—No lo entiendes. Yo no puedo cometer errores. ¿Dirías lo mismo si hubiera sido Sofía? ¿Si hubiera sido tu hija la chica que murió?
Luego se dió la vuelta para salir al porche. Necesitaba respirar un poco de aire fresco. Contárselo a Paula, había vuelto a enfurecerlo. Sencillamente, no había sitio para ese tipo de errores en su trabajo. Preocuparse por matar a un inocente o perder a un miembro de su equipo, era mucho más importante que el peligro para su propia vida. Su jefe le había dicho que la baja no era negociable, aunque lo único que quería era volver al trabajo. Necesitaba concentrarse en algo, no tiempo libre para pensar en todo lo que había hecho mal. Pero luego esa baja se había convertido en parte de una misión, y eso le gustaba aún menos. Paula salió al porche tras él y puso una mano en su brazo, pero Pedro se apartó.
—Lo siento. No debería haber insistido en que me lo contaras.
—Ahora que lo sabes puedes dejar de preguntar.
El brusco tono la hizo dar un paso atrás, y Pedro se odió a sí mismo por hacerle daño. Ésa era precisamente la razón por la que le gustaría decirle la verdad. No quería mentirle a Paula. Podía convencerse a sí mismo de que no le estaba mintiendo, que sólo había soslayado la verdad… Pero era lo mismo. No podía hablarle de su misión y protegerla al mismo tiempo. Y él sabía qué era lo más importante.
—Gracias por contármelo de todas formas.
Al menos su respuesta parecía haberla satisfecho, pensó Pedro, preguntándose cómo sería su relación a partir de aquel momento.
—Tienes que entender una cosa, Paula: Soy un comisario de policía y hago mi trabajo. Y si tengo que lidiar con consecuencias desagradables, lo hago.
—Eso ha quedado muy claro… —murmuró ella, entrando de nuevo en la casa.
Pedro golpeó uno de los pilares del porche, frustrado. Él odiaba la mentira con todas sus fuerzas, pero aquello no tenía nada que ver con la honestidad o la deshonestidad, sino con la protección. Protección para ella, para él, y para toda la comunidad. Sortear un poco la verdad no debería ser tan importante. Paula era algo temporal en su vida y no había sitio para las emociones. Pero al recordar el beso de la noche anterior se sintió culpable de nuevo. Culpable porque ella era, en cierto modo, parte de su trabajo, cuando lo único que él quería hacer era volver a tenerla entre sus brazos. Pero en aquel momento lo mejor sería mantener las distancias.
Paula se cambió las bolsas de mano para poder abrir la puerta. Era media tarde, y aún tenía tiempo de hacer los filetes y el pastel que había planeado para la cena. La hora del desayuno y la cena eran los únicos momentos en los que veía a Pedro desde aquella conversación. Después de desayunar guardaba la comida en una mochila y estaba todo el día fuera. Volvía cansado, cenaba, y pasaba la tarde en su habitación. Las pocas veces que había hablado con él, estaba sentado en su cuarto leyendo o trabajando en el ordenador. Se había equivocado al insistir en que le contase la verdad. Ahora lo sabía. Lo había sabido cuando tocó su brazo y él se apartó. ¿Cómo era posible que lo que más le disgustaba de él fuera, a la vez, lo que más la atraía? Lo último que ella deseaba era tener una relación con un policía. Entonces, ¿Por qué lo encontraba tan increíblemente sexy? Afortunadamente, el coqueteo había terminado. Al meter la llave en la cerradura se dio cuenta de que la puerta estaba abierta, y frunció el ceño sorprendida. Estaba segura de haber cerrado con llave antes de salir. Pero enseguida vio las botas de esquí en la entrada y dejó escapar un suspiro de alivio. Cuando Pedro apareció en el pasillo, intentó sonreír.
—Has vuelto temprano.
—Sí.
—¿Cómo has entrado? ¡Ah, claro, supongo que estás entrenado para esas cosas! ¿Cómo lo has hecho, con una tarjeta de crédito como en las películas?
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