martes, 28 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 37

 —No quería preocuparte, al contrario. Sé que ya has tenido suficientes preocupaciones en la vida.


—¿Te sigue doliendo la cabeza?


Pedro se llevó una mano a la frente.


—Un poco, nada más.


—No debes quedarte dormido.


Paula apretó el picaporte.


—Ya lo sé. Por eso estoy trabajando. 


Pedro señaló el ordenador.


—¿Trabajando?


—La investigación sigue adelante, aunque espero terminar lo antes posible.


Paula no podía imaginar su casa vacía otra vez. No podía imaginar no tener a alguien para quien cocinar, con quien hablar, con quien reírse… ¿Cómo podía pensar eso sabiendo lo que sabía? Pedro se marcharía, pero no antes de conseguir lo que había ido a buscar. Y lo que había ido a buscar no era ella.


—¿Necesitas algo?


—No, gracias. Ignacio Simms llegará dentro de una hora.


Ignacio Simms otra vez. Ignacio, que la miraba como si sospechase de ella. El verano anterior, cuando intentaba defender a Sofía, la trató como si pensara que estaba ocultando algo. Su hija había cometido un error, pero Paula no creía que la pobre tuviese que pagar por ello indefinidamente.


—Tú confías en él.


—Claro.


Paula habría preferido que se vieran en otro sitio, pero no podía decirle eso. Además, de esa forma terminarían con el caso de una vez por todas, y ella podría volver a su vida normal.


—Voy a hacer café.


Cuando iba a darse la vuelta, vió que Pedro ya estaba mirando el ordenador. Era un policía, un buscador de fugitivos concentrado en su labor. No había sitio en su vida para ella. Afortunadamente lo había descubierto a tiempo, antes de que hubiese ocurrido algo que pudiera lamentar después.  Afortunadamente Ignacio estaba a punto de llegar, porque en el congelador ya no cabían más cosas de todo lo que había cocinado. Y aunque le mandase a Sofía un paquete de comida, si seguía así no podría seguir moviéndose por la cocina. Paula miró la pila de platos y bandejas sobre el fregadero y la encimera. Sí, estaba más enfadada de lo que había creído. Pero cocinar significaba evitar a Pedro. Mientras cocinaba intentaba dejar de recordar que le había mentido, que iba a ponerse en peligro otra vez… Pero la distracción no estaba funcionando. Iba a meter otra bandeja de magdalenas en el horno cuando sonó el timbre. Ignacio Simms estaba al otro lado, vestido de paisano pero con la pistola de reglamento a la vista.


—Buenas noches, Paula.


—Buenas noches.


Sabía que se estaba mostrando antipática, y le daba igual. Sin decir una palabra más abrió la puerta, e Ignacio entró… Seguido de Sofía.


—¡Sofía!


Mientras la abrazaba, se preguntó si habría vuelto a meterse en algún lío, pero inmediatamente lo descartó. No tenía la menor duda de que su hija había aprendido la lección. Pero ¿Qué hacía allí?


—Han ido a buscarme a Edmonton esta tarde, mamá. Quieren que conteste a unas preguntas sobre Pablo Harding.


¿Pablo Harding?


—Hola, Ignacio.


Los tres se volvieron para mirar a Pedro, que estaba bajando por la escalera. Afeitado, con una gasa limpia en la frente, llevaba vaqueros y una camiseta de manga larga que destacaba la musculatura de su torso, y por primera vez desde que llegó, del hombro derecho colgaba la funda de una pistola. Se habían terminado los disimulos. Paula parpadeó. Todo estaba patas arriba. La realidad le parecía algo irreal. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario