martes, 21 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 30

 —Y yo he empezado a confiar en tí, Pepe. Y eso me da miedo. No quiero empezar nada. Hay demasiadas razones para no hacerlo.


Pedro apretó los labios. Sabía que Paula confiaba en él cada día más. Y no debería hacerlo. Se sentiría engañada cuando supiera que le había escondido ciertas cosas. Pero no podía contarle la verdad. No podía decírselo y salir por la puerta cada día, sabiendo lo preocupada que iba a dejarla. Eso era lo último que necesitaba. Sabía que no debería sentir nada por ella, pero al final, la atracción fue demasiado poderosa.


—Lo siento, Paula. Tengo que hacerlo… —murmuró, inclinándose para besarla.


Y a pesar de sus protestas, a pesar de todas sus razones para no hacerlo, Paula abrió los labios. El viento soplaba a su alrededor levantando polvo de nieve, y Pedro la apretó más, hasta que sus cuerpos estuvieron literalmente pegados el uno al otro. Allí estaba, haciendo lo que se había prometido a sí mismo no hacer. Supuestamente, además, habían salido a pasear para que eso no ocurriera. Respirando profundamente, la soltó y dió un paso atrás.


—Pepe… —protestó ella.


—Eres demasiado vulnerable, cariño. Los dos lo sabemos.


—Creo que soy lo bastante mayor como para saber lo que quiero.


Paula levantó la barbilla, orgullosa. Lo deseaba. Su respuesta había dejado claro, que lo deseaba tanto como la deseaba él. Sostenía su mirada, intentando parecer más fuerte, más decidida de lo que era.


—Pero no creo que lo vieras de la misma forma mañana… — suspiró Pedro—. Y no quiero aprovecharme de tí. No quiero hacerte daño, Paula. Además, estamos en medio de la carretera.


Ella miró a derecha e izquierda, como sorprendida.


—Es verdad, no me había dado cuenta.


Se dieron la vuelta con el viento a sus espaldas, casi empujándolos hacia la casa. Pero cuando llegaron al porche Paula se detuvo de repente.


—¿Qué hacemos ahora? —preguntó con voz trémula.


Pedro sabía muy bien lo que quería hacer. Y sabía también que era imposible.


—Sinceramente, no tengo ni idea…





Paula canturreaba mientras sacaba la ropa limpia de la cesta, apilándola en dos montones sobre la cama; uno para ella, otro para Pero. Él se había ofrecido a poner la lavadora, pero no le importaba lavar su ropa. En realidad, era muy agradable hacer eso para otra persona. Ella pasó la mano por unos vaqueros, recordando cómo la tela se pegaba a sus piernas. Nunca en muchos, muchos años, había sentido tal deseo por un hombre. Y menos por un policía. No podía creer que se hubiera comportado como lo había hecho durante el paseo. En medio de la carretera, además. Pero en cuanto estuvo entre sus brazos se olvidó de todo. Durante esos minutos olvidó sus miedos, sus reservas, todas las razones por las que Pedro no era el hombre adecuado para ella. Él la hacía sentir joven otra vez, llena de vida. Le preocupaba lo que pasaría cuando volvieran a la casa, pero se había portado como un caballero. Nada de miraditas, nada de besos. Nada. Y lo echaba de menos. Quizá hubiera pisado el freno porque ella no le daba razones para seguir adelante, pensó. Y sí, sólo estaría allí durante unos días. Pero Pedro la entendía. Y confiaba en él, tanto como para hablarle de su pasado, un tema del que no solía hablar con nadie. Y era siempre él quien daba el primer paso cada vez que se besaban o se tocaban. ¿Y si estaba esperando que fuese al revés? Tragó saliva. Después de tantos años de celibato tenía miedo. Miedo de parecer boba, de la intensidad de esos momentos de pasión. Miedo de que otro hombre mirase su cuerpo. Ya no era una cría, había tenido una hija, se había hecho mayor. Y su cuerpo ya no era perfecto.


—¿Paula?


No pudo evitar que su corazón se acelerase al oír la voz de Pedro. ¿Cuándo había empezado a esperar ansiosamente su llegada?


—Estoy aquí.


Aquello era absurdo. Pedro sólo era un hombre. Y ésa, una simple reacción porque estaba a solas con él.


—¿Tienes vendas, Paula?

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