Media hora después, mientras tomaba un té en la cocina con su hija, Paula oyó voces en el pasillo y le hizo un gesto a Sofía para que se levantase.
—Gracias por tu hospitalidad —se despidió el jefe de policía—. Y por la información.
—De nada —contestó ella, volviéndose hacia Sofía—. Llámame en cuanto llegues, cariño. Iré a verte el fin de semana que viene.
—Muy bien.
—Nos vemos a las cinco en punto, Pedro. Duerme un poco, ¿Eh? — se despidió Ignacio.
Él asintió con la cabeza antes de subir a su habitación, dejándola en el porche, temblando de frío, mientras veía a Ignacio y Sofía alejarse en el coche patrulla. Lo único que Paula sabía en ese momento, era que quería que todo aquello terminase.
A medianoche estaba más que preocupada. No había oído a Pedro desde que Ignacio se marchó. Nada, ni un suspiro, ni sus pasos por la habitación… Y no dejaba de pensar en la herida de la frente… Había visto cómo sujetaba la gasa con la mano mientras hablaba con Grant, y la anormal palidez de su rostro. Esperaba que se moviera, quizá que bajase a la cocina para comer algo… No quería despertarlo. Tenía que levantarse muy temprano y debía descansar. Sin embargo, estaba casi segura de que sufría una conmoción, aunque fuese leve. De modo que subió al piso de arriba silenciosamente, no sabía por qué. Iba a despertarlo de todas formas, ¿Por qué le preocupaba hacer ruido? Quizá porque ahora tenían que ir de puntillas el uno con el otro. Pedro estaba en la cama, sobre el edredón, a oscuras. Tenía los labios entreabiertos, y la gasa blanca en la frente era un recordatorio de todo lo que había pasado aquella tarde. No quería tocarlo. No, ahora no. Eso sólo serviría para despertar recuerdos y anhelos inútiles.
—Pepe… —lo llamó en voz baja—. Pepe… —repitió, un poco más alto.
Pero él no se movió. Se acercó al borde de la cama y tocó su brazo suavemente, la cálida piel provocándole un escalofrío. Nunca había conocido a un hombre como él; incluso dormido era fuerte, decidido…
—Pedro… —susurró, con un nudo en la garganta.
Él abrió los ojos poco a poco.
—Paula… —murmuró, y el suave sonido de su voz fue como una caricia.
Con mentiras o sin ellas, el deseo no había desaparecido. Había tenido tiempo de pensar en todo lo ocurrido aquella tarde, y aun sabiendo que no había futuro para ellos, entendía la razón para tantos secretos, para tantos subterfugios. Lo había hecho para protegerla, para proteger a Sofía. No le gustaba, pero lo entendía. Sólo había hecho lo que tenía que hacer. Lo que no entendía era por qué había dejado que las cosas se les fueran de las manos. Por qué no había mantenido las distancias. Si estaba allí por trabajo, ¿Por qué no se había mostrado frío, distante? Pero ¿Era eso lo que quería? Entonces se habría perdido las últimas semanas con él, y a pesar del dolor, de las dudas, no podía lamentar lo que había pasado.
—Sólo quería comprobar que estabas despierto. No deberías dormir durante mucho rato… Por la posible conmoción.
—Quédate.
No se había movido, pero sus ojos y esa palabra la mantenían clavada al sitio.
—No… —susurró, tragando saliva.
—No todo en mi estancia aquí ha sido una mentira, Paula.
—¿Cómo puedes decir eso? Todo ha sido una mentira desde que llamaste para hacer la reserva. Tu interés por mí era parte de la tapadera.
—Te mentí sobre mis razones para estar aquí —dijo él, alargando una mano para tocarla—. Pero todo lo demás… Todo lo que ha habido entre nosotros era real. No era parte de ningún plan.
—¿Por qué voy a creerte?
Paula dió un paso atrás. No podía pensar ni ser objetiva si él la estaba tocando.
—Porque si no me crees, estarías equivocada. Equivocada cuando me besabas, equivocada cuando confiaste en mí… —Pedro sonrió—. Y no lo estabas. Esos sentimientos eran reales.
Ella quería creerlo, necesitaba desesperadamente creer que todo lo que había ocurrido era verdad. Pero no podía dejar de pensar en la fría pistola bajo su camisa.
—Siento lo de la pistola —dijo Pedro entonces, como si hubiera leído sus pensamientos—. Pero tienes que saber que yo nunca te haría daño. Tienes que saber que haría lo que fuera… Cualquier cosa para protegerte. Incluso mentir.
—Me siento utilizada —admitió Paula, asombrada al darse cuenta de que aún podía confiarle sus sentimientos.
¿Cómo podía estar tan furiosa, y a la vez, sentirse tan cerca de él?
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