jueves, 2 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 14

El restaurante estaba casi vacío, y Paula se quedó sorprendida al ver a Pedro sentado con Ignacio Simms, el jefe de policía de Mountain Haven. Ignacio no era mala persona, pero sabía cosas… Cosas que ella prefería que Pedro no supiera. Aunque era natural que dos miembros del cuerpo de policía quedasen para hablar, pensó luego. Los ojos de Pedro se iluminaron al verla, y Paula tuvo que sonreír. No debería admitirlo, pero entre ellos había cierto magnetismo, cierta atracción. Una sensación tan inesperada, como poco familiar. Aunque no lo lamentaba; era una distracción ahora que Sofía había vuelto a Edmonton. No le gustaba nada volver sola a casa, porque le recordaba cómo sería su futuro cuando Jennifer se hubiera ido para hacer su vida.


—¿Sofía se ha ido ya?


—Sí… —suspiró ella, tragando saliva.


Decirle adiós le rompía el corazón porque temía no volver a verla. Sabía que era un miedo irracional, pero su corazón no parecía entenderlo. Y que Sofía estuviera en una ciudad extraña, donde no podía vigilarla, la asustaba más de lo que quería reconocer. Pero no dijo nada porque Pedro no tenía por qué saberlo, y además, no estaba solo.


—Paula, te presento a Ignacio Simms.



—Nos conocemos —dijo ella, ofreciéndole su mano.


—Encantado de verte, Paula. Pedro me dice que lo tratas muy bien.


—Es mi único cliente en este momento.


En otras circunstancias, Ignacio Simms, un hombre de su edad y bastante atractivo, podría haberle gustado. Pero se habían conocido el verano anterior en circunstancias que prefería olvidar.


—¿Y ustedes dos de qué se conocen? —preguntó Paula.


—Ignacio y yo estuvimos juntos en una conferencia en Toronto hace un par de años —explicó Pedro.


Los dos hombres intercambiaron una mirada, y ella tuvo que disimular su aprensión. Qué extraña coincidencia que se hubieran vuelto a encontrar allí, en un pueblo tan pequeño. ¿Qué le habría contado Ignacio sobre ella, sobre Sofía? ¿Qué pensaría Pedro?  Ignacio Simms era, en parte, la razón por la que Paula había insistido en que Jen se fuera a estudiar a Edmonton, y aunque sabía que debería estarle agradecida, su presencia era un amargo recordatorio de cuánto se habían separado su hija y ella.


—Siéntate, Paula. Toma un café con nosotros —la invitó Pedro.


—No… Iba a tomar algo, pero la verdad es que no tengo hambre. Y acabo de recordar que tengo que comprar cosas para la cena.


—Entonces, me voy contigo —dijo él inmediatamente, sacando la cartera—. Encantado de volver a verte, Ignacio.


—Llámame la próxima vez que vengas por el pueblo. Podríamos echar una partida de billar.


—Muy bien. Lo haré.


—Me alegro de verte, Paula.


—Lo mismo digo… —murmuró ella, aunque no era verdad.


¿Le habría contado algo a Pedro? Estaba sacando las llaves de la camioneta cuando él la sujetó del brazo.


—¿Por qué no dejas que conduzca yo?


Paula, de nuevo, pensó que era demasiado guapo. Su estatura no la intimidaba, al contrario, la atraía aún más. Nunca antes le había gustado un policía; había algo en ellos que le resultaba aterrador. Quizá fuera por su pasado o quizá por saber que ponían en peligro sus vidas constantemente, pero nunca se había sentido atraída por ese tipo de hombre. Con Pedro, sin embargo, sentía una constante curiosidad. Intuía que ocultaba algo, y se preguntaba qué podría ser. Y le gustaría saber qué le importaba de verdad a Pedro Alfonso.


—¿Quieres conducir mi vieja camioneta? ¿Por qué?


Él rió, y ese sonido tan masculino hizo que se le doblaran las rodillas.


—Es una cosa de hombres. Me resulta raro que tú me lleves a todas partes.


—No me molesta. Considéralo parte de tus vacaciones. Además, me gusta conducir… —murmuró ella sin mirarlo. 

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