jueves, 16 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 26

 —Lo que tú quieras contarme. Por ejemplo, cómo terminaste aquí. Quiero… —Pedro tragó saliva y ella contuvo el aliento, esperando—. Quiero saberlo todo sobre tí.


Paula asintió con la cabeza. Estaba tan cansada de los miedos, de las reservas…


—Entonces te lo contaré. Pero será mejor que encendamos la chimenea. Hace un poco de frío.


—Una chimenea, marchando —sonrió Pedro.


—¿Te apetece tomar una copa?


—Sí, gracias. Eso nos animará un poco.


Cuando volvió de la cocina con dos copas y una botella de whisky, la chimenea estaba encendida y él sentado en el sofá, mirando el fuego.


—Espero que te guste el whisky… Es lo único que tengo.


—¿Por qué no empiezas por el principio? —sugirió Pedro, mientras Paula se sentaba a su lado—. Sé que perdiste a tus padres y a tu marido, pero tiene que haber algo más para que estés tan dolida.


—Sí, bueno…


—¿Y por qué abriste un hostal en medio de ninguna parte?


Paula sirvió las copas y subió las piernas al sofá, apoyándose en el respaldo.


—Mi infancia fue normal hasta que mis padres murieron… Cuando yo tenía dieciséis años. Entonces tuve que empezar a cuidar de mí misma.


En ese momento había dejado de ser «La hija de alguien». Desde entonces era Paula, la huérfana que había tenido que abrirse camino en la vida.


—¿Cómo murieron?


—En un accidente de coche.


—Lo siento mucho. Supongo que fue horrible para tí.


—Sí, lo fue.


—¿Tenías algún sitio al que ir, alguien que cuidase de tí?


Paula sonrió con tristeza.


—No, pero conseguí un trabajo, intenté entender lo que había pasado, y seguí adelante.


—¿Y luego? 


—Luego conocí a Matías. Era un primo segundo, el hijo de una prima que lo había tenido siendo muy joven, y que no sabía nada de la vida, con lo cual el niño acabó en una casa de acogida —Paula apartó la mirada un momento—. Entonces yo tenía veintiún años y él once. Era la única familia que me quedaba, y… No sé, necesitaba agarrarme a eso.


—Tú lo necesitabas tanto como él a tí.


Ella asintió con la cabeza. Así había sido. Matías le había dado un propósito en la vida, aunque dudaba que él lo supiera.


—Yo tenía un trabajo fijo y un apartamento en Sundre, así que pedí la custodia de Matías y me la concedieron. No sé quién se quedó más sorprendido, él o yo.


—Y se convirtieron en una familia.


—Así es. Matías era un buen niño, aunque estaba muy asustado. No confiaba en la gente y era lógico. Yo hice lo que pude por él, pero era muy joven y aún estaba dolida por haber perdido a mis padres de golpe. Y entonces conocí a Julián, mi marido. Matías era un adolescente cuando nos casamos y supongo que sintió que estaba molestando, aunque nunca dijo nada. Nunca hablaba mucho de esas cosas —Paula sonrió—. En fin, pensé que nunca encontraría a nadie a quien pudiera confiarle su corazón, pero así fue.


—¿Cómo te pasó a tí con Julián?


Paula se dió cuenta entonces de que había estado contándole cosas que no había pensado contarle. Quizá fuera el calor de la chimenea, el whisky, el ambiente íntimo… O que Pedro le pareciese una persona de confianza. Fuera lo que fuera, algo había cambiado. Quizá sin darse cuenta, poco a poco estaba dejando de luchar contra sus sentimientos, y le sorprendía ver que había bajado la guardia por completo. Pero ahora él había mencionado a Julián y eso era diferente. No sabía si podría seguir. Desde luego, no era tan fácil como hablar de Matías. Julián había hecho por ella lo que Eugenia, la esposa de su primo, había hecho por Matías: Le había dado un sitio donde poner su corazón. O eso había pensado. Perderlo fue lo más horrible que le había pasado nunca, y había tenido que hacer uso de todas sus fuerzas para seguir adelante. Incluso ahora le faltaban piezas a su vida. Entonces recordó el beso de Pedro en la cocina, lo que había sentido… 

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