No, no estaba todo pagado. Pedro sabía que estaría pagando por aquello durante mucho tiempo. No pasaría un día sin que pensara en ella. En el aroma a vainilla y a canela, en el sonido de su risa. Paula salió de la cocina y él dejó escapar un suspiro. Había mucho que hacer, de modo que aquello tendría que esperar. Por ahora, lo más importante era hacer una llamada de teléfono. No podían dejar que Pablo Harding se les escapara de las manos. Tenía que llamar a Ignacio, reunir al equipo, y prepararse. Y añadir «Intento de asesinato» a la múltiple lista de cargos contra ese canalla. Porque sabía que había tenido suerte, y en su trabajo, no se podía contar con la suerte a menudo.
Paula se sentó frente a la ventana, aunque no estaba mirando el paisaje. ¿De verdad empezaba a enamorarse de ella, o sólo lo había dicho para que lo dejase estar allí? Ya no sabía qué creer. Sólo sabía que por primera vez desde la muerte de su marido, por fin había dejado que alguien entrase en su corazón. Por fin alguien le importaba. Era algo más que una atracción física. Se había enamorado. Se había enamorado del hombre que creía que era: Fuerte, amable, cariñoso, digno de confianza… Y ahora se sentía como una tonta. En la soledad de su habitación dejó que las lágrimas rodasen por su rostro. Lágrimas por todo lo que había perdido, lágrimas de humillación. Odiaba haber sido tan ingenua, haber creído que Nate podía estar interesado en ella. Ella, que se había pasado la vida viendo las cosas como eran, sin dejarse llevar por fantasías. Era una viuda de cuarenta y dos años con una hija adolescente y propietaria de un hostal. Nada más. Después de tantos años protegiendo su corazón, había bajado la guardia, mostrándose vulnerable, confiada. Se había dejado seducir por la magia y el romance de la situación, olvidando convenientemente que la realidad nunca se parecía a los sueños. Había sido una tonta por creer que pudiera desearla. Pedro Alfonso iba a quedarse, pero no por ella, sino por su trabajo. Debería haber detenido cualquier avance. Debería haberle dejado claro desde el principio que entre ellos no podía haber más que una relación profesional. Pero pensar todo eso ahora no valía de nada. Las lágrimas no dejaban de rodar por su rostro, y las odiaba tanto como odiaba a Pepe en aquel momento. Maldito fuera por hacerla sentir así, vulnerable y rota. No había llorado desde la muerte de Julián, y nunca por un hombre. Hasta aquel momento. Secándose las lágrimas con la mano, entró en el cuarto de baño para lavarse la cara, y después de tapar las rojeces con un poco de maquillaje, juró que no volvería a llorar por un hombre. Nunca. No lo encontró en la cocina y la casa estaba en silencio. Si sufría una conmoción, no debería estar durmiendo, pensó. Y si lo hacía, alguien debería despertarlo frecuentemente. De modo que subió al piso de arriba, con los escalones de madera crujiendo bajo sus pies. Debería haber insistido en que fuese al hospital… Una vez arriba llamó suavemente a la puerta antes de empujarla unos centímetros.
—Entra, Paula.
Ella se puso a temblar al oír su voz. Le había resultado fácil creer que Pedro no sentía nada por ella, que sencillamente la había utilizado. Pero cuando entró en la habitación y lo miró a los ojos, supo que había algo entre ellos. Algo que había sido tierno y ahora estaba teñido de desconfianza. En aquel momento le pareció diferente. Ya no era Pepe, sino Pedro Alfonso, comisario de policía.
—¡Ah, estás despierto! Me había preocupado.
Por mucho que odiase las mentiras, por mucho que odiase las armas de fuego, algo en él la hacía sentir segura.
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