martes, 14 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 22

Había sentido la tentación de contarle la verdad por la mañana, cuando la vió entrar en la cocina. Afortunadamente, no lo había hecho. Por su forma de actuar con Ignacio el día anterior y la frialdad con que lo miraba en aquel momento, empezaba a pensar que no le gustaban los policías.


—Al menos, te cerraste al principio… —siguió, mirando sus labios.


Paula se puso colorada.


—Lo sé, pero eres un cliente y…


—Y cuando llegué me aseguraste que lo más importante para ti era que tus clientes estuvieran cómodos.


—Quizá la preocupación por mi seguridad y la de mi hija sea más importante que eso —replicó ella.


Pedro se quedó sorprendido. ¿Creía que él iba a hacerles daño? Se preguntó entonces si habría estado mirando entre sus cosas, pero preguntar sólo confirmaría sus sospechas, y además, estaba seguro de que Paula no habría hecho eso. No, ella era una persona honesta y por eso se arriesgaba a preguntar directamente. Y él no sabía qué decir.


—¿Dónde has estado, Pepe?


No iba a dejarlo escapar, evidentemente. Y sabía que la única manera de calmar sus miedos era contarle… Lo único que podía contarle. Aunque no quería hacerlo.


—Muy bien. Te lo contaré cuando me haya cambiado de ropa.


Luego subió a la habitación, evitando su mirada. Tenía que quitarse el chaleco antibalas. Paula no debía descubrir que debajo de la parka no llevaba sólo un jersey y una camiseta. Cuando volvió a bajar a la cocina, ella estaba sacando los platos del lavavajillas.


—Tus cosas… —dijo en voz baja, devolviéndole la bolsa y el termo.


—Gracias.


—¿Esto es por lo de ayer, Paula? Porque si es así, ya he admitido que me pasé de la raya. Podemos dejarlo ahí.


—¿Tan malo es lo que tienes que contarme? ¿Tanto como para que intentes cambiar de conversación a toda costa? 


Pedro suspiró. Había cometido un error… Y eso era algo que se lo comía vivo. Casi tanto como verse obligado a pedir la baja. Él no necesitaba unas vacaciones, necesitaba trabajar. Y si no sintiera aquel extraño deseo de protegerla, le diría la verdad y acabaría con todo. Él odiaba las mentiras.


—Fue hace un mes… —empezó a decir, pero tuvo que aclararse la garganta—. Debíamos detener a un delincuente peligroso y sabíamos que tenía armas, así que fuimos preparados.


Pedro tragó saliva. ¿Hasta dónde podía contarle? Lo suficiente para tranquilizarla y no tanto como para descubrir la verdadera razón por la que estaba allí. Paula cerró la puerta del lavavajillas y volvió a mirarlo fijamente. Y él, sin saber qué hacer con las manos, las metió en los bolsillos del pantalón.


—Cuando reunimos información sobre un caso, normalmente es lo suficientemente completa para trazar la mejor táctica posible. Todo estaba bien organizado, todo el mundo sabía cuál era su trabajo. Pero él sabía que íbamos a buscarlo. No sé si nos vio o alguien le dio la información, pero nos recibió en la puerta.


Pedro levantó la mirada un momento. Paula no podía saber lo duro que era para él contarle aquello. Mientras hablaba, las imágenes que había intentado olvidar por todos los medios volvían a su cabeza. Imágenes a cámara lenta, cuando en realidad, todo ocurrió en unos segundos. El momento en el que se dió cuenta del desastre…


—Él disparó y nosotros devolvimos los disparos. Debes entender que según la información que teníamos, estaba solo. Y no había razones para desconfiar. Pero no estaba solo. Había una chica, su hija. Murió de un disparo.


—¿La disparaste tú?


—¿Yo personalmente? No.


—¿Entonces por qué cargas con la culpa?


¿No era suficiente haberle contado la verdad? ¿Por qué tenía que seguir haciendo preguntas? Daba igual quién hubiese apretado el gatillo, había sido un error fatal.


—Era mi equipo, Paula. Yo estaba a cargo de esos hombres.


—Fue un error, un error trágico…


Pedro sacó las manos de los bolsillos. 

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