jueves, 23 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 35

 —No. Estábamos compartiendo información.


—Y fuiste conmigo al pueblo ese día a propósito. El día que llevé a Sofía a la estación de autobuses.


—Así es. Fui a hablar con Ignacio para discutir ciertos detalles.


—¿A quién puedes estar buscando aquí?


Pedro se echó hacia atrás en la silla. Ésa era la pegunta que no podía contestar. ¿Cómo iba a hacerlo? Paula estaba más involucrada de lo que ella creía. Y no sólo porque su hostal fuese un emplazamiento conveniente. Ignacio le había hablado de sus sospechas, y a regañadientes, tuvo que admitir que podría tener razón. El problema era que había perdido la objetividad. Las pruebas que le había mostrado no cuadraban con la mujer que tenía frente a él.


—Eso no te lo puedo decir.


—Ah, muy bien…


Paula empujó la silla hacia atrás, pero él la sujetó.


—Es para protegerte. ¿Es que no te das cuenta?


—Francamente, no.


Tenía que encontrar la manera de explicarle las cosas sin desvelar nada. Por el momento. Después lidiaría con las sospechas de Ignacio. Porque sabía en su corazón que hubiera hecho lo que hubiera hecho, Paula Chaves era inocente. Tenía que ser así. Estaba alejándose de la granja de Harding cuando de repente, él apareció en su camioneta. Echó a correr, pero Pablo era un buen tirador y había tenido suerte de que sólo le rozara la frente. Podía entender que  estuviera asustada. Aunque ella no sabía nada sobre el disparo. No podía contárselo. Estaban mirándose a los ojos y era como si mantuviesen una conversación sin decir una palabra. Y cuando por fin habló, entendió perfectamente lo que estaba preguntando:


—¿Cuándo?


—Mañana por la mañana, creo.


—Tan pronto… —la voz de Paula sonaba estrangulada.


—Tenemos que movernos rápidamente… Antes de que se escape.


—¿Quién?


¿Qué haría si se lo dijera?


—Te lo contaré esta noche.


—Pepe, vas a poner en peligro tu vida.


—Lo sé, pero para eso me han entrenado. Es lo que hago y lo hago bien.


—¿Y después? —preguntó ella.


Tenía que saber cómo iba a terminar aquello.


—Después, Ignacio y yo lo llevaremos a Estados Unidos para que sea juzgado allí.


Aquélla sería su última noche en el hostal Mountain Haven. Los dos lo sabían. Pedro quería estar con ella, hacerle el amor, llevarse con él aquel bonito recuerdo. Pero en lugar de eso, su obligación era hacer todo lo posible para que Paula estuviera a salvo.


—La persona a la que busco es un fugitivo de la justicia. Y eso es lo que hago, detener a los delincuentes. ¿Crees que habría venido aquí buscando a un simple ratero? —Paula se quedó inmóvil. No había querido asustarla, pero quizá mera la única manera—. La gente a la que detengo son criminales de la peor especie, asesinos, violadores… ¿Qué crees que pasaría si esa persona supiera que estoy aquí?


—Si quieres asustarme, lo estás consiguiendo.


—Me alegro. Porque ésa es la razón, la única razón por la que no puedo contarte toda la verdad.


—Eso no cambia nada.


Pedro tragó saliva. Tema razón. Había puesto sus sentimientos por delante de su obligación profesional. Era la primera vez que le pasaba, y sabía que era un grave error. Decírselo no resolvería nada, pero serviría para convencerla de que no había querido hacerle daño.


—No, ya sé que no cambia nada. He dejado que surgiera algo entre nosotros y no tenía derecho a hacerlo. Si hubieras sido otra persona…


—¿Qué?


—No habría empezado a enamorarme de tí.


Ella se levantó de la silla.


—Me has mentido, me has utilizado. No hay excusa para eso.


—Paula…


—¿Qué?


—¿Puedo quedarme?


—Acepté la reserva y ya está todo pagado —dijo ella, sin mirarlo. 

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