Paula se preguntó dónde tendría esas cicatrices. Y sintió un sofoco al imaginarse a sí misma tocando su piel, besando la huella de esas heridas. Pero no podía ser. No debía olvidar que la presencia de las cicatrices era un recordatorio de la vida que llevaba. Y del peligro que eso representaba.
—¿Qué te ha pasado?
Pedro se aclaró la garganta.
—Estaba caminando por la orilla de un riachuelo. No sé qué ha pasado exactamente, pero debí resbalarme en el barro y me golpeé en la frente con una piedra, supongo.
Paula terminó de limpiar la herida y le puso una venda sujeta con esparadrapo. Sí, lo que le había contado tenía sentido. La orilla del riachuelo estaría resbaladiza en aquella época del año, y… Tenía los pantalones manchados de barro.
—Y has venido hasta aquí sangrando.
—Sí. Bueno, me he puesto un guante en la frente para que no sangrara demasiado.
—De todas formas deberías ir al médico. Podrías sufrir una conmoción y habría que vigilarte.
—En ese caso, prefiero que me vigiles tú —sonrió Pedro—. Estás muy pálida, Paula. Deberías tomar una tila.
—Voy a hacerla, sí. Creo que a los dos nos vendría bien. Pero tengo que vigilarte durante las próximas horas.
—No sé cómo darte las gracias. Te debo una.
—No me debes nada… —murmuró ella.
Era el olor de la sangre lo que la tenía tan nerviosa. El olor de la sangre era el olor de la muerte para ella. Pero Pedro no lo sabía y no tenía por qué saberlo. Él creía que Julián había muerto en un accidente de trabajo y así era. Pero no había sido un accidente. No, le habían disparado. Y cuando llegaron al hospital estaba en coma. Nunca volvió a recuperar la conciencia y el último recuerdo que le había quedado de él era el olor de la sangre. Pedro abrió los brazos entonces, y sin pensar, Paula se echó en ellos como si fuera lo más natural del mundo. Y entonces la sintió bajo sus dedos, dura y fría.
—¡Llevas una pistola!
Paula dió un paso atrás. Aún podía sentir en la mano la forma metálica, fría, sujeta en la cinturilla de sus vaqueros. Llevaba un arma. Había estado en su casa todo ese tiempo con un arma de fuego…
—Llevas una pistola —repitió.
Durante unos segundos Pedro se limitó a mirarla, como si estuviera preguntándose qué debía hacer.
Paula estaba temblando. Julián llevaba pistola cuando era guardia de seguridad, y que ella supiera, nunca la había disparado hasta aquella noche, cuando intentó defenderse. El resultado fue que vivió el tiempo suficiente para llegar el hospital, y su atacante no. Y como ese hombre, un activista, también había muerto, a nadie le importaba que hubiera muerto intentando defenderse. Por intereses políticos, el nombre de su marido había sido ensuciado por una parte de la prensa, y ella se había encontrado en medio de todo aquello, intentando defenderlo mientras estaba sola con una niña pequeña y un adolescente. Por eso, la idea de que Pedro llevase una pistola la ponía enferma. Había confiado en él. Le había dicho que estaba de baja y ella lo había creído. Ahora se daba cuenta de que todo era mentira. Un hombre que estaba de vacaciones no llevaba pistola. Pedro estaba allí con el único propósito de encontrar a algún delincuente, y sin embargo, la había besado. Había dejado que empezara a encariñarse con él. Y ella había estado a punto de dejar que las cosas fueran más allá. Afortunadamente, no lo había hecho.
—Vete de aquí.
—¿Quieres que me vaya?
—¿Llevas una pistola o no?
—Sí, Paula. Llevo una pistola… —suspiró Pedro.
—¿Por qué? ¿Soy una amenaza para tí?
—Soy un comisario de policía. No voy a ningún sitio sin mi arma reglamentaria. Nunca.
—¿La has tenido todo el tiempo, desde que llegaste aquí?
—Sí.
Paula tragó saliva. Tenía que saberlo todo. Tenía que saber lo ciega que había estado.
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