jueves, 30 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 44

El café estaba hecho, y Paula miraba por la ventana de la cocina sin ver el paisaje. Apenas había pegado ojo esa noche, despertándose cada cinco minutos preocupada, dándole vueltas a todo. Y por fin a las cuatro, había decidido levantarse de la cama. Ya dormiría más adelante. Después, cuando Pedro se hubiera ido, tendría todo el tiempo del mundo para dormir. Nada tenía sentido. Había estado enfadada con él por las mentiras, pero ya no lo estaba. Al contrario, aunque su arriesgada profesión le daba pánico, se sentía orgullosa de él. Pero quería que se fuera de su casa. Quería que todo aquello terminase de una vez. Entonces lo oyó moviéndose en el piso de arriba. Cuando se fuera volvería a su vida normal, una vida sin lustre, aburrida… Y lamentaba haberle hablado como lo había hecho la noche anterior. No podía soportar la idea de quedarse sentada allí, esperando noticias, esperando que volviera a casa… O no volviera. No, sería mejor despedirse ahora. Cuando estaba preparando el que sería su último desayuno en el hostal, lo oyó bajar la escalera, y al volverse, se quedó helada. Era magnífico. No había otra palabra para describirlo, y eso la asustaba tanto como la excitaba. Pedro Alfonso no podía esconder quién era aquella mañana. En el pecho de la camisa llevaba colgada su placa de comisario, y al hombro la funda de la pistola. Tenía un aspecto peligroso, imponente. Pero Paula no pudo dejar de notar que tenía ojeras. Estaba claro que no había dormido bien, pero tenía que estar alerta, despierto. ¿Y si era culpa suya que no hubiera descansado?


—Te he hecho el desayuno.


Fue lo único que se le ocurrió decir. Cualquier otra cosa abriría una puerta que no quería abrir en ese momento. Los dos sabían que iba a marcharse. No había más que decir sin empezar con los lamentos y las recriminaciones.


—Sólo quiero una taza de café.


—Deberías comer algo… Tienes un día muy largo por delante.


—Sí, tienes razón… —suspiró él—. Paula, lo siento mucho… Siento que hayas tenido que pasar por todo esto, de verdad. 


—Déjalo, Pepe, Los dos sabemos que es tu trabajo, Y los dos sabíamos que llegaría este momento.


—Esto no es fácil para mí. Yo no contaba con… Conocerte — Paula apartó la mirada. No podía soportar la idea de que pusiera en peligro su vida—. Dime algo, por favor…


—¿Qué quieres que te diga? Ese hombre podría haberte matado. Y no me digas que no, porque yo sé cómo es la vida de un policía. Tú no eres el único que tiene secretos.


—No sé a qué te refieres. ¿Qué secretos?


—¿Es que no lo sabes? ¿No sabes que mi marido murió porque le dispararon mientras estaba trabajando?


—¿Qué? Te juro que no lo sabía.


—¿Cómo no ibas a saberlo? ¿Grant no te lo ha contado?


—No, no me ha dicho nada. Te juro que yo no lo sabía. ¿Cómo ocurrió?


Paula lo miró a los ojos para ver si decía la verdad. Y le parecieron sinceros. Pero hablar de ello seguía doliéndole tanto… Nunca olvidaría los ingratos recuerdos de esa noche.


—Era guardia de seguridad en la refinería de petróleo, y una noche, alguien le disparó. Mi marido intentó defenderse… Pero pagó un precio muy alto por ello. Sofía y yo también tuvimos que pagar un precio muy alto… —dijo, suspirando—. Yo tuve que soportar un interrogatorio, como si mi marido hubiera hecho algo malo, y mi hija ha tenido que vivir sin su padre desde entonces.


—Lo siento mucho. De verdad, lo siento…


—No, déjalo. No quiero seguir hablando de ello —Maggie dio un paso atrás. Lo último que necesitaba en aquel momento era su compasión—. Será mejor que termines tu desayuno, se está haciendo tarde.


El tono seco puso fin a la conversación, y Pedro siguió comiendo. Paula no entendía cómo podía comer. Pero seguramente aquél era un día normal para él. Quizá fuera simple rutina. Levantarse, vestirse, desayunar, e ir a trabajar… Arriesgando su vida. Para ella, eso nunca sería normal. Luego se levantó para dejar el plato del desayuno en el fregadero. 


—Gracias, Paula. 


Ella cerró los ojos, deseando poder decirle adiós por fin pero desesperada por retenerlo allí unos segundos.


—De nada.


Era una tontería, se decía a sí misma, que le importase tanto alguien a quien había conocido sólo unas semanas antes. Alguien que le había mentido, además. Pero sin que se diera cuenta, Pedro había atravesado todas las barreras que había levantado desde la muerte de Julián. Y había empezado a sentir otra vez, a desear, a soñar.


—Pepe, yo…


Pero cuando se dió la vuelta, él había salido de la cocina. Lo encontró en la puerta, poniéndose un chaleco antibalas. Nunca en toda su vida se había alegrado tanto de ver una prenda así, y rezaba para que lo mantuviera a salvo.


Inevitable: Capítulo 43

 —Lo sé y lo siento. Le dije a Ignacio que deberíamos contarte la verdad, pero él insistió en que sería mejor no hacerlo.


De repente, Pedro tiró de su mano y Paula cayó sobre la cama.


—Espera…


Pero él no la dejó hablar, interrumpiendo la frase con un beso. Un beso distinto a los otros, más sexual, más ardiente… A pesar de todo, tenía el poder de hacerla sentir deseable, hacerla sentir una mujer. Era más que la firmeza de un cuerpo más joven. Era su forma de tocarla, como si no pudiera evitarlo. Como si fuera un tesoro para él. Paula quería guardar ese recuerdo para siempre, y por una vez, dejó de analizar los pros y los contras, y se limitó a sentir. En la oscuridad, sobre una cama medio deshecha, con el peso del cuerpo masculino sobre el suyo, levantó las manos para encontrarse con sus hombros desnudos, fuertes, duros. Deslizó los dedos por su espalda, y notó algo… ¿Una de las cicatrices que había mencionado? No podía saberlo.


—Esto no es mentira… —murmuró Pedro—. Lo que me haces no es una mentira.


Buscó luego su boca, y ella le devolvió el beso ardientemente. Había dejado que el miedo fuese una barrera durante demasiado tiempo. Pero ahora que Pedro iba a marcharse, se daba cuenta de que había estado esperando a alguien; un hombre con quien pudiera sentirse segura. Y le sorprendía darse cuenta de que seguía pensando en él como ese hombre. Incluso después de todo lo que había descubierto. Pedro metió la mano bajo la camiseta, y el roce de sus dedos hizo que los deseos enterrados durante tantos años volvieran a la vida. Ella se arqueó, apretándose contra su mano, disfrutando de una sensación que casi había olvidado después de tantos años de abstinencia. Un suspiro escapó de su garganta mientras enredaba los dedos en su pelo, pero lo soltó enseguida, al oírlo gemir de dolor. En la pasión del momento se le había olvidado el corte de la frente.


—Pedro, ¿Te he hecho daño? Lo siento, no me daba cuenta…


Pero era una locura y nada bueno podía salir de aquello, pensó. Él se marcharía al día siguiente. Se iría y seguiría poniendo en peligro su vida. Ya había pasado por eso una vez, no quería volver a hacerlo. Pedro, sencillamente dejó caer la cabeza sobre su pecho, y ella cerró los ojos, dejando que esa sensación se quedara grabada en su alma. 


—Estoy bien… —murmuró—. Pero deberíamos parar. Me prometí a mí mismo que no haría esto.


De repente, Paula se sintió completamente expuesta. La fantasía había terminado, la realidad había ocupado su lugar.


—¿Qué quieres decir?


—No puedo hacerte el amor, cariño. Por mucho que lo desee.


Paula no creyó esa explicación. No la deseaba, y había sido una tonta por imaginar que podría ser así. Y seguramente pensaba que había subido a la habitación con ese propósito… Sólo de pensarlo le ardía la cara.


—No recuerdo habértelo pedido.


—No, es verdad.


Paula saltó de la cama, furiosa consigo misma por ser tan ingenua. Había sido él quien la besó, había sido él quien tiró de ella para tumbarla en la cama. ¿Con qué propósito?


—¿Qué querías, hacerme olvidar que me has mentido durante todo este tiempo?


—No es eso, Paula. Quería demostrarte que a pesar de todo, esto es real. Al menos lo es para mí.


—¿Cuándo te irás?


Pedro se incorporó, mirándola con expresión dolida.


—Mañana, si todo va como hemos planeado.


—¡Ah, muy bien! Entonces sólo tengo un día más para dudar de todo lo que digas.


De inmediato lamentó haber dicho eso, pero haciendo acopio de fuerzas, salió de la habitación y cerró la puerta sin dar más explicaciones. 

Inevitable: Capítulo 42

Media hora después, mientras tomaba un té en la cocina con su hija, Paula oyó voces en el pasillo y le hizo un gesto a Sofía para que se levantase.


—Gracias por tu hospitalidad —se despidió el jefe de policía—. Y por la información.


—De nada —contestó ella, volviéndose hacia Sofía—. Llámame en cuanto llegues, cariño. Iré a verte el fin de semana que viene.


—Muy bien.


—Nos vemos a las cinco en punto, Pedro. Duerme un poco, ¿Eh? — se despidió Ignacio. 


Él asintió con la cabeza antes de subir a su habitación, dejándola en el porche, temblando de frío, mientras veía a Ignacio y Sofía alejarse en el coche patrulla. Lo único que Paula sabía en ese momento, era que quería que todo aquello terminase.


A medianoche estaba más que preocupada. No había oído a Pedro desde que Ignacio se marchó. Nada, ni un suspiro, ni sus pasos por la habitación… Y no dejaba de pensar en la herida de la frente… Había visto cómo sujetaba la gasa con la mano mientras hablaba con Grant, y la anormal palidez de su rostro. Esperaba que se moviera, quizá que bajase a la cocina para comer algo… No quería despertarlo. Tenía que levantarse muy temprano y debía descansar. Sin embargo, estaba casi segura de que sufría una conmoción, aunque fuese leve. De modo que subió al piso de arriba silenciosamente, no sabía por qué. Iba a despertarlo de todas formas, ¿Por qué le preocupaba hacer ruido? Quizá porque ahora tenían que ir de puntillas el uno con el otro. Pedro estaba en la cama, sobre el edredón, a oscuras. Tenía los labios entreabiertos, y la gasa blanca en la frente era un recordatorio de todo lo que había pasado aquella tarde. No quería tocarlo. No, ahora no. Eso sólo serviría para despertar recuerdos y anhelos inútiles.


—Pepe… —lo llamó en voz baja—. Pepe… —repitió, un poco más alto.


Pero él no se movió. Se acercó al borde de la cama y tocó su brazo suavemente, la cálida piel provocándole un escalofrío. Nunca había conocido a un hombre como él; incluso dormido era fuerte, decidido…


—Pedro… —susurró, con un nudo en la garganta.


Él abrió los ojos poco a poco.


—Paula… —murmuró, y el suave sonido de su voz fue como una caricia.


Con mentiras o sin ellas, el deseo no había desaparecido. Había tenido tiempo de pensar en todo lo ocurrido aquella tarde, y aun sabiendo que no había futuro para ellos, entendía la razón para tantos secretos, para tantos subterfugios. Lo había hecho para protegerla, para proteger a Sofía. No le gustaba, pero lo entendía. Sólo había hecho lo que tenía que hacer. Lo que no entendía era por qué había dejado que las cosas se les fueran de las manos. Por qué no había mantenido las distancias. Si estaba allí por trabajo, ¿Por qué no se había mostrado frío, distante? Pero ¿Era eso lo que quería? Entonces se habría perdido las últimas semanas con él, y a pesar del dolor, de las dudas, no podía lamentar lo que había pasado.


—Sólo quería comprobar que estabas despierto. No deberías dormir durante mucho rato… Por la posible conmoción.


—Quédate.


No se había movido, pero sus ojos y esa palabra la mantenían clavada al sitio.


—No… —susurró, tragando saliva.


—No todo en mi estancia aquí ha sido una mentira, Paula.


—¿Cómo puedes decir eso? Todo ha sido una mentira desde que llamaste para hacer la reserva. Tu interés por mí era parte de la tapadera.


—Te mentí sobre mis razones para estar aquí —dijo él, alargando una mano para tocarla—. Pero todo lo demás… Todo lo que ha habido entre nosotros era real. No era parte de ningún plan.


—¿Por qué voy a creerte?


Paula dió un paso atrás. No podía pensar ni ser objetiva si él la estaba tocando.


—Porque si no me crees, estarías equivocada. Equivocada cuando me besabas, equivocada cuando confiaste en mí… —Pedro sonrió—. Y no lo estabas. Esos sentimientos eran reales.


Ella quería creerlo, necesitaba desesperadamente creer que todo lo que había ocurrido era verdad. Pero no podía dejar de pensar en la fría pistola bajo su camisa.


—Siento lo de la pistola —dijo Pedro entonces, como si hubiera leído sus pensamientos—. Pero tienes que saber que yo nunca te haría daño. Tienes que saber que haría lo que fuera… Cualquier cosa para protegerte. Incluso mentir.


—Me siento utilizada —admitió Paula, asombrada al darse cuenta de que aún podía confiarle sus sentimientos.


¿Cómo podía estar tan furiosa, y a la vez, sentirse tan cerca de él? 

Inevitable: Capítulo 41

 —¿Pensaste que ya no te quería? Cariño, te quiero con todo mi corazón. Tú eres lo más importante en mi vida. Sólo quería que estuvieras a salvo, pero nunca he dejado de quererte. Y no quería castigarte cuando te envié a Edmonton, al contrario.


Sofía le echó los brazos al cuello, y Paula cerró los ojos sintiendo que las lágrimas corrían por su rostro, sin importarle que Ignacio y Pedro la vieran llorar.


—Si hay algo más que puedas contarnos ahora, es el momento — intervino el jefe de policía.


—No sé nada más.


Paula no sabía lo que Pablo Harding había hecho, pero el gobierno estadounidense no enviaba un comisario de policía a otro país sólo para detener a un tipo que comerciaba con marihuana. Pensar que podría ser un asesino… Por primera vez se alegró de que Pedro estuviera allí con ellas.


—¿Qué ha hecho Harding? ¿De qué lo acusan?


Ignacio y Pedro se miraron, y por fin, éste último contestó:


—Se le acusa de tres cargos: De secuestro y violación… Y uno de asesinato.


Un grito escapó de la garganta de Paula. Las amenazas de Harding ya no parecían tan inofensivas. Podría haber perdido a Sofía. Podría haber perdido a su niña. Pedro se levantó para tranquilizarla, y lo que vió en sus ojos la calentó por dentro. Haría lo que tuviera que hacer para protegerlas, a ella y a Sofía. ¿Cómo iba a odiarlo por no haberle contado la verdad? Ahora que lo sabía todo, lo comprendía perfectamente.


—Todo terminará pronto, Paula. Te lo prometo. Pablo Harding desaparecerá de tu vida para siempre.


—Gracias. 


Pedro puso los labios sobre su frente, y ella se echó hacia delante un momento, disfrutando de la caricia. Pero se irguió enseguida. Él había dicho que todo iba a terminar pronto, y eso significaba que pensaban detener a Harding. Y también que Pedro iba a poner su vida en peligro, de modo que debía hacer todo lo posible para ayudarlo.


—Los dejamos para que puedan hablar a solas.


—¿Paula? —la llamó Ignacio—. Sofía no puede quedarse. Tengo un alguacil esperando en la puerta para llevarla de vuelta a Edmonton en cuanto hayamos terminado aquí. Lo siento.


—Pero…


Paula miró a Pedro y luego de nuevo a Ignacio.


—¿No puedo quedarme aquí, con mi madre?


—Si estás en Edmonton, sería una preocupación menos para nosotros —respondió Pedro.


Paula miró a su hija. Jen parecía más fuerte, más decidida. En parte, gracias a él. Y lo amaba por ello.


—No pasa nada, mamá. Cuando todo esto termine volveré a casa. Te lo prometo.


—Muy bien —sonrió ella, levantándose—. Vamos un momento a la cocina.


Le temblaban las piernas con cada paso. Sí, por fin se librarían de Pablo Harding. Pero Pedro se marcharía también. La idea de estar sin él, la hacía sentir terriblemente sola. Y odiaba eso tanto como pensar que ponía su vida en peligro. 

martes, 28 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 40

 —¡Yo sólo estaba protegiendo a mi hija! —Paula dejó su taza sobre la mesa—. Si hubieras hablado con alguien del pueblo, te habrían dicho que yo no he tenido nada que ver con Pablo Harding en toda mi vida.


El jefe de policía dejó escapar un suspiro.


—Sobre el papel era plausible…


—Sobre el papel no es suficiente —replicó ella.


—Sí, tienes razón. Por favor, acepta mis disculpas.


—Si sabes algo sobre Pablo, nos ayudaría mucho —intervino Pedro entonces.


—Sólo sé que opera en su granja. Vende alcohol y drogas blandas… Ese tipo de cosas. No me sorprendería nada encontrar una plantación de marihuana en su casa.


—Sí, la hemos encontrado —sonrió Pedro—. Pero gracias a los esquíes y las botas que me prestaste, creo que este año no va a cosechar mucho.


De modo que tampoco iba a dar paseos por la nieve…


—¿Estabas vigilándolo?


—Sí, claro. Metía todo lo que necesitaba en la mochila por la mañana y me iba a la granja.


La mochila… Paula intentó luchar contra aquella sensación de irrealidad. No parecía posible que aquello estuviera pasando en su casa. ¿Quién era aquel hombre? Cuanto más descubría sobre él, más misterioso le parecía. ¿Cómo podía ser el mismo que la había besado con tanta ternura? El mismo hombre al que le había contado sus secretos, el que inspiraba en ella sentimientos que ningún otro había inspirado desde la muerte de Julián.


—¿No sabes nada más? —preguntó Ignacio.


—No, nada.


—Entonces, creo que es hora de llamar a Sofía. Si pudiera contarnos algo de lo que no quiso contarnos el verano pasado, sería de gran ayuda.


El jefe de policía salió del salón y volvió un momento después con Sofía, que mantenía la mirada baja.


—Cariño, Ignacio y… Y Pepe —Paula aún no era capaz de llamarlo «El comisario»—, sólo quieren hacerte unas preguntas sobre Pablo Harding. No te has metido en ningún lío, ¿Verdad? 


—Yo no he hecho nada.


—Ya sabemos que no has hecho nada —la tranquilizó Pedro—. ¿Por qué no te sientas un momento? Sólo queremos saber si te acuerdas de algo que pudiera ser importante.


Sofía se sentó al lado de Ignacio, y miró a su madre con cara de susto.


—Lo siento mucho, mamá.


—Ya te he perdonado, cariño.


¿Por qué habían tardado casi un año en decirse esas palabras tan importantes? Paula no lo sabía, pero en cuanto las hubo pronunciado, todo cambió. Su hija había vuelto. De verdad. Y la sensación de alivio casi la hizo llorar.


—Sofía, sé que Pablo Harding te da miedo —empezó a decir Ignacio—. Pero ahora quiero que te olvides de ese miedo. Pedro está aquí y yo estoy aquí para meterlo en la cárcel, que es donde debe estar. No puede hacerte nada. Pero tú puedes ayudarnos para que no le haga daño a nadie más.


—¿Qué quiere saber?


Sofía estaba pálida, pero no parecía asustada, y Paula se sintió orgullosa.


—¿Pablo Harding te amenazó?


—Me dijo que si lo delataba, lo lamentaría.


—¿Algo más específico? ¿Sabes si había más chicas llevando la droga?


Sofóa negó con la cabeza.


—No que yo sepa. Al principio… No sé, era simpático. Luego se volvió muy raro. La verdad es que empecé a tenerle miedo. Y un día…


Sofía no terminó la frase.


—¿Un día qué, cariño? —la animó Paula.


—Un día me enseñó una especie de sótano que había en su granero. Allí era donde lo guardaba todo. Y me dijo que si le decía algo a la policía, me metería allí.


A Paula se le encogió el corazón, pero intentó disimular. 


—¿Por qué no me contaste eso el verano pasado? —preguntó Ignacio.


—¡Porque tenía miedo! 


—Cariño mío… Deberías habérmelo contado a mí. Deberían haber detenido a ese hombre hace meses.


—Es que estabas tan enfadada conmigo… Y luego me enviaste a Edmonton y pensé que…


En todo ese tiempo, Paula no había tomado en cuenta los sentimientos de su hija. Sólo le importaba que estuviera bien, alejarla del peligro, Pero no se le ocurrió pensar que Sofía podría sentirse desdeñada.


Inevitable: Capítulo 39

 —¿Me estás preguntando si he tenido un romance con alguien el año pasado?


—Eso es.


—No creo que sea asunto tuyo, pero no.


¿Qué razones podía tener para preguntarle eso? En su vida no había habido nadie desde Julián. Nadie hasta… Hasta Pedro.


—¿No tuviste una relación con Pablo Harding?


¿Pablo Harding? Se le encogió el estómago al oír ese nombre por segunda vez. ¿Por qué pensaba Pedro que tenía algo que ver con ese hombre? Ella odiaba a Pablo Harding por lo que le había hecho a su hija. ¿Cómo iba a tener una relación con él?


—Pablo Harding me parece un ser despreciable.


El alivio que vió en la cara de Pedro era tan profundo, que de repente, Paula lo entendió todo. Pablo era la persona a la que estaba buscando. Pablo, el responsable de la detención de su hija, había sido quien le disparó.


—Es él por quien estás aquí, ¿Verdad? —¿habría pensado que ella tenía algo que ver? Paula dió un paso atrás, horrorizada—. ¿De verdad habías pensado que yo tenía algo que ver con él?


¿Y sospechándolo había intentado seducirla de todas formas? ¿O lo había hecho sólo para averiguar algo sobre Pablo? Esa idea la ponía enferma.


—Te he creído cuando has dicho que no era así —respondió Pedro—. Además, en cuanto te conocí supe que tú no podías tener nada que ver con una persona como él. Pero sé que Ignacio va a preguntártelo.


Ignacio, por supuesto. Paula pensó entonces que ésa debía de ser la razón por la que siempre la había mirado mal. Al menos, Pedro lahabía juzgado correctamente.


—¿Qué ha hecho Pablo ahora? Lo mínimo que puedes hacer es contarme eso.


—Vamos a hablar con Ignacio, Paula.


Todo aquello era irreal. Esa misma tarde había estado canturreando mientras hacía la colada, y ahora tenía al jefe de policía de Mountain Haven en el salón de su casa hablando sobre criminales. 


—¿Dónde está mi hija? —preguntó, sorprendida al ver que Sofía no estaba allí.


—Le he pedido que subiera a su habitación. Quería que hablásemos a solas un momento.


Paula sirvió el café, y se sentó en el sofá, sorprendida cuando Pedro se sentó con ella en lugar de hacerlo con Ignacio, casi como si estuviera poniéndose de su lado.


—Paula… —empezó a decir el jefe de policía—. Lo primero, quiero disculparme por involucrarte en este asunto. Ha sido idea mía, no de Pedro. Pero no quería preocuparte.


Ella no sabía si creerlo o no. Aunque por primera vez, parecía sincero.


—Están buscando a Pablo Harding.


—Así es —asintió Pedro—. Tu casa era el mejor sitio para vigilarlo porque está cerca de su granja. Y tu conexión con él también nos ha ayudado.


—¿Qué conexión?


—A través de Sofía —dijo Ignacio.


Paula se volvió hacia Pedro.


—De modo que lo sabías…


—Sí, lo sabía. Pero la verdad es que Sofía me lo había contado antes de irse al colegio. La pobre estaba muy preocupada por haberte dado tal disgusto.


Paula apretó los labios. En su opinión, Pablo Harding debería estar en la cárcel. Por lo visto, se dedicaba a vender lo que llamaban drogas blandas, pero ella sabía el daño que ese tipo de drogas podían hacerle a un adolescente. Sofía no había querido testificar contra él cuando la detuvieron, aunque Ignacio Simms le advirtió que si no lo hacía, no podrían detener a Harding. Pero su hija tenía miedo, y ella no había querido presionarla. Y allí estaba otra vez ese hombre, arruinándole la vida.


—Me alegra saber que no ha habido nada entre ustedes —dijo Ignacio.


—¿Y por qué sospechabas que podía haber habido algo?


—Porque no quisiste presentar cargos contra él cuando Sofía fue detenida. Parecía que estabas protegiéndolo. 

Inevitable: Capítulo 38

Los dos hombres se dieron un apretón de manos, y ella supo entonces que a pesar de sus sentimientos personales por el jefe de policía, Pedro y él eran un equipo.


—Una suerte que sólo te rozase —dijo Ignacio, señalando su frente. Paula miró de uno a otro, perpleja—. ¿No se lo has contado?


«Una suerte que sólo te rozase». Ella sabía lo que eso significaba: Que no se había caído al riachuelo ni se había golpeado la cabeza con una piedra. Alguien le había disparado.


—Es que no quería preocuparla.


Paula cerró los ojos desesperada. ¿Cuándo iba a aprender? Nada de lo que le había contado era cierto.


—Te han disparado… —murmuró.


Quería escapar, salir corriendo de allí, pero no podía hacerlo. Ignacio y Sofía estaban observando la escena y no había escape posible.


—Nos pueden dar  un minuto, por favor —dijo Nate entonces, tomándola del brazo—. Si no les importa esperar en el salón, nosotros iremos enseguida.


Ignacio y Sofía se alejaron sin decir una palabra mientras él se la llevaba a la cocina.


—Sólo me rozó.


—Pero te han disparado —lo interrumpió Paula—. Un hombre te ha disparado con intención de matarte. ¡Y ni siquiera quisiste ir al hospital!


—Porque sabía que no tenía importancia. Y no había tiempo para ir al hospital.


—No había tiempo… —repitió ella, atónita.


¿Qué significaba eso?


—No quería que te asustaras… —suspiró Pedro—. Te lo contaré luego, si quieres. Pero no ahora.


Paula asintió con la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Las cosas iban demasiado deprisa. Apenas había empezado a asimilar que estaba en Mountain Haven con una misión, y ahora… Ignacio Simms estaba allí, Sofía estaba allí. Y lo único claro era que Pedro la había utilizado desde el principio. 


—¿Hay café hecho?


Parecía más alto, más duro. Había en él una fuerza magnética. Era un representante de la ley, un hombre que protegía a los inocentes. Debería odiarlo, pero no era capaz.


—Sí, acabo de hacerlo.


—Si no te importa, nos gustaría que te reunieras con nosotros en el salón —empezó a decir Pedro.


—¿Para qué?


—Para que lo entiendas todo.


Paula estaba tan nerviosa que lo único que quería era ponerse a hacer más magdalenas. ¿Por qué no podían las cosas volver a ser como habían sido unas semanas antes? Entonces todo le había parecido complicado, pero era tan sencillo comparado con aquello… Ahora Pedro estaba arriesgando su vida y nada de lo que ella pudiera decir cambiaría eso.


—Sé que esto no es fácil para tí, Paula.


—No, no lo es… —murmuró ella, sin mirarlo, concentrándose en colocar varias magdalenas en un plato.


—No quiero ponértelo más difícil, pero tengo que hacerte una pregunta.


Paula levantó la cabeza, sorprendida.


—¿Qué?


—Has compartido muchas cosas conmigo durante estas semanas… Cosas de tu vida. Y sé que entre nosotros hay una especie de relación. Sin embargo…


—Pregunta lo que tengas que preguntar —lo interrumpió ella—. Hemos llegado demasiado lejos como para que te andes por las ramas.


—Muy bien. Me resulta difícil creer que no hayas tenido una relación con nadie desde la muerte de tu marido.


Paula arrugó el ceño. ¿Qué tenía que ver con todo aquello su vida sexual o su falta de ella?


—¿Eso qué importa?


—Me habría gustado encontrar un momento mejor para hacerte esta pregunta, pero, ¿Has tenido una relación con alguien, Paula? ¿El verano pasado?


Ella lo miró, sin entender. 

Inevitable: Capítulo 37

 —No quería preocuparte, al contrario. Sé que ya has tenido suficientes preocupaciones en la vida.


—¿Te sigue doliendo la cabeza?


Pedro se llevó una mano a la frente.


—Un poco, nada más.


—No debes quedarte dormido.


Paula apretó el picaporte.


—Ya lo sé. Por eso estoy trabajando. 


Pedro señaló el ordenador.


—¿Trabajando?


—La investigación sigue adelante, aunque espero terminar lo antes posible.


Paula no podía imaginar su casa vacía otra vez. No podía imaginar no tener a alguien para quien cocinar, con quien hablar, con quien reírse… ¿Cómo podía pensar eso sabiendo lo que sabía? Pedro se marcharía, pero no antes de conseguir lo que había ido a buscar. Y lo que había ido a buscar no era ella.


—¿Necesitas algo?


—No, gracias. Ignacio Simms llegará dentro de una hora.


Ignacio Simms otra vez. Ignacio, que la miraba como si sospechase de ella. El verano anterior, cuando intentaba defender a Sofía, la trató como si pensara que estaba ocultando algo. Su hija había cometido un error, pero Paula no creía que la pobre tuviese que pagar por ello indefinidamente.


—Tú confías en él.


—Claro.


Paula habría preferido que se vieran en otro sitio, pero no podía decirle eso. Además, de esa forma terminarían con el caso de una vez por todas, y ella podría volver a su vida normal.


—Voy a hacer café.


Cuando iba a darse la vuelta, vió que Pedro ya estaba mirando el ordenador. Era un policía, un buscador de fugitivos concentrado en su labor. No había sitio en su vida para ella. Afortunadamente lo había descubierto a tiempo, antes de que hubiese ocurrido algo que pudiera lamentar después.  Afortunadamente Ignacio estaba a punto de llegar, porque en el congelador ya no cabían más cosas de todo lo que había cocinado. Y aunque le mandase a Sofía un paquete de comida, si seguía así no podría seguir moviéndose por la cocina. Paula miró la pila de platos y bandejas sobre el fregadero y la encimera. Sí, estaba más enfadada de lo que había creído. Pero cocinar significaba evitar a Pedro. Mientras cocinaba intentaba dejar de recordar que le había mentido, que iba a ponerse en peligro otra vez… Pero la distracción no estaba funcionando. Iba a meter otra bandeja de magdalenas en el horno cuando sonó el timbre. Ignacio Simms estaba al otro lado, vestido de paisano pero con la pistola de reglamento a la vista.


—Buenas noches, Paula.


—Buenas noches.


Sabía que se estaba mostrando antipática, y le daba igual. Sin decir una palabra más abrió la puerta, e Ignacio entró… Seguido de Sofía.


—¡Sofía!


Mientras la abrazaba, se preguntó si habría vuelto a meterse en algún lío, pero inmediatamente lo descartó. No tenía la menor duda de que su hija había aprendido la lección. Pero ¿Qué hacía allí?


—Han ido a buscarme a Edmonton esta tarde, mamá. Quieren que conteste a unas preguntas sobre Pablo Harding.


¿Pablo Harding?


—Hola, Ignacio.


Los tres se volvieron para mirar a Pedro, que estaba bajando por la escalera. Afeitado, con una gasa limpia en la frente, llevaba vaqueros y una camiseta de manga larga que destacaba la musculatura de su torso, y por primera vez desde que llegó, del hombro derecho colgaba la funda de una pistola. Se habían terminado los disimulos. Paula parpadeó. Todo estaba patas arriba. La realidad le parecía algo irreal. 

jueves, 23 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 36

No, no estaba todo pagado. Pedro sabía que estaría pagando por aquello durante mucho tiempo. No pasaría un día sin que pensara en ella. En el aroma a vainilla y a canela, en el sonido de su risa. Paula salió de la cocina y él dejó escapar un suspiro. Había mucho que hacer, de modo que aquello tendría que esperar. Por ahora, lo más importante era hacer una llamada de teléfono. No podían dejar que Pablo Harding se les escapara de las manos. Tenía que llamar a Ignacio, reunir al equipo, y prepararse. Y añadir «Intento de asesinato» a la múltiple lista de cargos contra ese canalla. Porque sabía que había tenido suerte, y en su trabajo, no se podía contar con la suerte a menudo.


