martes, 7 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 20

 —Entonces tendré que hacerte algo de comer.


—No tienes por qué…


—No te preocupes. Es uno de los extras que ofrecemos en este hostal.


Pedro apretó los labios. Claro. La tentativa amistad puntuada por claros recordatorios de que era un cliente. Era lo que Paula había dicho desde el principio: Atenderlo era su trabajo, nada más.


—Gracias.


Era como si lo del día anterior no hubiese ocurrido nunca. Y quizá fuera lo mejor.


—Gracias por el desayuno —dijo, levantándose—. Voy a buscar mis cosas.


Una vez en su habitación se quitó la camiseta y se puso el chaleco antibalas bajo el jersey. Estaba seguro de que no habría ningún problema, pero sería mejor tener cuidado, por si acaso… Luego, después de mirar el reloj por última vez, volvió a bajar.


—Aquí tienes algo para el almuerzo.


Paula apareció en la entrada con una bolsa térmica y un termo lleno de café.


—¿Qué es?


—Sandwiches y fruta. Y un trozo del pastel que no tomaste anoche. Espero que te guste.


—Sí, claro, estupendo.


Pedro lo guardó todo en la mochila, sacando el GPS al mismo tiempo para meterlo en el bolsillo de la parka.


—¿Seguro que sabes adónde vas?


—Llevo un mapa. Y el GPS, así que no puedo perderme.


—Entonces, nos vemos a la hora de la cena.


—Sí, señora.


Pedro enganchó las botas de nieve a los esquís, y empezó a deslizarse por el nevado jardín, ganando ritmo poco a poco. Según el mapa que llevaba, a unos cuatro kilómetros de allí podría descansar y tomarse un café mientras esperaba… Y esperaba. 



Paula cerró los ojos, y dejó escapar un suspiro de alivio mientras lo veía marchar. Aquella mañana había tenido que actuar como nunca, pero no estaba segura de poder mantener la charada. En cuanto lo vió en la cocina, tan alto y tan sexy… Lo único que habría deseado era echarse en sus brazos para comprobar si el beso del día anterior había sido tan emocionante como recordaba. Algo había cambiado entre ellos. Al principio era simple atracción por un hombre guapo, nada más. La última persona en la que ella podía sentirse interesada era un policía. Pero quizá el problema fuera que Pedro no estaba allí en capacidad oficial. No llevaba un uniforme, ni una placa o un arma. Así era más fácil olvidar lo que era. Hasta que verlo con Ignacio Simms se lo había recordado. Pero no debería seguir pensando en él, decidió, mientras volvía a entrar en la cocina. Quizá se hubiera equivocado no saliendo con nadie en todos esos años. Nate era un hombre joven, lleno de energía, y por eso, le resultaba irresistible. Pero era una tontería pensar que podría revivir su juventud con un hombre que sólo estaba allí de paso. Esa mañana había despertado pensando que mantener las distancias con él sería lo mejor para los dos. La angustia del día anterior se había disipado, y tenía las ideas más claras. Pedro se marcharía unas semanas después y no podía encariñarse con él, de modo que repetir el beso de la noche anterior sería un absurdo. Después de aquel beso… Incluso tontear era algo que sería mejor dejar a un lado. Aquellos días en Mountain Haven no eran algo real. Lo real era que vivía en Estados Unidos y ella en Canadá, y sobre todo, que era un comisario de policía que se pasaba la vida deteniendo a delincuentes. Mientras limpiaba la casa, descubrió que él era un cliente muy ordenado. Había hecho su cama y el ordenador portátil estaba cerrado, con el ratón inalámbrico colocado sobre la tapa. No había ropa tirada en los sillones, y de no ser por el ordenador, cualquiera diría que nadie se alojaba en aquella habitación. Y por alguna razón, eso no le pareció muy consolador. Después de comer se dejó caer en el sofá con un libro, pero se le cerraban los ojos porque apenas había dormido la noche anterior, y los rayos de sol que entraban por la ventana eran tan agradables… 

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