Y no podía ser él quien volviera a hacerla sufrir. Lo cual era terriblemente difícil, porque la deseaba cada vez más. Paula confiaba en él, pero si supiera la verdadera razón por la que estaba en Mountain Haven, esa confianza desaparecería. No, cuando se fuese de allí, se iría con una sonrisa en los labios y cálidos recuerdos de lo que habían compartido. Así tenía que ser. De modo que no dijo nada. La apretó contra su corazón oyéndola respirar, sintiendo que la conexión que había entre ellos se hacía más profunda. Nunca antes se había sentido tan cómodo con una mujer. La deseaba, pero no podía tenerla después de todo lo que había ocurrido aquel día. No era el momento. Además, sabía que no se lo había contado todo. Se preguntó entonces cómo habría muerto Julián… Paula no le había contado eso ni los problemas de Jen con las drogas el año anterior. Y se preguntó si algún día confiaría en él por completo. Pedro siguió abrazándola mientras se ponía el sol, preguntándose cómo iba a soportar los días que quedaban. Cocinando. La observaba desde la puerta, con los brazos cruzados. Sabía que eso era lo que Paula hacía cuando se sentía incómoda o estaba triste por algo.
—¿En qué piensas?
Ella se dió la vuelta, llevándose una mano al corazón.
—No te había oído…
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, claro —contestó Paula, metiendo una bandeja en el horno—. ¿Has notado el viento chinook?
—¿Qué?
—El viento chinook, que viene de las montañas. Es tan cálido, que derretirá toda la nieve y mañana tendrás que hacer tu excursión sobre el barro —sonrió ella—. A veces sopla durante días, pero cuando deja de hacerlo, es que ha llegado la primavera —«Genial», pensó Pedro, haciendo una mueca—. No te duele la cabeza, ¿Verdad? Este viento suele provocar dolores de cabeza, especialmente si no estás acostumbrado a los cambios de presión. Si te duele, hay analgésicos en el botiquín.
Sus problemas no tenían nada que ver con el cambio de presión, sino con tener que esconder las razones de su estancia allí sin contarle mentiras. El problema era permanecer concentrado en lo que tenía que hacer sin pensar en ella cada minuto. Estaba enamorándose de Paula, y lo sabía. Y sí, empezaba a dolerle la cabeza.
—Estoy bien.
—¡Ah!
El monosílabo dejaba claro que había contestado en un tono demasiado brusco, y Pedro intentó suavizar su expresión.
—Pero gracias por preguntar. ¿Cuánto tiempo falta para la cena?
—Una hora más o menos… —murmuró ella, sin mirarlo.
—Bueno, entonces voy a leer un rato.
—¿Pepe?
Él se volvió. ¡Qué preciosa era…! Las lágrimas le habían dado un brillo especial a sus ojos, que ahora eran de un azul diferente… Como as tazas que tenía su abuela. «Azul china» se llamaba. Eternos y preciosos, como Paula. Tenía los labios ligeramente hinchados, y le habría gustado besarlos hasta que los dos se quedaran sin aliento. Le habría gustado subir a la habitación, desnudarla y hacerle el amor sobre ese edredón hecho a mano, hasta que estuvieran envueltos en sombras. Le gustaría decirle la verdad y sentirse liberado. Pero no podía hacer ninguna de esas cosas.
—¿Qué, Paula?
—Vamos a dar un paseo mientras se termina la cena —dijo ella entonces—. Quiero enseñarte cómo es ese viento de las montañas.
Salir de la casa era seguramente muy buena idea. De no ser así, podría hacer alguna tontería, como besarla de nuevo. O decirle lo que sentía por ella. Ridículo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario