martes, 7 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 17

Mientras servía la ensalada, Pedro abrió una botella de vino blanco. 


—Gracias —sonrió Paula tomando una copa.


—Gracias a tí —dijo él—. Todo tiene un aspecto estupendo.


—Es mi obligación.


—Ya, claro. Pero tengo la impresión de que llevas demasiado tiempo haciendo cosas por obligación… —comentó Pedro entonces—. Especialmente después de lo que me has contado esta tarde.


Paula apartó la mirada. ¿Tan transparente era? No le había contado mucho sobre su vida, sólo los hechos básicos. Pero lo que decía era verdad: Se había dedicado por completo a Sofía. Eso era mucho más fácil que arriesgarse otra vez con un hombre.


—Me gusta lo que hago.


—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo sólo por tí misma o por capricho?


No se acordaba y la desconcertó que Pedro fuese tan perceptivo.


—Me encanta mi trabajo. Me hace feliz.


—No me refiero a tu trabajo —dijo él tomando su mano—. Pero sea esto tu trabajo o no, gracias por hacerme sentir como en casa.


—De nada… —murmuró Paula.


Sus ojos azul verdoso la mantenían cautiva por encima de la luz de la vela.


—Y por confiar en mí esta tarde. Quiero pensar que quizá nos estamos haciendo amigos.


Ella apartó la mano, nerviosa.


—No suelo hacer amistad con los clientes, Pedro.


Él pareció pensarlo un momento, pero luego una sonrisa iluminó su cara, como si supiera que lo había dicho porque eso era exactamente lo que debía decir.


—Sí, bueno, pero yo soy especial.


Sí, era especial, desde luego. Diferente. Pero decírselo no sería sensato.


—No dejes que se te suba a la cabeza. Y gracias por ser tan amable conmigo. No tengo mucha gente a la que contarle mis cosas. 


—De nada. Bueno, ¿Hay algo más que deba saber sobre Paula Chaves? —sonrió Pedro, untando mantequilla en el pan.


—Te he contado todos los detalles interesantes. Soy una persona muy aburrida.


—Sí, seguro… —rió él—. El último adjetivo que yo usaría para describirte sería «aburrida».


—¿Qué quieres saber de mí, si pongo almidón en la colada? — bromeó Paula—. ¿Si tengo un huerto de lechugas?


—Si eso es importante para tí…


—No le pongo almidón a la colada y tengo algunas lechugas y tomates en el jardín, pero nada más.


—¿Lo ves? No ha sido tan difícil, ¿No?


—No, parece que no.


Comieron en silencio durante unos minutos, y luego Pedro volvió a levantar la mirada.


—Estoy más interesado en saber cómo te convertiste en la persona que eres. Y por qué elegiste abrir un hostal.


Paula tragó saliva.


—¿Quieres conocer la historia de Paula Chaves? Sólo te la recomiendo si tienes problemas para dormir.


—¿Por qué haces eso? —Pedro dejó el tenedor en el plato—. ¿Por qué te desdeñas a tí misma de esa forma?


—Yo no…


—Si no me interesara saberlo, no lo habría preguntado.


Paula se puso colorada. No tenía la menor intención de hablar sobre el dolor y la decepción que intentaba mantener escondidos. O contarle las tristes razones por las que decidió abrir un hostal. Lo que le había revelado era todo lo que iba a saber sobre su vida. Había llegado el momento de detener aquel interrogatorio. Empezaba a sentir la necesidad de contarle cosas y no quería que fuera así.


—¿Te apetece un postre? Hay pastel de calabaza con crema de caramelo.


—Lo siento, me estoy metiendo donde no me llaman… —suspiró Pedro.

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