Paula se sentó frente a la ventana, aunque no estaba mirando el paisaje. ¿De verdad empezaba a enamorarse de ella, o sólo lo había dicho para que lo dejase estar allí? Ya no sabía qué creer. Sólo sabía que por primera vez desde la muerte de su marido, por fin había dejado que alguien entrase en su corazón. Por fin alguien le importaba. Era algo más que una atracción física. Se había enamorado. Se había enamorado del hombre que creía que era: Fuerte, amable, cariñoso, digno de confianza… Y ahora se sentía como una tonta. En la soledad de su habitación dejó que las lágrimas rodasen por su rostro. Lágrimas por todo lo que había perdido, lágrimas de humillación. Odiaba haber sido tan ingenua, haber creído que Nate podía estar interesado en ella. Ella, que se había pasado la vida viendo las cosas como eran, sin dejarse llevar por fantasías. Era una viuda de cuarenta y dos años con una hija adolescente y propietaria de un hostal. Nada más. Después de tantos años protegiendo su corazón, había bajado la guardia, mostrándose vulnerable, confiada. Se había dejado seducir por la magia y el romance de la situación, olvidando convenientemente que la realidad nunca se parecía a los sueños. Había sido una tonta por creer que pudiera desearla. Pedro Alfonso iba a quedarse, pero no por ella, sino por su trabajo. Debería haber detenido cualquier avance. Debería haberle dejado claro desde el principio que entre ellos no podía haber más que una relación profesional. Pero pensar todo eso ahora no valía de nada.  Las lágrimas no dejaban de rodar por su rostro, y las odiaba tanto como odiaba a Pepe en aquel momento. Maldito fuera por hacerla sentir así, vulnerable y rota. No había llorado desde la muerte de Julián, y nunca por un hombre. Hasta aquel momento. Secándose las lágrimas con la mano, entró en el cuarto de baño para lavarse la cara, y después de tapar las rojeces con un poco de maquillaje, juró que no volvería a llorar por un hombre. Nunca. No lo encontró en la cocina y la casa estaba en silencio. Si sufría una conmoción, no debería estar durmiendo, pensó. Y si lo hacía, alguien debería despertarlo frecuentemente. De modo que subió al piso de arriba, con los escalones de madera crujiendo bajo sus pies. Debería haber insistido en que fuese al hospital… Una vez arriba llamó suavemente a la puerta antes de empujarla unos centímetros.


—Entra, Paula.


Ella se puso a temblar al oír su voz. Le había resultado fácil creer que Pedro no sentía nada por ella, que sencillamente la había utilizado. Pero cuando entró en la habitación y lo miró a los ojos, supo que había algo entre ellos. Algo que había sido tierno y ahora estaba teñido de desconfianza. En aquel momento le pareció diferente. Ya no era Pepe, sino Pedro Alfonso, comisario de policía.


—¡Ah, estás despierto! Me había preocupado.


Por mucho que odiase las mentiras, por mucho que odiase las armas de fuego, algo en él la hacía sentir segura. 

Inevitable: Capítulo 35

 —No. Estábamos compartiendo información.


—Y fuiste conmigo al pueblo ese día a propósito. El día que llevé a Sofía a la estación de autobuses.


—Así es. Fui a hablar con Ignacio para discutir ciertos detalles.


—¿A quién puedes estar buscando aquí?


Pedro se echó hacia atrás en la silla. Ésa era la pegunta que no podía contestar. ¿Cómo iba a hacerlo? Paula estaba más involucrada de lo que ella creía. Y no sólo porque su hostal fuese un emplazamiento conveniente. Ignacio le había hablado de sus sospechas, y a regañadientes, tuvo que admitir que podría tener razón. El problema era que había perdido la objetividad. Las pruebas que le había mostrado no cuadraban con la mujer que tenía frente a él.


—Eso no te lo puedo decir.


—Ah, muy bien…


Paula empujó la silla hacia atrás, pero él la sujetó.


—Es para protegerte. ¿Es que no te das cuenta?


—Francamente, no.


Tenía que encontrar la manera de explicarle las cosas sin desvelar nada. Por el momento. Después lidiaría con las sospechas de Ignacio. Porque sabía en su corazón que hubiera hecho lo que hubiera hecho, Paula Chaves era inocente. Tenía que ser así. Estaba alejándose de la granja de Harding cuando de repente, él apareció en su camioneta. Echó a correr, pero Pablo era un buen tirador y había tenido suerte de que sólo le rozara la frente. Podía entender que  estuviera asustada. Aunque ella no sabía nada sobre el disparo. No podía contárselo. Estaban mirándose a los ojos y era como si mantuviesen una conversación sin decir una palabra. Y cuando por fin habló, entendió perfectamente lo que estaba preguntando:


—¿Cuándo?


—Mañana por la mañana, creo.


—Tan pronto… —la voz de Paula sonaba estrangulada.


—Tenemos que movernos rápidamente… Antes de que se escape.


—¿Quién?


¿Qué haría si se lo dijera?


—Te lo contaré esta noche.


—Pepe, vas a poner en peligro tu vida.


—Lo sé, pero para eso me han entrenado. Es lo que hago y lo hago bien.


—¿Y después? —preguntó ella.


Tenía que saber cómo iba a terminar aquello.


—Después, Ignacio y yo lo llevaremos a Estados Unidos para que sea juzgado allí.


Aquélla sería su última noche en el hostal Mountain Haven. Los dos lo sabían. Pedro quería estar con ella, hacerle el amor, llevarse con él aquel bonito recuerdo. Pero en lugar de eso, su obligación era hacer todo lo posible para que Paula estuviera a salvo.


—La persona a la que busco es un fugitivo de la justicia. Y eso es lo que hago, detener a los delincuentes. ¿Crees que habría venido aquí buscando a un simple ratero? —Paula se quedó inmóvil. No había querido asustarla, pero quizá mera la única manera—. La gente a la que detengo son criminales de la peor especie, asesinos, violadores… ¿Qué crees que pasaría si esa persona supiera que estoy aquí?


—Si quieres asustarme, lo estás consiguiendo.


—Me alegro. Porque ésa es la razón, la única razón por la que no puedo contarte toda la verdad.


—Eso no cambia nada.


Pedro tragó saliva. Tema razón. Había puesto sus sentimientos por delante de su obligación profesional. Era la primera vez que le pasaba, y sabía que era un grave error. Decírselo no resolvería nada, pero serviría para convencerla de que no había querido hacerle daño.


—No, ya sé que no cambia nada. He dejado que surgiera algo entre nosotros y no tenía derecho a hacerlo. Si hubieras sido otra persona…


—¿Qué?


—No habría empezado a enamorarme de tí.


Ella se levantó de la silla.


—Me has mentido, me has utilizado. No hay excusa para eso.


—Paula…


—¿Qué?


—¿Puedo quedarme?


—Acepté la reserva y ya está todo pagado —dijo ella, sin mirarlo. 

Inevitable: Capítulo 34

Él deseaba contarle la verdad, pero no podía hacerlo. Aún no.


—No puedo decirte nada más, Paula.


—No, claro. Se supone que debo aceptar lo que tú me cuentes y callarme como una buena chica, ¿No? Pues lo siento, pero no puedo hacer eso.


—¿Crees que yo no quería contártelo? —exclamó él, frustrado—. Cada vez que te miraba a los ojos me sentía como un canalla. No me gusta mentir, ni a tí ni a nadie, pero estamos hablando de un asunto importante.


—¿Y cómo iba yo a saber eso si has estado mintiéndome desde que llegaste?


Pedro sabía que no debía involucrarla. Si Harding descubría quién era y dónde se alojaba, podrían perder la oportunidad de detenerlo. O peor. No, era necesario guardar el secreto.


—Lo sé, pero me he visto obligado a hacerlo. Tengo razones para no contarte la verdad.


—Me dan igual esas razones —replicó ella, intentando apartarse.


—No, por favor. Siéntate, vamos a hablar.


¿Por qué le importaba tanto? Ahora Paula sabía quién era. Debería soltarla y seguir haciendo su trabajo, pero no podía hacerlo. No podía dejar que pensara que lo que había entre ellos era una mentira. Porque era quizá, la emoción más real que había experimentado en mucho tiempo. Paula le importaba. Le importaba su vida, sus miedos, sus heridas… Quería protegerla. Quería… Quería amarla.


—No todo era mentira —empezó a decir.


Pauña lo miraba como si fuera un villano y lo más horrible era que él se sentía como un villano. Todo porque no había podido ser sincero con ella, y porque seguía sin poder serlo. No sólo sobre el caso, aunque Ignacio había sido muy específico en cuanto a no involucrar a ella en nada hasta que estuvieran seguros, sino sobre sus sentimientos. Decirle cuánto le importaba sólo crearía más problemas.


—No intentes justificarte ahora porque te he pillado.


—No iba a hacerlo.


Paula le había preguntado antes si la consideraba una amenaza, y Pedro había contestado con cierta ironía. Pero la respuesta que se le había ocurrido era «Más de lo que crees». Y era cierto en muchos sentidos. Aún recordaba lo que Ignacio le había contado en el café. El instinto le decía que podía confiar en ella, pero ¿Y si estaba equivocado? Después de lo que había pasado en casa de aquel delincuente ya no estaba seguro de poder confiar en su instinto. ¿Y si las sospechas de Ignacio eran ciertas? No podía dejarse llevar por sus sentimientos. Era un riesgo demasiado grande. Pero tenía que decidir hasta dónde podía contarle. Lo suficiente como para tranquilizarla y no tanto como para comprometer su misión. Y debía convencerla para que lo dejase quedarse allí, eso era lo más importante. De modo que intentó apartar de sí el deseo de abrazarla y besarla, hasta borrar de su rostro esa expresión de rabia. No era tan tonto como para creer que sólo estaba enfadada. También estaba dolida y tenía derecho a estarlo. Menudo lío…


—Te lo pido por favor… —le suplicó, soltando su brazo—. Dame una oportunidad de explicártelo.


—Muy bien, explícamelo.


—Sabes que Ignacio y yo nos conocimos en una conferencia en Toronto hace unos años. Cuando apareció este caso, lo más natural era que trabajase con él. Todo se preparó sin que yo pudiera decir nada.


—Entonces, estás trabajando con Ignacio.


Paula se cruzó de brazos.


—Sí, él es mi enlace. Y es verdad, yo estaba de baja cuando me llamaron para encargarme esta misión. Entonces me pareció una tapadera estupenda. Es un pueblo muy pequeño, y sería fácil fingir que estaba aquí de vacaciones. Pero entonces te conocí a tí, y… Te aseguro que no me gustó nada tener que mentirte.


—Sí, claro… —murmuró Paula, irónica.


No iba a ponérselo fácil, eso era evidente. Tenía todas las razones del mundo para estar enfadada con él, pero…


—Sigo sin entender cómo un policía estadounidense se encarga de un caso aquí, en Canadá. ¿No hay un problema de jurisdicción?


Aquélla era la parte que Pedro podría explicar fácilmente.


—Existe un tratado entre las autoridades estadounidenses y las canadienses.


—Y cuando te viste con Ignacio no era para recordar viejos tiempos. 

Inevitable: Capítulo 33

 —¿Cuándo fuimos al pueblo?


—Sí.


Esperaba que se mostrase arrepentido, culpable… Pero no era así. Al contrario, casi parecía aliviado.


—¿Cuándo salías de excursión?


—Sí.


—¿El día que salimos a dar un paseo, cuando soplaba el viento chinook?


Esperó la respuesta con el corazón en la garganta. Ese día, más vulnerable que nunca, había decidido confiar en él. Pedro la había abrazado mientras lloraba; ella le había contado cosas sobre Julián…


—Sí, Paula. Ese día también.


¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía haberla abrazado y besado mientras llevaba una pistola en el pantalón? ¿Cómo podía ella haber estado tan ciega?


—Escúchame, lo que te he dicho es verdad: No voy a ningún sitio sin mi arma reglamentaria. No es nada personal.


—¿No es nada personal? —repitió ella, incrédula.


¿Cómo podía decir eso? Estaba en su casa, había llevado un arma de fuego a su casa sin decírselo. ¿Qué más no le había contado?


—Quiero que te marches, Pedro. Puedes subir a tu camioneta ahora mismo y marcharte a Olds. Allí hay muchos hostales, seguro que tus superiores pagarán la factura.


—No puedo hacer eso.


La respuesta era seca, firme, como si estuviera dando una orden. Habría sido más fácil si hubiese apartado la mirada, si se mostrase arrepentido. Pero Pedro no dejaba de mirarla a los ojos, como pidiéndole que lo aceptase. Y Paula ya había aceptado más que suficiente. Había aceptado la muerte de sus padres, había aceptado la muerte de Tom y el informe oficial, había aceptado los problemas de Sofía mientras hacía todo lo posible por minimizar los daños… Lo había dejado entrar en su casa y aceptado que estaba allí de vacaciones cuando era mentira. Pero todo eso se había terminado. 


—Ya no eres bienvenido aquí. Con una pistola, no.


—Paula, tienes que escucharme —le imploró él—. Tengo que estar aquí.


—¿Por qué? ¿Por qué aquí precisamente? Y esta vez dime la verdad. Creo que me lo merezco.


—Porque me han destinado aquí. Ojalá pudiese contarte algo más, pero no puedo. Es por tu propia seguridad.


Eso no era suficiente. No podía ser suficiente.


—No estás de baja, ¿Verdad?


—No.


Ese monosílabo lo decía todo. Paula miró el huerto por la ventana, la hierba que se esforzaba por crecer en el jardín, la nieve… Aquél era su mundo. El mundo que ella había intentado mantener en orden durante años. Su lugar seguro. En aquel momento le gustaría recuperar la sensación de normalidad, le gustaría poder olvidar las cosas que antes tenía olvidadas. Aquel mundo extraordinario, con Pedro, no era real.


—No quería engañarte… No me gusta nada mentir, Paula.


—Entonces me has mentido… —dijo ella, dándose la vuelta.


—He tenido que hacerlo… —suspiró Pedro.


Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en el cuello. Un calor que la hizo recordar sus brazos, sus labios. Pero tenía que dejar de pensar en eso. No había sido más que una momentánea debilidad, un error que no volvería a repetirse.


—Me obligaron a pedir una baja. La historia que te conté sobre la muerte accidental de esa chica… Mi jefe pensó que tenía que apartarme del servicio, pero me llamaron poco después para encargarme una misión.


—Estás aquí buscando a algún delincuente.


Pedro asintió con la cabeza.


—Lo siento mucho, Paula.


Pedro quería abrazarla, suplicarle que lo entendiese, pero no podía ser. Ya le había hecho suficiente daño.


—¿Qué clase de misión te trae a un pueblo perdido en medio de ninguna parte? No lo entiendo… Ni siquiera tienes jurisdicción aquí. Tú eres un policía estadounidense.

martes, 21 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 32

Paula se preguntó dónde tendría esas cicatrices. Y sintió un sofoco al imaginarse a sí misma tocando su piel, besando la huella de esas heridas. Pero no podía ser. No debía olvidar que la presencia de las cicatrices era un recordatorio de la vida que llevaba. Y del peligro que eso representaba.


—¿Qué te ha pasado?


Pedro se aclaró la garganta.


—Estaba caminando por la orilla de un riachuelo. No sé qué ha pasado exactamente, pero debí resbalarme en el barro y me golpeé en la frente con una piedra, supongo.


Paula terminó de limpiar la herida y le puso una venda sujeta con esparadrapo. Sí, lo que le había contado tenía sentido. La orilla del riachuelo estaría resbaladiza en aquella época del año, y… Tenía los pantalones manchados de barro.


—Y has venido hasta aquí sangrando.


—Sí. Bueno, me he puesto un guante en la frente para que no sangrara demasiado.


—De todas formas deberías ir al médico. Podrías sufrir una conmoción y habría que vigilarte.


—En ese caso, prefiero que me vigiles tú —sonrió Pedro—. Estás muy pálida, Paula. Deberías tomar una tila.


—Voy a hacerla, sí. Creo que a los dos nos vendría bien. Pero tengo que vigilarte durante las próximas horas.


—No sé cómo darte las gracias. Te debo una.


—No me debes nada… —murmuró ella.


Era el olor de la sangre lo que la tenía tan nerviosa. El olor de la sangre era el olor de la muerte para ella. Pero Pedro no lo sabía y no tenía por qué saberlo. Él creía que Julián había muerto en un accidente de trabajo y así era. Pero no había sido un accidente. No, le habían disparado. Y cuando llegaron al hospital estaba en coma. Nunca volvió a recuperar la conciencia y el último recuerdo que le había quedado de él era el olor de la sangre. Pedro abrió los brazos entonces, y sin pensar, Paula se echó en ellos como si fuera lo más natural del mundo. Y entonces la sintió bajo sus dedos, dura y fría.


—¡Llevas una pistola!


Paula dió un paso atrás. Aún podía sentir en la mano la forma metálica, fría, sujeta en la cinturilla de sus vaqueros. Llevaba un arma. Había estado en su casa todo ese tiempo con un arma de fuego…


—Llevas una pistola —repitió.


Durante unos segundos Pedro se limitó a mirarla, como si estuviera preguntándose qué debía hacer. 


Paula estaba temblando. Julián llevaba pistola cuando era guardia de seguridad, y que ella supiera, nunca la había disparado hasta aquella noche, cuando intentó defenderse. El resultado fue que vivió el tiempo suficiente para llegar el hospital, y su atacante no. Y como ese hombre, un activista, también había muerto, a nadie le importaba que hubiera muerto intentando defenderse. Por intereses políticos, el nombre de su marido había sido ensuciado por una parte de la prensa, y ella se había encontrado en medio de todo aquello, intentando defenderlo mientras estaba sola con una niña pequeña y un adolescente. Por eso, la idea de que Pedro llevase una pistola la ponía enferma. Había confiado en él. Le había dicho que estaba de baja y ella lo había creído. Ahora se daba cuenta de que todo era mentira. Un hombre que estaba de vacaciones no llevaba pistola. Pedro estaba allí con el único propósito de encontrar a algún delincuente, y sin embargo, la había besado. Había dejado que empezara a encariñarse con él. Y ella había estado a punto de dejar que las cosas fueran más allá. Afortunadamente, no lo había hecho.


—Vete de aquí.


—¿Quieres que me vaya?


—¿Llevas una pistola o no?


—Sí, Paula. Llevo una pistola… —suspiró Pedro.


—¿Por qué? ¿Soy una amenaza para tí?


—Soy un comisario de policía. No voy a ningún sitio sin mi arma reglamentaria. Nunca.


—¿La has tenido todo el tiempo, desde que llegaste aquí?


—Sí. 


Paula tragó saliva. Tenía que saberlo todo. Tenía que saber lo ciega que había estado. 

Inevitable: Capítulo 31

Lo había preguntado con toda tranquilidad, pero lo único que ella podía ver era la sangre que salía de un corte en la frente que llegaba hasta la ceja.


—Paula, vendas…


Ella se puso en acción, corriendo al cuarto de baño para buscar el botiquín. Cuando volvió, Pedro estaba sentado en una silla de la cocina, y nerviosa, colocó un paño limpio sobre la herida.


—Sujétalo ahí un momento.


Luego abrió el botiquín, y con manos temblorosas, sacó un frasco de antiséptico. No era nada, sólo un corte, se decía a sí misma. Pero lo único que podía ver era la sangre. ¿Y si tenía una conmoción cerebral? ¿Y si había que darle puntos?


—Mete la cabeza entre las piernas —le ordenó, rezando para que no se marease—. Respira profundamente, Pepe. Y aprieta el paño contra la herida.


Mientras iba a buscar un paño limpio, se dió cuenta de algo: En cuanto había visto la sangre, en cuanto vio que estaba herido, sólo podía pensar en él. No en Julián o en Sofía. No en el miedo nacido de años de dolor y ansiedad. Sólo en Pedro. Lo que sentía por él era más que deseo, más que atracción física. Inspiraba sentimientos que ella había pensado que nadie más podría inspirar nunca. De repente, y sin saber cómo, su relación con él se había vuelto más profunda, más honda. Y más complicada.


—Ya estoy bien.


—Incorpórate despacio… Así —Paula lo ayudó a erguirse en la silla—. ¿La herida sigue sangrando…? —murmuró, mirando el paño—. ¡Pepe, es un corte enorme!


—Tengo unos puntos de mariposa en la mochila. Voy a buscarlos.


—No, tú no te muevas de aquí. Dime dónde están.


—No, en serio. Me encuentro mejor.


—¡No digas bobadas! Dime dónde están y yo iré a buscarlos.


—Ya casi ha dejado de sangrar —insistió Pedro—. Voy a buscarlos, tú no los encontrarías.


Paula se quedó inmóvil. ¡Hombres…! ¿Por qué no eran capaces de admitir que necesitaban ayuda? Cuando Pedro salió de la cocina, ella miró el paño lleno de sangre antes de tirarlo a la basura. No había forma de salvarlo. ¿Qué le habría pasado y durante cuánto tiempo habría estado caminando con aquella herida antes de llegar a casa?


—Paula…


Ella se volvió asustada, y corrió escaleras arriba. ¿Por qué no la había dejado subir a la habitación en lugar de hacerse el machote? «¡Oh, Pepe…!» Él estaba en la escalera, agarrándose a la barandilla, con un pequeño botiquín en las manos.


—¡Serás tonto! Mira que moverte con la sangre que has perdido… A partir de ahora vas a hacer todo lo que yo te diga.


—Sí, señora.


Paula lo tomó por la cintura para llevarlo a la cocina, y lo ayudó a sentarse de nuevo.


—Esto no es lo mío. Deberías ir al médico.


—No, nada de médicos. Sólo es una heridita de nada.


—No digas tonterías.


Pedro apretó los labios.


—No me gustan los médicos. Y he tenido heridas peores, te lo aseguro. Me han curado enfermeros, colegas, y hasta el líder de una tribu en África.


—Mira que eres cabezota… —suspiró ella—. Respira profundamente… Así, y ahora suelta el aire.


Paula sacó los puntos de mariposa del botiquín, y leyó las instrucciones antes de aplicarle el primero.


—¿Te hago daño?


—No, no… Estoy bien.


Ella se mordió los labios mientras seguía uniendo los bordes de la herida.


—Pero deberías ir al hospital, en serio.


—No hace falta. Además, puedes poner tus cuidados médicos en la factura… Como un servicio extra.


—No debe de dolerte mucho si puedes hacer bromas.


—Es sólo una herida de nada. Las he tenido mucho peores. 

Inevitable: Capítulo 30

 —Y yo he empezado a confiar en tí, Pepe. Y eso me da miedo. No quiero empezar nada. Hay demasiadas razones para no hacerlo.


Pedro apretó los labios. Sabía que Paula confiaba en él cada día más. Y no debería hacerlo. Se sentiría engañada cuando supiera que le había escondido ciertas cosas. Pero no podía contarle la verdad. No podía decírselo y salir por la puerta cada día, sabiendo lo preocupada que iba a dejarla. Eso era lo último que necesitaba. Sabía que no debería sentir nada por ella, pero al final, la atracción fue demasiado poderosa.


—Lo siento, Paula. Tengo que hacerlo… —murmuró, inclinándose para besarla.


Y a pesar de sus protestas, a pesar de todas sus razones para no hacerlo, Paula abrió los labios. El viento soplaba a su alrededor levantando polvo de nieve, y Pedro la apretó más, hasta que sus cuerpos estuvieron literalmente pegados el uno al otro. Allí estaba, haciendo lo que se había prometido a sí mismo no hacer. Supuestamente, además, habían salido a pasear para que eso no ocurriera. Respirando profundamente, la soltó y dió un paso atrás.


—Pepe… —protestó ella.


—Eres demasiado vulnerable, cariño. Los dos lo sabemos.


—Creo que soy lo bastante mayor como para saber lo que quiero.


Paula levantó la barbilla, orgullosa. Lo deseaba. Su respuesta había dejado claro, que lo deseaba tanto como la deseaba él. Sostenía su mirada, intentando parecer más fuerte, más decidida de lo que era.


—Pero no creo que lo vieras de la misma forma mañana… — suspiró Pedro—. Y no quiero aprovecharme de tí. No quiero hacerte daño, Paula. Además, estamos en medio de la carretera.


Ella miró a derecha e izquierda, como sorprendida.


—Es verdad, no me había dado cuenta.


Se dieron la vuelta con el viento a sus espaldas, casi empujándolos hacia la casa. Pero cuando llegaron al porche Paula se detuvo de repente.


—¿Qué hacemos ahora? —preguntó con voz trémula.


Pedro sabía muy bien lo que quería hacer. Y sabía también que era imposible.


—Sinceramente, no tengo ni idea…





Paula canturreaba mientras sacaba la ropa limpia de la cesta, apilándola en dos montones sobre la cama; uno para ella, otro para Pero. Él se había ofrecido a poner la lavadora, pero no le importaba lavar su ropa. En realidad, era muy agradable hacer eso para otra persona. Ella pasó la mano por unos vaqueros, recordando cómo la tela se pegaba a sus piernas. Nunca en muchos, muchos años, había sentido tal deseo por un hombre. Y menos por un policía. No podía creer que se hubiera comportado como lo había hecho durante el paseo. En medio de la carretera, además. Pero en cuanto estuvo entre sus brazos se olvidó de todo. Durante esos minutos olvidó sus miedos, sus reservas, todas las razones por las que Pedro no era el hombre adecuado para ella. Él la hacía sentir joven otra vez, llena de vida. Le preocupaba lo que pasaría cuando volvieran a la casa, pero se había portado como un caballero. Nada de miraditas, nada de besos. Nada. Y lo echaba de menos. Quizá hubiera pisado el freno porque ella no le daba razones para seguir adelante, pensó. Y sí, sólo estaría allí durante unos días. Pero Pedro la entendía. Y confiaba en él, tanto como para hablarle de su pasado, un tema del que no solía hablar con nadie. Y era siempre él quien daba el primer paso cada vez que se besaban o se tocaban. ¿Y si estaba esperando que fuese al revés? Tragó saliva. Después de tantos años de celibato tenía miedo. Miedo de parecer boba, de la intensidad de esos momentos de pasión. Miedo de que otro hombre mirase su cuerpo. Ya no era una cría, había tenido una hija, se había hecho mayor. Y su cuerpo ya no era perfecto.


—¿Paula?


No pudo evitar que su corazón se acelerase al oír la voz de Pedro. ¿Cuándo había empezado a esperar ansiosamente su llegada?


—Estoy aquí.


Aquello era absurdo. Pedro sólo era un hombre. Y ésa, una simple reacción porque estaba a solas con él.


—¿Tienes vendas, Paula?

Inevitable: Capítulo 29

Una vez fuera, bien abrigados, Paula lo llevó hasta la carretera, asfaltada sólo a trozos. Él era un chico de ciudad; el campo y la simplicidad de la vida al aire libre, eran una revelación para él.


—¿Ves eso? —preguntó ella, señalando un punto luminoso entre un grupo de nubes blancas—. Ése es un arco chinook. Como un arco iris horizontal. He visto la nieve derretirse tan deprisa, que por el ruido, uno juraría que estaba lloviendo.


—Este sitio te encanta, ¿Verdad?


—Nunca he estado en ningún otro sitio. Ésta es mi casa.


—Es muy diferente al sitio de donde yo vengo.


—¿Florida?


Pedro sonrió. Sólo llevaba en Florida un par de años, y aunque le gustaba mucho, no lo consideraba su casa.


—No, yo nací en Filadelfia, donde aún viven mis padres. ¿Has estado allí alguna vez?


—No, yo no viajo mucho. Pero estuve en Vancouver hace unos años.


Siguieron caminando; el viento movía el pelo de Maggie alrededor de su cara.


—¿No te gusta viajar?


—Sofía iba al colegio y durante las vacaciones teníamos clientes en el hostal, así que… Nunca he podido hacerlo.


—Hasta hace un par de semanas… —murmuró Pedro—. Y entonces me tuviste que soportar a mí. Lo siento mucho. 


—No, por favor… Al contrario —Paula intentó apartarse el pelo de la cara—. Supongo que tú has estado en todas partes.


—He estado por ahí, sí… En Oriente Medio, en Europa con los marines, por todo el norte de Estados Unidos, pero…


—¿Pero qué?


Pedro sacudió la cabeza. Dudaba que ella pudiera entender los sitios en los que había estado o las cosas que había visto.


—Pero no hay nada como la casa de uno… Y además de la casa de mis padres, estar contigo es lo más parecido.


Paula tragó saliva. No quería darle a esas palabras más importancia de la que tenían, pero…


—¿Y tu casa en Florida?


¿Su casa en Florida? Era un sitio medio vacío, funcional, un lugar para comer y dormir.


—No es un hogar de verdad.


Sabía por el brillo de sus ojos que a Paula le habría gustado seguir preguntando, pero en lugar de hacerlo puso una mano en su brazo, sin darse cuenta de cómo ese gesto tan sencillo lo emocionaba.


—Entonces me alegro de que estés aquí.


Pedro estaba sorprendido. Cualquier otra mujer le habría preguntado si tenía novia o si estaba casado, pero Paula no lo había hecho. Seguramente había aprendido a aceptar las cosas como eran, sin cuestionarlas. Y casi quería que le preguntase para decirle que no, que nadie podía reclamar su corazón. Ella se volvió para seguir caminando y él tomó su mano.


—Gracias por estar ahí, por escucharme. Me ha ayudado mucho, más de lo que te imaginas.


—Algo está pasando entre nosotros. Los dos lo sabemos.


—Yo… No estoy preparada para eso.


—Lo sé, Paula, pero no salgas corriendo. Los dos hemos estado dándole vueltas a esto hasta que… Ya no sabemos cómo actuar. Así que voy a decirlo directamente: Me siento atraído por tí. Más de lo que puedes imaginar.


Ella abrió y cerró la boca un par de veces, antes de encontrar palabras. 

jueves, 16 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 28

Y no podía ser él quien volviera a hacerla sufrir. Lo cual era terriblemente difícil, porque la deseaba cada vez más. Paula confiaba en él, pero si supiera la verdadera razón por la que estaba en Mountain Haven, esa confianza desaparecería. No, cuando se fuese de allí, se iría con una sonrisa en los labios y cálidos recuerdos de lo que habían compartido. Así tenía que ser. De modo que no dijo nada. La apretó contra su corazón oyéndola respirar, sintiendo que la conexión que había entre ellos se hacía más profunda. Nunca antes se había sentido tan cómodo con una mujer. La deseaba, pero no podía tenerla después de todo lo que había ocurrido aquel día. No era el momento. Además, sabía que no se lo había contado todo. Se preguntó entonces cómo habría muerto Julián… Paula no le había contado eso ni los problemas de Jen con las drogas el año anterior. Y se preguntó si algún día confiaría en él por completo. Pedro siguió abrazándola mientras se ponía el sol, preguntándose cómo iba a soportar los días que quedaban.  Cocinando. La observaba desde la puerta, con los brazos cruzados. Sabía que eso era lo que Paula hacía cuando se sentía incómoda o estaba triste por algo.


—¿En qué piensas?


Ella se dió la vuelta, llevándose una mano al corazón.


—No te había oído…


—¿Seguro que estás bien?


—Sí, claro —contestó Paula, metiendo una bandeja en el horno—. ¿Has notado el viento chinook?


—¿Qué?


