Los dos hombres se dieron un apretón de manos, y ella supo entonces que a pesar de sus sentimientos personales por el jefe de policía, Pedro y él eran un equipo.
—Una suerte que sólo te rozase —dijo Ignacio, señalando su frente. Paula miró de uno a otro, perpleja—. ¿No se lo has contado?
«Una suerte que sólo te rozase». Ella sabía lo que eso significaba: Que no se había caído al riachuelo ni se había golpeado la cabeza con una piedra. Alguien le había disparado.
—Es que no quería preocuparla.
Paula cerró los ojos desesperada. ¿Cuándo iba a aprender? Nada de lo que le había contado era cierto.
—Te han disparado… —murmuró.
Quería escapar, salir corriendo de allí, pero no podía hacerlo. Ignacio y Sofía estaban observando la escena y no había escape posible.
—Nos pueden dar un minuto, por favor —dijo Nate entonces, tomándola del brazo—. Si no les importa esperar en el salón, nosotros iremos enseguida.
Ignacio y Sofía se alejaron sin decir una palabra mientras él se la llevaba a la cocina.
—Sólo me rozó.
—Pero te han disparado —lo interrumpió Paula—. Un hombre te ha disparado con intención de matarte. ¡Y ni siquiera quisiste ir al hospital!
—Porque sabía que no tenía importancia. Y no había tiempo para ir al hospital.
—No había tiempo… —repitió ella, atónita.
¿Qué significaba eso?
—No quería que te asustaras… —suspiró Pedro—. Te lo contaré luego, si quieres. Pero no ahora.
Paula asintió con la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Las cosas iban demasiado deprisa. Apenas había empezado a asimilar que estaba en Mountain Haven con una misión, y ahora… Ignacio Simms estaba allí, Sofía estaba allí. Y lo único claro era que Pedro la había utilizado desde el principio.
—¿Hay café hecho?
Parecía más alto, más duro. Había en él una fuerza magnética. Era un representante de la ley, un hombre que protegía a los inocentes. Debería odiarlo, pero no era capaz.
—Sí, acabo de hacerlo.
—Si no te importa, nos gustaría que te reunieras con nosotros en el salón —empezó a decir Pedro.
—¿Para qué?
—Para que lo entiendas todo.
Paula estaba tan nerviosa que lo único que quería era ponerse a hacer más magdalenas. ¿Por qué no podían las cosas volver a ser como habían sido unas semanas antes? Entonces todo le había parecido complicado, pero era tan sencillo comparado con aquello… Ahora Pedro estaba arriesgando su vida y nada de lo que ella pudiera decir cambiaría eso.
—Sé que esto no es fácil para tí, Paula.
—No, no lo es… —murmuró ella, sin mirarlo, concentrándose en colocar varias magdalenas en un plato.
—No quiero ponértelo más difícil, pero tengo que hacerte una pregunta.
Paula levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Qué?
—Has compartido muchas cosas conmigo durante estas semanas… Cosas de tu vida. Y sé que entre nosotros hay una especie de relación. Sin embargo…
—Pregunta lo que tengas que preguntar —lo interrumpió ella—. Hemos llegado demasiado lejos como para que te andes por las ramas.
—Muy bien. Me resulta difícil creer que no hayas tenido una relación con nadie desde la muerte de tu marido.
Paula arrugó el ceño. ¿Qué tenía que ver con todo aquello su vida sexual o su falta de ella?
—¿Eso qué importa?
—Me habría gustado encontrar un momento mejor para hacerte esta pregunta, pero, ¿Has tenido una relación con alguien, Paula? ¿El verano pasado?
Ella lo miró, sin entender.
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