jueves, 16 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 25

 —Paula, espera…


—Déjame en paz, por favor. Estoy bien.


Pero no estaba bien. Se sentía avergonzada, vulnerable, como una tonta. Estaba convirtiéndose en una costumbre que Pedro la viese llorar, que tuviera que consolarla, y eso que tenía que terminar de una vez por todas. Él era por su oficio, un protector. Pero no era su protector. No se había dado cuenta de que estaba tras ella hasta que la tomó del brazo.


—He visto tu expresión, Paula. He tenido que sujetarte porque te caías al suelo. Sé que no estás bien, así que puedes contarme qué te pasa.


Ella intentó respirar, pero no era capaz de llevar aire a sus pulmones. Estaba tan cansada… Cansada de tener miedo, de fingir que no lo tenía.


—Por favor, no seas tan amable conmigo. No puedo soportarlo.


—¿Por qué?


Esa pregunta era lo que necesitaba, algo para olvidarse del calor de su mano.


—¿Quieres razones? Vamos a empezar por el hecho de que sólo vas a estar aquí unas semanas. Sólo estás de paso, Pepe. Y además, eres un comisario de policía. Por no hablar de… —Paula se detuvo un momento, cortada—. ¡Por no hablar de que tienes casi diez años menos que yo! Y eso es lo último que necesito.


—¿Te he dado a entender yo que quisiera algo más que una buena amistad?


—¡Constantemente! Empezando por la noche que me besaste un dedo.


—¡Ah, sí! Cuando te pusiste tan nerviosa que se te cayó la taza — sonrió Pedro—. Y deberías saber que tu edad no me importa en absoluto. Sólo es un número.


Él dió un paso adelante e instintivamente Paula dió un paso atrás.


—No coquetees conmigo, Pepe. Los dos somos muy mayorcitos para eso.


—Sólo quería ayudarte y tú haces que me sienta culpable. A lo mejor te gustaría explicarme por qué…


¿Cómo podía explicarle que estar con él la hacía sentir más vulnerable que nunca? Su profesión la asustaba y la atracción que sentía por él, también. Todos esos miedos se mezclaban con las heridas del pasado, y el resultado era una mujer que no era capaz de actuar con sentido común.


—No puedo hacer esto. No puedo ponerme a llorar delante de un cliente. Y eso es lo que eres, aunque a veces se me olvida. Por favor… Déjame, Pepe.


Pero él no le hizo caso.


—Creo que los dos sabemos que no soy un simple cliente. Ya no.


Pedro tiró de ella para envolverla en sus brazos. Su olor, el calor de su cuerpo… Paula no podía seguir luchando contra él y contra todas las emociones que había tenido que esconder desde la detención de Sofía el verano anterior, y apoyando la cabeza en su pecho, dejó que las lágrimas rodaran por su rostro. Sabía que no debía hacerlo, pero lo necesitaba tanto… ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo, por fin se sentía conectada con alguien? Había tantas razones por las que Pedro Alfonso era el hombre equivocado para ella, que incluso podría enumerarlas: Era un nombre que vivía para su trabajo y a quien no importaba el peligro. Tenía nueve años menos que ella… Y ni siquiera vivían en el mismo país. Y en poco tiempo se habría ido. Paula, con la cara enterrada en el torso masculino, se dió cuenta de que lo echaría de menos cuando se fuera. Pero tenía aquel momento, se dijo. Poco a poco dejó de llorar y se percató entonces de que Pepe estaba pasando la mano por su espalda, como si fuera una niña.


—Confía en mí… —murmuró—. Tienes que hablar con alguien y yo estoy aquí.


Paula hizo un esfuerzo para levantar la cabeza. «Es tan hermoso…», pensó, atónita. No sólo su cuerpo, no sólo el color de sus ojos, la línea de sus labios o el hoyito en la barbilla. Era hermoso por dentro. Fuerte y obstinado, pero también un hombre de principios, cariñoso y compasivo. Y le gustaría compartir su carga con él. Necesitaba hacerlo. Había intentado fingir que el pasado ya no existía, pero no podía seguir haciéndolo.


—¿Qué quieres saber? 

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