—El viento chinook, que viene de las montañas. Es tan cálido, que derretirá toda la nieve y mañana tendrás que hacer tu excursión sobre el barro —sonrió ella—. A veces sopla durante días, pero cuando deja de hacerlo, es que ha llegado la primavera —«Genial», pensó Pedro, haciendo una mueca—. No te duele la cabeza, ¿Verdad? Este viento suele provocar dolores de cabeza, especialmente si no estás acostumbrado a los cambios de presión. Si te duele, hay analgésicos en el botiquín.


Sus problemas no tenían nada que ver con el cambio de presión, sino con tener que esconder las razones de su estancia allí sin contarle mentiras. El problema era permanecer concentrado en lo que tenía que hacer sin pensar en ella cada minuto. Estaba enamorándose de Paula, y lo sabía. Y sí, empezaba a dolerle la cabeza.


—Estoy bien.


—¡Ah!


El monosílabo dejaba claro que había contestado en un tono demasiado brusco, y Pedro intentó suavizar su expresión.


—Pero gracias por preguntar. ¿Cuánto tiempo falta para la cena?


—Una hora más o menos… —murmuró ella, sin mirarlo.


—Bueno, entonces voy a leer un rato.


—¿Pepe?


Él se volvió. ¡Qué preciosa era…! Las lágrimas le habían dado un brillo especial a sus ojos, que ahora eran de un azul diferente… Como as tazas que tenía su abuela. «Azul china» se llamaba. Eternos y preciosos, como Paula. Tenía los labios ligeramente hinchados, y le habría gustado besarlos hasta que los dos se quedaran sin aliento. Le habría gustado subir a la habitación, desnudarla y hacerle el amor sobre ese edredón hecho a mano, hasta que estuvieran envueltos en sombras. Le gustaría decirle la verdad y sentirse liberado. Pero no podía hacer ninguna de esas cosas.


—¿Qué, Paula?


—Vamos a dar un paseo mientras se termina la cena —dijo ella entonces—. Quiero enseñarte cómo es ese viento de las montañas.


Salir de la casa era seguramente muy buena idea. De no ser así, podría hacer alguna tontería, como besarla de nuevo. O decirle lo que sentía por ella. Ridículo. 

Inevitable: Capítulo 27

No podía volver a pasar. No podía sentir eso de nuevo porque la última vez había acabado aplastada bajo todos esos sentimientos. Era una situación extraña confiar en Pedro, y sin embargo, tener que alejarlo de ella. Y hablar de su difunto marido haría que cualquier hombre quisiera echar el freno.


—Sí, le confié mi corazón a Julián.


—Y entonces murió, dejándote sola con Sofía —Paula asintió, con un nudo en la garganta—. Ven aquí…


Pedro le quitó la copa de la mano antes de estrecharla entre sus brazos. Ella sabía que debería mantener las distancias, pero le gustaba tanto…


—¡Oh, Pepe…! —suspiró, mirando las llamas.


¿Por qué tenía que ser tan perfecto? ¿Por qué después de tantos años, Pedro Alfonso tenía que hacerla sentir cosas que no había sentido en tanto tiempo? Incluyendo la necesidad de hablar del pasado.


—¿Puedes hablarme de él?


Paula tragó saliva.


—No lo sé… —susurró.


—Me gustaría que lo hicieras… Si tú quieres.


—No hablo de Julián con nadie, y hablar de él ahora… No es fácil para mí.


Pero, ¿Por qué no contárselo y liberarse de una vez por todas? En un par de semanas, Pedro volvería a Florida y se olvidaría de ella y de su difunto marido. ¿Cuál sería el beneficio de una aventura?, se preguntó entonces. Porque sabía que existía la posibilidad de que Pedro y ella tuvieran una aventura. Él se marcharía y lo echaría de menos. Porque ella no tenía aventuras amorosas. Y tampoco tenía relaciones serias, claro. Pero él estaba vivo, era real. Y si no tenía cuidado, acabaría con el corazón roto. Sería una tontería, sí. Quizá contárselo los uniría un poco más, pero desde luego enfriaría la atracción que había entre ellos.


—Yo era camarera entonces, y Julián era guardia de seguridad en la refinería que hay a la salida del pueblo. La primera vez que nos vimos le tomé el pelo, porque había pedido un pastel de nata a las seis de la mañana —Paula recordó a un Julián joven y enérgico, rubio, con hoyitos en las mejillas… Y enseguida se dió cuenta de que se había quedado callada—. Perdona. 


—No, nada. Sigue, por favor.


—Yo me había hecho cargo de Matías y estaba trabajando en dos sitios a la vez para llegar a fin de mes. Julián fue como un soplo de aire fresco. En nuestra primera cita organizó una merienda en el campo, porque como siempre le estaba atendiendo yo en la cafetería, esa vez quería que fuese al revés —Paula se puso colorada—. Y yo me enamoré sin darme cuenta. Estaba necesitada de amor, supongo. Y él era todo lo que yo imaginaba que podía necesitar en la vida. Nos casamos tres meses después y siete meses más tarde nació Sofía.


—¿Y se vinieron a vivir aquí?


Ella asintió con la cabeza. Recordaba muy bien el día que Julián la llevó allí, en otoño, con Sofía envuelta en una mantita. Se había enfadado tanto con él al descubrir que había comprado la casa sin consultárselo siquiera… ¡Qué bobada discutir por algo así, cuando la verdad era que la casa le encantaba!


—Sí, vinimos aquí. Julián ganaba bastante dinero en la refinería y yo podía quedarme en casa con Sofía. Incluso pensamos en tener más hijos.


Pedro levantó la mano derecha para acariciar su pelo.


—¿Querías tener más hijos?


—Sí, entonces sí… —Paula se detuvo, sin saber cómo seguir. No estaba acostumbrada a hablar de cosas tan personales en voz alta, pero lo estaba haciendo desde que él había aparecido en su casa—. Julián arregló algo que se había roto dentro de mí cuando perdí a mi familia.


—Pero murió.


—Sí. Y ese día me dí cuenta de que daba igual lo que hiciera, la gente a la que quería iba a dejarme siempre. Sólo me quedaba Sofía.


—Y por eso te preocupas tanto por tu hija. Estás esperando que le ocurra algo a ella.


Paula sintió que todo el miedo y la tensión desaparecían de su cuerpo. El hecho de que otra persona la entendiera era absolutamente liberador.


—Sí, eso es.


Pedro cerró los ojos mientras acariciaba su pelo. La pobre había sufrido tanto… Y él quería ayudarla, estar a su lado. Paula le importaba muchísimo, y le asustaba saber que todo eso había ocurrido en sólo unos días. Pero lo único que tenía absolutamente claro era que no podía hacerle más daño. Paula Chaves era demasiado importante como para jugar con ella. Nunca había conocido a una mujer tan fuerte y tan frágil a la vez. Una mujer que había recogido las piezas de su vida después de una tragedia, trabajando para ganarse la vida mientras criaba a dos niños. 

Inevitable: Capítulo 26

 —Lo que tú quieras contarme. Por ejemplo, cómo terminaste aquí. Quiero… —Pedro tragó saliva y ella contuvo el aliento, esperando—. Quiero saberlo todo sobre tí.


Paula asintió con la cabeza. Estaba tan cansada de los miedos, de las reservas…


—Entonces te lo contaré. Pero será mejor que encendamos la chimenea. Hace un poco de frío.


—Una chimenea, marchando —sonrió Pedro.


—¿Te apetece tomar una copa?


—Sí, gracias. Eso nos animará un poco.


Cuando volvió de la cocina con dos copas y una botella de whisky, la chimenea estaba encendida y él sentado en el sofá, mirando el fuego.


—Espero que te guste el whisky… Es lo único que tengo.


—¿Por qué no empiezas por el principio? —sugirió Pedro, mientras Paula se sentaba a su lado—. Sé que perdiste a tus padres y a tu marido, pero tiene que haber algo más para que estés tan dolida.


—Sí, bueno…


—¿Y por qué abriste un hostal en medio de ninguna parte?


Paula sirvió las copas y subió las piernas al sofá, apoyándose en el respaldo.


—Mi infancia fue normal hasta que mis padres murieron… Cuando yo tenía dieciséis años. Entonces tuve que empezar a cuidar de mí misma.


En ese momento había dejado de ser «La hija de alguien». Desde entonces era Paula, la huérfana que había tenido que abrirse camino en la vida.


—¿Cómo murieron?


—En un accidente de coche.


—Lo siento mucho. Supongo que fue horrible para tí.


—Sí, lo fue.


—¿Tenías algún sitio al que ir, alguien que cuidase de tí?


Paula sonrió con tristeza.


—No, pero conseguí un trabajo, intenté entender lo que había pasado, y seguí adelante.


—¿Y luego? 


—Luego conocí a Matías. Era un primo segundo, el hijo de una prima que lo había tenido siendo muy joven, y que no sabía nada de la vida, con lo cual el niño acabó en una casa de acogida —Paula apartó la mirada un momento—. Entonces yo tenía veintiún años y él once. Era la única familia que me quedaba, y… No sé, necesitaba agarrarme a eso.


—Tú lo necesitabas tanto como él a tí.


Ella asintió con la cabeza. Así había sido. Matías le había dado un propósito en la vida, aunque dudaba que él lo supiera.


—Yo tenía un trabajo fijo y un apartamento en Sundre, así que pedí la custodia de Matías y me la concedieron. No sé quién se quedó más sorprendido, él o yo.


—Y se convirtieron en una familia.


—Así es. Matías era un buen niño, aunque estaba muy asustado. No confiaba en la gente y era lógico. Yo hice lo que pude por él, pero era muy joven y aún estaba dolida por haber perdido a mis padres de golpe. Y entonces conocí a Julián, mi marido. Matías era un adolescente cuando nos casamos y supongo que sintió que estaba molestando, aunque nunca dijo nada. Nunca hablaba mucho de esas cosas —Paula sonrió—. En fin, pensé que nunca encontraría a nadie a quien pudiera confiarle su corazón, pero así fue.


—¿Cómo te pasó a tí con Julián?


Paula se dió cuenta entonces de que había estado contándole cosas que no había pensado contarle. Quizá fuera el calor de la chimenea, el whisky, el ambiente íntimo… O que Pedro le pareciese una persona de confianza. Fuera lo que fuera, algo había cambiado. Quizá sin darse cuenta, poco a poco estaba dejando de luchar contra sus sentimientos, y le sorprendía ver que había bajado la guardia por completo. Pero ahora él había mencionado a Julián y eso era diferente. No sabía si podría seguir. Desde luego, no era tan fácil como hablar de Matías. Julián había hecho por ella lo que Eugenia, la esposa de su primo, había hecho por Matías: Le había dado un sitio donde poner su corazón. O eso había pensado. Perderlo fue lo más horrible que le había pasado nunca, y había tenido que hacer uso de todas sus fuerzas para seguir adelante. Incluso ahora le faltaban piezas a su vida. Entonces recordó el beso de Pedro en la cocina, lo que había sentido… 

Inevitable: Capítulo 25

 —Paula, espera…


—Déjame en paz, por favor. Estoy bien.


