Una vez fuera, bien abrigados, Paula lo llevó hasta la carretera, asfaltada sólo a trozos. Él era un chico de ciudad; el campo y la simplicidad de la vida al aire libre, eran una revelación para él.
—¿Ves eso? —preguntó ella, señalando un punto luminoso entre un grupo de nubes blancas—. Ése es un arco chinook. Como un arco iris horizontal. He visto la nieve derretirse tan deprisa, que por el ruido, uno juraría que estaba lloviendo.
—Este sitio te encanta, ¿Verdad?
—Nunca he estado en ningún otro sitio. Ésta es mi casa.
—Es muy diferente al sitio de donde yo vengo.
—¿Florida?
Pedro sonrió. Sólo llevaba en Florida un par de años, y aunque le gustaba mucho, no lo consideraba su casa.
—No, yo nací en Filadelfia, donde aún viven mis padres. ¿Has estado allí alguna vez?
—No, yo no viajo mucho. Pero estuve en Vancouver hace unos años.
Siguieron caminando; el viento movía el pelo de Maggie alrededor de su cara.
—¿No te gusta viajar?
—Sofía iba al colegio y durante las vacaciones teníamos clientes en el hostal, así que… Nunca he podido hacerlo.
—Hasta hace un par de semanas… —murmuró Pedro—. Y entonces me tuviste que soportar a mí. Lo siento mucho.
—No, por favor… Al contrario —Paula intentó apartarse el pelo de la cara—. Supongo que tú has estado en todas partes.
—He estado por ahí, sí… En Oriente Medio, en Europa con los marines, por todo el norte de Estados Unidos, pero…
—¿Pero qué?
Pedro sacudió la cabeza. Dudaba que ella pudiera entender los sitios en los que había estado o las cosas que había visto.
—Pero no hay nada como la casa de uno… Y además de la casa de mis padres, estar contigo es lo más parecido.
Paula tragó saliva. No quería darle a esas palabras más importancia de la que tenían, pero…
—¿Y tu casa en Florida?
¿Su casa en Florida? Era un sitio medio vacío, funcional, un lugar para comer y dormir.
—No es un hogar de verdad.
Sabía por el brillo de sus ojos que a Paula le habría gustado seguir preguntando, pero en lugar de hacerlo puso una mano en su brazo, sin darse cuenta de cómo ese gesto tan sencillo lo emocionaba.
—Entonces me alegro de que estés aquí.
Pedro estaba sorprendido. Cualquier otra mujer le habría preguntado si tenía novia o si estaba casado, pero Paula no lo había hecho. Seguramente había aprendido a aceptar las cosas como eran, sin cuestionarlas. Y casi quería que le preguntase para decirle que no, que nadie podía reclamar su corazón. Ella se volvió para seguir caminando y él tomó su mano.
—Gracias por estar ahí, por escucharme. Me ha ayudado mucho, más de lo que te imaginas.
—Algo está pasando entre nosotros. Los dos lo sabemos.
—Yo… No estoy preparada para eso.
—Lo sé, Paula, pero no salgas corriendo. Los dos hemos estado dándole vueltas a esto hasta que… Ya no sabemos cómo actuar. Así que voy a decirlo directamente: Me siento atraído por tí. Más de lo que puedes imaginar.
Ella abrió y cerró la boca un par de veces, antes de encontrar palabras.
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