Cuando despertó eran más de las cinco, y Pedro no había vuelto. Había estado soñando, sueños muy raros en los que aparecían Pedro, Sofía e Ignacio. Nada que tuviera sentido. Él esposando a su hija, mientras Ignacio le ponía una medalla… Paula se levantó del sofá, y giró el cuello a un lado y a otro para desentumecerse. El significado del sueño estaba bien claro. Le preocupaba que Pedro descubriera lo que le había pasado a Sofía, y después de verlo con Ignacio el día anterior, era lo más lógico. Luego miró por la ventana. En poco tiempo se habría hecho de noche, y Pedro no aparecía. ¿Dónde podría estar? ¿Se habría perdido a pesar del GPS? Suspirando, metió unas pechugas de pollo en el microondas. El sonido del aparato rompió el silencio de la solitaria cocina. Pero no dejaba de preguntarse por qué habría ido allí precisamente. O por qué estaba de baja. ¿Y por qué pagaba el departamento de policía de Florida sus facturas? Si estaba de baja, no tenía sentido. El sonido de sus botas en el porche coincidió con aquel repentino pensamiento. No podía creer que no se le hubiera ocurrido antes. El pago de la factura, su contacto con el jefe de policía… Pedro estaba allí trabajando. Era lo único que tenía sentido, y cuando se abrió la puerta tuvo que hacer un esfuerzo para disimular su miedo. Él entró con la cara roja por el frío y las botas de nieve en las manos.
—Siento llegar tan tarde.
Paula no sabía qué decir. La asustaban todas las posibilidades que pasaban por su cabeza. ¿Y si le había estado mintiendo desde el principio? ¿Qué habría estado haciendo aquel día? ¿De qué conocía al policía que había detenido a Sofía? ¿Y cómo podía conseguir que Pedro le contase la verdad? ¿Quería saberla? Nerviosa, dió un paso atrás.
—Paula, ¿Te encuentras bien? ¿Le ha ocurrido algo a Sofía?
¡Oh, no! Ella no sabía poner cara de póquer. Y tendría que hacerlo mejor, porque si sus sospechas eran correctas, él era un gran jugador.
—No, Sofía está bien. Es que acabo de despertarme y… Creo que aún sigo un poco dormida.
—Voy a cambiarme de ropa. Me he caído un par de veces y tengo los pantalones mojados —sonrió Pedro, dirigiéndose a la escalera.
—¿Pepe?
—¿Sí?
Las palabras que Paula quería pronunciar no salían de su garganta. Además, no sabía si sería suficientemente astuta como para conseguir una respuesta sincera, y tenía miedo de preguntar directamente. ¿Y si estaba allí trabajando? ¿Eso cambiaría algo? Desde luego, no cambiaría nada entre ellos. Porque no había un «Ellos».
—Pepe, yo… He tenido mucho tiempo para pensar, y me preguntaba… Qué pasó para que tuvieras que pedir una baja.
Lo había dicho a toda velocidad, para no perder el valor.
—¡Ah, vaya! Veo que no te andas por las ramas…
Pedro no quería hablar de ello, evidentemente. O eso, o estaba escondiendo algo. Fuera cual fuera la razón, Paula decidió que necesitaba saber la respuesta.
—¿Vas a decírmelo?
—Ésa es una pregunta muy personal.
Pedro se dió la vuelta para seguir subiendo la escalera.
—Pero tus gastos los paga el Departamento de Policía de Florida, y la primera vez que vas al pueblo te encuentro hablando con Ignacio Simms.
Pedro se volvió de nuevo. Había pensado que Paula le haría alguna pregunta después de verlo con Ignacio, pero entonces estaba demasiado preocupada por Sofía como para darse cuenta. Ahora que había tenido tiempo para pensar…
—¿Quieres saber por qué decidí tomarme unos días libres?
Mientras hablaba, pensaba a toda velocidad. Podía decirle por qué había pedido unas semanas de baja, no por qué estaba en Mountain Haven. Pero no quería volver a mentirle. Prefería… Soslayar la verdad.
—Sé que no tengo derecho a preguntar, pero… Te lo pregunto de todas formas.
—Yo te pregunté anoche por tu vida privada, y te cerraste como una ostra.
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