? ¿Sabes si había más chicas llevando la droga?


Sofóa negó con la cabeza.


—No que yo sepa. Al principio… No sé, era simpático. Luego se volvió muy raro. La verdad es que empecé a tenerle miedo. Y un día…


Sofía no terminó la frase.


—¿Un día qué, cariño? —la animó Paula.


—Un día me enseñó una especie de sótano que había en su granero. Allí era donde lo guardaba todo. Y me dijo que si le decía algo a la policía, me metería allí.


A Paula se le encogió el corazón, pero intentó disimular. 


—¿Por qué no me contaste eso el verano pasado? —preguntó Ignacio.


—¡Porque tenía miedo! 


—Cariño mío… Deberías habérmelo contado a mí. Deberían haber detenido a ese hombre hace meses.


—Es que estabas tan enfadada conmigo… Y luego me enviaste a Edmonton y pensé que…


En todo ese tiempo, Paula no había tomado en cuenta los sentimientos de su hija. Sólo le importaba que estuviera bien, alejarla del peligro, Pero no se le ocurrió pensar que Sofía podría sentirse desdeñada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario