jueves, 30 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 41

 —¿Pensaste que ya no te quería? Cariño, te quiero con todo mi corazón. Tú eres lo más importante en mi vida. Sólo quería que estuvieras a salvo, pero nunca he dejado de quererte. Y no quería castigarte cuando te envié a Edmonton, al contrario.


Sofía le echó los brazos al cuello, y Paula cerró los ojos sintiendo que las lágrimas corrían por su rostro, sin importarle que Ignacio y Pedro la vieran llorar.


—Si hay algo más que puedas contarnos ahora, es el momento — intervino el jefe de policía.


—No sé nada más.


Paula no sabía lo que Pablo Harding había hecho, pero el gobierno estadounidense no enviaba un comisario de policía a otro país sólo para detener a un tipo que comerciaba con marihuana. Pensar que podría ser un asesino… Por primera vez se alegró de que Pedro estuviera allí con ellas.


—¿Qué ha hecho Harding? ¿De qué lo acusan?


Ignacio y Pedro se miraron, y por fin, éste último contestó:


—Se le acusa de tres cargos: De secuestro y violación… Y uno de asesinato.


Un grito escapó de la garganta de Paula. Las amenazas de Harding ya no parecían tan inofensivas. Podría haber perdido a Sofía. Podría haber perdido a su niña. Pedro se levantó para tranquilizarla, y lo que vió en sus ojos la calentó por dentro. Haría lo que tuviera que hacer para protegerlas, a ella y a Sofía. ¿Cómo iba a odiarlo por no haberle contado la verdad? Ahora que lo sabía todo, lo comprendía perfectamente.


—Todo terminará pronto, Paula. Te lo prometo. Pablo Harding desaparecerá de tu vida para siempre.


—Gracias. 


Pedro puso los labios sobre su frente, y ella se echó hacia delante un momento, disfrutando de la caricia. Pero se irguió enseguida. Él había dicho que todo iba a terminar pronto, y eso significaba que pensaban detener a Harding. Y también que Pedro iba a poner su vida en peligro, de modo que debía hacer todo lo posible para ayudarlo.


—Los dejamos para que puedan hablar a solas.


—¿Paula? —la llamó Ignacio—. Sofía no puede quedarse. Tengo un alguacil esperando en la puerta para llevarla de vuelta a Edmonton en cuanto hayamos terminado aquí. Lo siento.


—Pero…


Paula miró a Pedro y luego de nuevo a Ignacio.


—¿No puedo quedarme aquí, con mi madre?


—Si estás en Edmonton, sería una preocupación menos para nosotros —respondió Pedro.


Paula miró a su hija. Jen parecía más fuerte, más decidida. En parte, gracias a él. Y lo amaba por ello.


—No pasa nada, mamá. Cuando todo esto termine volveré a casa. Te lo prometo.


—Muy bien —sonrió ella, levantándose—. Vamos un momento a la cocina.


Le temblaban las piernas con cada paso. Sí, por fin se librarían de Pablo Harding. Pero Pedro se marcharía también. La idea de estar sin él, la hacía sentir terriblemente sola. Y odiaba eso tanto como pensar que ponía su vida en peligro. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario