—Despedirte de Sofía no te ha sentado bien, ¿Verdad?
¿Cuándo fue la última vez que alguien la miró con esa cara de preocupación? Paula se sentía tan aliviada, que estuvo a punto de dejarse caer sobre la puerta de la camioneta. Pero eso era ridículo.
—No me gusta despedirme de ella, no.
—Estás pálida como una muerta. ¿Tanto te duele decirle adiós a tu hija?
Ella tragó saliva. Cada vez que se despedía de Sofía se ponía enferma, pero no quería que Pedro lo supiera.
—He perdido a mucha gente en mi vida, y decirle adiós a mi hija… —Paula respiró profundamente—. Siempre despierta una sensación de pánico. Pero se me pasará.
—Entonces relájate y deja que conduzca yo. Sólo por esta vez — sonrió Pedro—. Además, no debes preocuparte. Sofía es una buena chica.
No diría lo mismo si supiera que la habían detenido el año anterior por posesión de drogas. Pero entonces… Ignacio no debía de haberle contado nada, pensó, aliviada. Paula le dió las llaves de la camioneta, suspirando.
—¿Quieres contármelo? —le preguntó él, mientras salían del estacionamiento.
¿Quería hablar de ello?, se preguntó a sí misma. No estaba segura. Quizá estuviera bien hablar con alguien que no la conociera, que no la viese como «La viuda que no volvió a casarse».
—Estoy bien, de verdad. Lo que pasa es que… No puedo protegerla cuando no está en casa. Tiene dieciocho años, y sé que está mejor en Edmonton, pero…
—Todas las madres se preocupan, es normal —sonrió Pedro—. Pero tengo la impresión de que hay algo más que eso…
Paula miró por la ventanilla. Su relación con Sofía era complicada. Había sido muy fácil cuando era niña y la vida era más sencilla. Ahora se había hecho mayor, y quería su independencia. No entendía su obsesión por el orden o que le impusiera una hora para volver a casa, y se peleaban todo el tiempo. Pero Pedro no sabía eso, y no podría entender por qué la afectaba tanto que su hija le diera un abrazo.
—Sofi y yo no estamos de acuerdo en muchas cosas. Pero hoy… Hoy ha sido diferente.
—¿Por qué?
—Porque… Ella estaba muy cariñosa. Hemos estado hablando de las vacaciones de verano y todo eso, pero…
—¿Pero qué?
—No sé, me ha parecido una despedida definitiva. Como si hubiéramos hecho las paces por fin. Y eso me asusta mucho.
—No lo entiendo.
Paula dejó escapar un suspiro.
—Es lógico. Es una idea muy fatalista, pero yo soy así.
Pedro soltó una carcajada.
—Veo que le das muchas vueltas a las cosas.
Ella se relajó un poco al oírlo reír. Había dejado de confiarle sus citas a sus amigos mucho tiempo atrás. Lo último que quería era aburrirlos con sus problemas y sus miedos. Tenía un negocio y había criado sola a su hija. La mayoría de ellos no entendía por qué seguía tan angustiada. Además, quería que la gente olvidase los problemas de Jen y hablar de ello no ayudaba en absoluto. Pero con Pedro sí podía hablar porque sólo estaba allí de paso.
—Tengo hambre. Vamos a parar en la tienda.
—¿Qué tienda?
—Ésa de ahí… —contestó Paula, señalando con el dedo—. Me gustaría comprar algo especial para la cena.
Pedro detuvo la camioneta y corrió a abrirle la puerta. Pero cuando abrió, Paula estaba mirándolo con una expresión de sorpresa que lo conmovió, y su corazón empezó a latir locamente, la misma sensación que había experimentado por la mañana mientras ella le ataba el arnés de los esquíes. Cuantas más cosas sabía sobre ella, más fácil era entender que no lo había tenido fácil en la vida, y mientras iba encajando las piezas, comprendía por qué la había afectado tanto despedirse de Jen.
—Pedro, yo…
Tenía los ojos muy azules, del color del Atlántico en un día soleado, pensó él. Y los labios entreabiertos. En un momento de locura, se le ocurrió que debería besarla para ver qué pasaba. Para comprobar si el deseo que sentía por ella era real o imaginado. Pero eso no sería apropiado, de modo que esperó mientras Paula se aclaraba la garganta.
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