martes, 21 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 31

Lo había preguntado con toda tranquilidad, pero lo único que ella podía ver era la sangre que salía de un corte en la frente que llegaba hasta la ceja.


—Paula, vendas…


Ella se puso en acción, corriendo al cuarto de baño para buscar el botiquín. Cuando volvió, Pedro estaba sentado en una silla de la cocina, y nerviosa, colocó un paño limpio sobre la herida.


—Sujétalo ahí un momento.


Luego abrió el botiquín, y con manos temblorosas, sacó un frasco de antiséptico. No era nada, sólo un corte, se decía a sí misma. Pero lo único que podía ver era la sangre. ¿Y si tenía una conmoción cerebral? ¿Y si había que darle puntos?


—Mete la cabeza entre las piernas —le ordenó, rezando para que no se marease—. Respira profundamente, Pepe. Y aprieta el paño contra la herida.


Mientras iba a buscar un paño limpio, se dió cuenta de algo: En cuanto había visto la sangre, en cuanto vio que estaba herido, sólo podía pensar en él. No en Julián o en Sofía. No en el miedo nacido de años de dolor y ansiedad. Sólo en Pedro. Lo que sentía por él era más que deseo, más que atracción física. Inspiraba sentimientos que ella había pensado que nadie más podría inspirar nunca. De repente, y sin saber cómo, su relación con él se había vuelto más profunda, más honda. Y más complicada.


—Ya estoy bien.


—Incorpórate despacio… Así —Paula lo ayudó a erguirse en la silla—. ¿La herida sigue sangrando…? —murmuró, mirando el paño—. ¡Pepe, es un corte enorme!


—Tengo unos puntos de mariposa en la mochila. Voy a buscarlos.


—No, tú no te muevas de aquí. Dime dónde están.


—No, en serio. Me encuentro mejor.


—¡No digas bobadas! Dime dónde están y yo iré a buscarlos.


—Ya casi ha dejado de sangrar —insistió Pedro—. Voy a buscarlos, tú no los encontrarías.


Paula se quedó inmóvil. ¡Hombres…! ¿Por qué no eran capaces de admitir que necesitaban ayuda? Cuando Pedro salió de la cocina, ella miró el paño lleno de sangre antes de tirarlo a la basura. No había forma de salvarlo. ¿Qué le habría pasado y durante cuánto tiempo habría estado caminando con aquella herida antes de llegar a casa?


—Paula…


Ella se volvió asustada, y corrió escaleras arriba. ¿Por qué no la había dejado subir a la habitación en lugar de hacerse el machote? «¡Oh, Pepe…!» Él estaba en la escalera, agarrándose a la barandilla, con un pequeño botiquín en las manos.


—¡Serás tonto! Mira que moverte con la sangre que has perdido… A partir de ahora vas a hacer todo lo que yo te diga.


—Sí, señora.


Paula lo tomó por la cintura para llevarlo a la cocina, y lo ayudó a sentarse de nuevo.


—Esto no es lo mío. Deberías ir al médico.


—No, nada de médicos. Sólo es una heridita de nada.


—No digas tonterías.


Pedro apretó los labios.


—No me gustan los médicos. Y he tenido heridas peores, te lo aseguro. Me han curado enfermeros, colegas, y hasta el líder de una tribu en África.


—Mira que eres cabezota… —suspiró ella—. Respira profundamente… Así, y ahora suelta el aire.


Paula sacó los puntos de mariposa del botiquín, y leyó las instrucciones antes de aplicarle el primero.


—¿Te hago daño?


—No, no… Estoy bien.


Ella se mordió los labios mientras seguía uniendo los bordes de la herida.


—Pero deberías ir al hospital, en serio.


—No hace falta. Además, puedes poner tus cuidados médicos en la factura… Como un servicio extra.


—No debe de dolerte mucho si puedes hacer bromas.


—Es sólo una herida de nada. Las he tenido mucho peores. 

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