jueves, 16 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 27

No podía volver a pasar. No podía sentir eso de nuevo porque la última vez había acabado aplastada bajo todos esos sentimientos. Era una situación extraña confiar en Pedro, y sin embargo, tener que alejarlo de ella. Y hablar de su difunto marido haría que cualquier hombre quisiera echar el freno.


—Sí, le confié mi corazón a Julián.


—Y entonces murió, dejándote sola con Sofía —Paula asintió, con un nudo en la garganta—. Ven aquí…


Pedro le quitó la copa de la mano antes de estrecharla entre sus brazos. Ella sabía que debería mantener las distancias, pero le gustaba tanto…


—¡Oh, Pepe…! —suspiró, mirando las llamas.


¿Por qué tenía que ser tan perfecto? ¿Por qué después de tantos años, Pedro Alfonso tenía que hacerla sentir cosas que no había sentido en tanto tiempo? Incluyendo la necesidad de hablar del pasado.


—¿Puedes hablarme de él?


Paula tragó saliva.


—No lo sé… —susurró.


—Me gustaría que lo hicieras… Si tú quieres.


—No hablo de Julián con nadie, y hablar de él ahora… No es fácil para mí.


Pero, ¿Por qué no contárselo y liberarse de una vez por todas? En un par de semanas, Pedro volvería a Florida y se olvidaría de ella y de su difunto marido. ¿Cuál sería el beneficio de una aventura?, se preguntó entonces. Porque sabía que existía la posibilidad de que Pedro y ella tuvieran una aventura. Él se marcharía y lo echaría de menos. Porque ella no tenía aventuras amorosas. Y tampoco tenía relaciones serias, claro. Pero él estaba vivo, era real. Y si no tenía cuidado, acabaría con el corazón roto. Sería una tontería, sí. Quizá contárselo los uniría un poco más, pero desde luego enfriaría la atracción que había entre ellos.


—Yo era camarera entonces, y Julián era guardia de seguridad en la refinería que hay a la salida del pueblo. La primera vez que nos vimos le tomé el pelo, porque había pedido un pastel de nata a las seis de la mañana —Paula recordó a un Julián joven y enérgico, rubio, con hoyitos en las mejillas… Y enseguida se dió cuenta de que se había quedado callada—. Perdona. 


—No, nada. Sigue, por favor.


—Yo me había hecho cargo de Matías y estaba trabajando en dos sitios a la vez para llegar a fin de mes. Julián fue como un soplo de aire fresco. En nuestra primera cita organizó una merienda en el campo, porque como siempre le estaba atendiendo yo en la cafetería, esa vez quería que fuese al revés —Paula se puso colorada—. Y yo me enamoré sin darme cuenta. Estaba necesitada de amor, supongo. Y él era todo lo que yo imaginaba que podía necesitar en la vida. Nos casamos tres meses después y siete meses más tarde nació Sofía.


—¿Y se vinieron a vivir aquí?


Ella asintió con la cabeza. Recordaba muy bien el día que Julián la llevó allí, en otoño, con Sofía envuelta en una mantita. Se había enfadado tanto con él al descubrir que había comprado la casa sin consultárselo siquiera… ¡Qué bobada discutir por algo así, cuando la verdad era que la casa le encantaba!


—Sí, vinimos aquí. Julián ganaba bastante dinero en la refinería y yo podía quedarme en casa con Sofía. Incluso pensamos en tener más hijos.


Pedro levantó la mano derecha para acariciar su pelo.


—¿Querías tener más hijos?


—Sí, entonces sí… —Paula se detuvo, sin saber cómo seguir. No estaba acostumbrada a hablar de cosas tan personales en voz alta, pero lo estaba haciendo desde que él había aparecido en su casa—. Julián arregló algo que se había roto dentro de mí cuando perdí a mi familia.


—Pero murió.


—Sí. Y ese día me dí cuenta de que daba igual lo que hiciera, la gente a la que quería iba a dejarme siempre. Sólo me quedaba Sofía.


—Y por eso te preocupas tanto por tu hija. Estás esperando que le ocurra algo a ella.


Paula sintió que todo el miedo y la tensión desaparecían de su cuerpo. El hecho de que otra persona la entendiera era absolutamente liberador.


—Sí, eso es.


Pedro cerró los ojos mientras acariciaba su pelo. La pobre había sufrido tanto… Y él quería ayudarla, estar a su lado. Paula le importaba muchísimo, y le asustaba saber que todo eso había ocurrido en sólo unos días. Pero lo único que tenía absolutamente claro era que no podía hacerle más daño. Paula Chaves era demasiado importante como para jugar con ella. Nunca había conocido a una mujer tan fuerte y tan frágil a la vez. Una mujer que había recogido las piezas de su vida después de una tragedia, trabajando para ganarse la vida mientras criaba a dos niños. 

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