jueves, 30 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 43

 —Lo sé y lo siento. Le dije a Ignacio que deberíamos contarte la verdad, pero él insistió en que sería mejor no hacerlo.


De repente, Pedro tiró de su mano y Paula cayó sobre la cama.


—Espera…


Pero él no la dejó hablar, interrumpiendo la frase con un beso. Un beso distinto a los otros, más sexual, más ardiente… A pesar de todo, tenía el poder de hacerla sentir deseable, hacerla sentir una mujer. Era más que la firmeza de un cuerpo más joven. Era su forma de tocarla, como si no pudiera evitarlo. Como si fuera un tesoro para él. Paula quería guardar ese recuerdo para siempre, y por una vez, dejó de analizar los pros y los contras, y se limitó a sentir. En la oscuridad, sobre una cama medio deshecha, con el peso del cuerpo masculino sobre el suyo, levantó las manos para encontrarse con sus hombros desnudos, fuertes, duros. Deslizó los dedos por su espalda, y notó algo… ¿Una de las cicatrices que había mencionado? No podía saberlo.


—Esto no es mentira… —murmuró Pedro—. Lo que me haces no es una mentira.


Buscó luego su boca, y ella le devolvió el beso ardientemente. Había dejado que el miedo fuese una barrera durante demasiado tiempo. Pero ahora que Pedro iba a marcharse, se daba cuenta de que había estado esperando a alguien; un hombre con quien pudiera sentirse segura. Y le sorprendía darse cuenta de que seguía pensando en él como ese hombre. Incluso después de todo lo que había descubierto. Pedro metió la mano bajo la camiseta, y el roce de sus dedos hizo que los deseos enterrados durante tantos años volvieran a la vida. Ella se arqueó, apretándose contra su mano, disfrutando de una sensación que casi había olvidado después de tantos años de abstinencia. Un suspiro escapó de su garganta mientras enredaba los dedos en su pelo, pero lo soltó enseguida, al oírlo gemir de dolor. En la pasión del momento se le había olvidado el corte de la frente.


—Pedro, ¿Te he hecho daño? Lo siento, no me daba cuenta…


Pero era una locura y nada bueno podía salir de aquello, pensó. Él se marcharía al día siguiente. Se iría y seguiría poniendo en peligro su vida. Ya había pasado por eso una vez, no quería volver a hacerlo. Pedro, sencillamente dejó caer la cabeza sobre su pecho, y ella cerró los ojos, dejando que esa sensación se quedara grabada en su alma. 


—Estoy bien… —murmuró—. Pero deberíamos parar. Me prometí a mí mismo que no haría esto.


De repente, Paula se sintió completamente expuesta. La fantasía había terminado, la realidad había ocupado su lugar.


—¿Qué quieres decir?


—No puedo hacerte el amor, cariño. Por mucho que lo desee.


Paula no creyó esa explicación. No la deseaba, y había sido una tonta por imaginar que podría ser así. Y seguramente pensaba que había subido a la habitación con ese propósito… Sólo de pensarlo le ardía la cara.


—No recuerdo habértelo pedido.


—No, es verdad.


Paula saltó de la cama, furiosa consigo misma por ser tan ingenua. Había sido él quien la besó, había sido él quien tiró de ella para tumbarla en la cama. ¿Con qué propósito?


—¿Qué querías, hacerme olvidar que me has mentido durante todo este tiempo?


—No es eso, Paula. Quería demostrarte que a pesar de todo, esto es real. Al menos lo es para mí.


—¿Cuándo te irás?


Pedro se incorporó, mirándola con expresión dolida.


—Mañana, si todo va como hemos planeado.


—¡Ah, muy bien! Entonces sólo tengo un día más para dudar de todo lo que digas.


De inmediato lamentó haber dicho eso, pero haciendo acopio de fuerzas, salió de la habitación y cerró la puerta sin dar más explicaciones. 

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