—Iba a preguntarte si querías alquilar una película para después de cenar. Hay un videoclub en Sundre, cerca de aquí.
Él iba a necesitar algo para pasar el tiempo, y sobre todo, para no pensar en lo guapa que era. Estarían solos, de noche, y después de cenar les quedarían largas horas por delante. Y estarían engañándose a sí mismos si quisieran mantener la mentira de que sólo eran propietaria y cliente. Había algo entre ellos, no sabía bien qué. Ver una película sería una manera de contener el absurdo deseo de tomarla entre sus brazos.
—Eso estaría bien.
Paula dejó escapar un suspiro, y Pedro tuvo que contenerse para no besarla. Porque sería un error, especialmente frente a la tienda, delante de todo el mundo. Él sabía bien cómo eran los pueblos pequeños. ¿Y cómo iba a besar a una mujer a la que había mentido menos de una hora antes? Porque su relación con Ignacio no era mera coincidencia.
—¿Paula?
—¿Sí?
—¿Qué tenemos de cena?
Ella sonrió y Pedro se dió cuenta de que eso era lo que había estado esperando. La sonrisa de Paula se llevaba el frío del ambiente, reemplazándolo por otra cosa. Se sentía mejor que en mucho tiempo, y en lugar de analizar la sensación, decidió disfrutarla.
—Vamos dentro y te enterarás —contestó, saltando de la camioneta.
Con película o sin ella, Pedro empezaba a temer que haría falta algo más que un DVD para que dejase de pensar en Paula Chaves.
La casa parecía otra sin Sofía. Su presencia había sido una barrera entre Pedro y ella, pero ahora, solos en el hostal, la ausencia de su hija los obligaba a estar más tiempo juntos. Pero ya le había contado suficientes cosas esa tarde, y no sería adecuado tomarse más confianzas. Por muy solitaria que le pareciera la casa sin su hija. Por muy tentadora que fuera la presencia de Pedro. Paula sacó una bandeja del horno. Era la propietaria de un hostal preparando la cena para un cliente, nada más, se decía a sí misma. Entonces, ¿Por qué le parecía una cita? Porque después de dos días ella había permitido que fuera así. Se había saltado la norma de no confraternizar con los clientes, algo que no hacía nunca. Le había contado cosas personales. Había sido un alivio hacerlo, sí, pero no debía volver a pasar. No podía mostrarse tan vulnerable con él ni con nadie. Suspirando, se concentró en preparar una ensalada César. Cocinar la relajaba. Había aprendido de su madre siendo muy pequeña, y cuando se quedó huérfana, era la única tarea que la consolaba. Seguía siendo así. Pedro entró en la cocina entonces, y se preguntó en un momento de fantasía, cómo sería si la tomase por la cintura. Cómo sería sentir el consuelo tangible de sus manos… Pero no debía hacerse esas preguntas. Parecía recién levantado porque tenía la camiseta arrugada y estaba un poco despeinado. Y más atractivo que nunca.
—Huele muy bien.
—He pensado que esta noche podríamos cenar en el salón, viendo una película. Los filetes están casi hechos, pero si no te importa llevar la ensalada a la mesa…
—No, claro.
Cuando entró en el salón unos minutos después, le sorprendió de nuevo, la sensación de intimidad. Había comido con los clientes en alguna ocasión, pero nunca había experimentado esa sensación de… Proximidad. Con Pedro, el salón parecía más pequeño, más familiar. Sería mentira decir que se había esforzado tanto con aquella cena sólo por un cliente. La verdad era que quería impresionarlo, hacer algo especial. Quizá porque había sido tan agradable con Sofía, o quizá porque la había escuchado aquella tarde. O porque estaba cansada de estar sola.
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