Pero no estaba bien. Se sentía avergonzada, vulnerable, como una tonta. Estaba convirtiéndose en una costumbre que Pedro la viese llorar, que tuviera que consolarla, y eso que tenía que terminar de una vez por todas. Él era por su oficio, un protector. Pero no era su protector. No se había dado cuenta de que estaba tras ella hasta que la tomó del brazo.


—He visto tu expresión, Paula. He tenido que sujetarte porque te caías al suelo. Sé que no estás bien, así que puedes contarme qué te pasa.


Ella intentó respirar, pero no era capaz de llevar aire a sus pulmones. Estaba tan cansada… Cansada de tener miedo, de fingir que no lo tenía.


—Por favor, no seas tan amable conmigo. No puedo soportarlo.


—¿Por qué?


Esa pregunta era lo que necesitaba, algo para olvidarse del calor de su mano.


—¿Quieres razones? Vamos a empezar por el hecho de que sólo vas a estar aquí unas semanas. Sólo estás de paso, Pepe. Y además, eres un comisario de policía. Por no hablar de… —Paula se detuvo un momento, cortada—. ¡Por no hablar de que tienes casi diez años menos que yo! Y eso es lo último que necesito.


—¿Te he dado a entender yo que quisiera algo más que una buena amistad?


—¡Constantemente! Empezando por la noche que me besaste un dedo.


—¡Ah, sí! Cuando te pusiste tan nerviosa que se te cayó la taza — sonrió Pedro—. Y deberías saber que tu edad no me importa en absoluto. Sólo es un número.


Él dió un paso adelante e instintivamente Paula dió un paso atrás.


—No coquetees conmigo, Pepe. Los dos somos muy mayorcitos para eso.


—Sólo quería ayudarte y tú haces que me sienta culpable. A lo mejor te gustaría explicarme por qué…


¿Cómo podía explicarle que estar con él la hacía sentir más vulnerable que nunca? Su profesión la asustaba y la atracción que sentía por él, también. Todos esos miedos se mezclaban con las heridas del pasado, y el resultado era una mujer que no era capaz de actuar con sentido común.


—No puedo hacer esto. No puedo ponerme a llorar delante de un cliente. Y eso es lo que eres, aunque a veces se me olvida. Por favor… Déjame, Pepe.


Pero él no le hizo caso.


—Creo que los dos sabemos que no soy un simple cliente. Ya no.


Pedro tiró de ella para envolverla en sus brazos. Su olor, el calor de su cuerpo… Paula no podía seguir luchando contra él y contra todas las emociones que había tenido que esconder desde la detención de Sofía el verano anterior, y apoyando la cabeza en su pecho, dejó que las lágrimas rodaran por su rostro. Sabía que no debía hacerlo, pero lo necesitaba tanto… ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo, por fin se sentía conectada con alguien? Había tantas razones por las que Pedro Alfonso era el hombre equivocado para ella, que incluso podría enumerarlas: Era un nombre que vivía para su trabajo y a quien no importaba el peligro. Tenía nueve años menos que ella… Y ni siquiera vivían en el mismo país. Y en poco tiempo se habría ido. Paula, con la cara enterrada en el torso masculino, se dió cuenta de que lo echaría de menos cuando se fuera. Pero tenía aquel momento, se dijo. Poco a poco dejó de llorar y se percató entonces de que Pepe estaba pasando la mano por su espalda, como si fuera una niña.


—Confía en mí… —murmuró—. Tienes que hablar con alguien y yo estoy aquí.


Paula hizo un esfuerzo para levantar la cabeza. «Es tan hermoso…», pensó, atónita. No sólo su cuerpo, no sólo el color de sus ojos, la línea de sus labios o el hoyito en la barbilla. Era hermoso por dentro. Fuerte y obstinado, pero también un hombre de principios, cariñoso y compasivo. Y le gustaría compartir su carga con él. Necesitaba hacerlo. Había intentado fingir que el pasado ya no existía, pero no podía seguir haciéndolo.


—¿Qué quieres saber? 

martes, 14 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 24

 —No, con la llave que dejas escondida bajo el felpudo. No deberías dejarla en un sitio tan evidente —contestó él.


Pedro no estaba sonriendo, pero tampoco se mostraba brusco como otras veces. Y no parecía molesto por el asunto de la llave, era otra cosa. Paula cerró la puerta, olvidando que había dejado las bolsas en el porche.


—¿Qué ocurre?


—Ha llamado Sofía.


El corazón de Paula se detuvo durante una décima de segundo.


—¿Qué ha pasado? —logró decir, con voz estrangulada.


—Ha habido un asesinato en el campus de Edmonton.


Ella sintió que le fallaban las piernas, y estaba a punto de caerse cuando Pedro la sujetó.


—¡Paula!


Sofía, Sofía, Sofía. Su hija…


—Paula, tranquilízate —la voz de Pedro parecía llegar desde muy lejos—. Tranquila, no le ha pasado nada. Está bien. Sofía está bien. Paula, piensa, si no estuviera bien no habría podido llamar por teléfono.


Ella abrió los ojos por fin.


—Lo siento —se disculpó, temblando.


—Perdóname tú, no quería asustarte. Lo primero que debería haberte dicho es que estaba bien.


—No suelo desmayarme…


—Ha sido culpa mía, soy un bobo.


Paula cerró los ojos, aliviada al verlo sonreír.


—Creí que estabas enfadado conmigo.


—No, contigo no. Quizá enfadado con el mundo en general. ¿Estás bien?


—Sí, creo que sí.


—Quería decir que Sofía había llamado para que no te enterases por las noticias, pero no me has dado oportunidad.


—No sé qué me ha pasado. Es que la idea de que le ocurra algo a Sofía… 


—Lo entiendo —la interrumpió él, acariciando su pelo—. Sé que tienes miedo de que le pase algo.


Paula lo miró a los ojos. Le había tendido una rama de olivo y dependía de ella aceptarla o no. Pero no quería hablar del pasado. Nadie quería oír hablar de esas cosas.


—Mi historia es muy deprimente. Además, no es nada original.


—Eso me suena…


Pedro la soltó, pero se sentía más conectada que nunca con él, incluso más que cuando estaba entre sus brazos.


—Me lo pensaré. Por el momento, voy a llamar a Sofía.


—Es una buena chica. Sabe lo preocupada que estás y no quiere hacerte sufrir. De no ser así, no te habría llamado.


Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas. ¿Por qué aquel hombre parecía saber exactamente lo que necesitaba oír? Era increíble.


—Gracias, Pepe. Eso significa mucho para mí.


—De nada.


Paula se dió la vuelta para que no viera el anhelo en sus ojos. Sofía era un tema tan delicado para ella, que lo mejor sería marcharse antes de que se pusiera a llorar como una cría. Pedro no tenía ni idea de lo tentadora que resultaba la posibilidad de aceptar su oferta y hablar con él. 

Inevitable: Capítulo 23

 —No lo entiendes. Yo no puedo cometer errores. ¿Dirías lo mismo si hubiera sido Sofía? ¿Si hubiera sido tu hija la chica que murió?


Luego se dió la vuelta para salir al porche. Necesitaba respirar un poco de aire fresco. Contárselo a Paula, había vuelto a enfurecerlo. Sencillamente, no había sitio para ese tipo de errores en su trabajo. Preocuparse por matar a un inocente o perder a un miembro de su equipo, era mucho más importante que el peligro para su propia vida. Su jefe le había dicho que la baja no era negociable, aunque lo único que quería era volver al trabajo. Necesitaba concentrarse en algo, no tiempo libre para pensar en todo lo que había hecho mal. Pero luego esa baja se había convertido en parte de una misión, y eso le gustaba aún menos. Paula salió al porche tras él y puso una mano en su brazo, pero Pedro se apartó.


—Lo siento. No debería haber insistido en que me lo contaras.


—Ahora que lo sabes puedes dejar de preguntar.


El brusco tono la hizo dar un paso atrás, y Pedro se odió a sí mismo por hacerle daño. Ésa era precisamente la razón por la que le gustaría decirle la verdad. No quería mentirle a Paula. Podía convencerse a sí mismo de que no le estaba mintiendo, que sólo había soslayado la verdad… Pero era lo mismo. No podía hablarle de su misión y protegerla al mismo tiempo. Y él sabía qué era lo más importante.


—Gracias por contármelo de todas formas.


Al menos su respuesta parecía haberla satisfecho, pensó Pedro, preguntándose cómo sería su relación a partir de aquel momento.


—Tienes que entender una cosa, Paula: Soy un comisario de policía y hago mi trabajo. Y si tengo que lidiar con consecuencias desagradables, lo hago.


—Eso ha quedado muy claro… —murmuró ella, entrando de nuevo en la casa.


Pedro golpeó uno de los pilares del porche, frustrado. Él odiaba la mentira con todas sus fuerzas, pero aquello no tenía nada que ver con la honestidad o la deshonestidad, sino con la protección. Protección para ella, para él, y para toda la comunidad. Sortear un poco la verdad no debería ser tan importante. Paula era algo temporal en su vida y no había sitio para las emociones. Pero al recordar el beso de la noche anterior se sintió culpable de nuevo. Culpable porque ella era, en cierto modo, parte de su trabajo, cuando lo único que él quería hacer era volver a tenerla entre sus brazos. Pero en aquel momento lo mejor sería mantener las distancias.



Paula se cambió las bolsas de mano para poder abrir la puerta. Era media tarde, y aún tenía tiempo de hacer los filetes y el pastel que había planeado para la cena. La hora del desayuno y la cena eran los únicos momentos en los que veía a Pedro desde aquella conversación. Después de desayunar guardaba la comida en una mochila y estaba todo el día fuera. Volvía cansado, cenaba, y pasaba la tarde en su habitación. Las pocas veces que había hablado con él, estaba sentado en su cuarto leyendo o trabajando en el ordenador. Se había equivocado al insistir en que le contase la verdad. Ahora lo sabía. Lo había sabido cuando tocó su brazo y él se apartó. ¿Cómo era posible que lo que más le disgustaba de él fuera, a la vez, lo que más la atraía? Lo último que ella deseaba era tener una relación con un policía. Entonces, ¿Por qué lo encontraba tan increíblemente sexy? Afortunadamente, el coqueteo había terminado. Al meter la llave en la cerradura se dio cuenta de que la puerta estaba abierta, y frunció el ceño sorprendida. Estaba segura de haber cerrado con llave antes de salir. Pero enseguida vio las botas de esquí en la entrada y dejó escapar un suspiro de alivio. Cuando Pedro apareció en el pasillo, intentó sonreír.


—Has vuelto temprano.


—Sí.


—¿Cómo has entrado? ¡Ah, claro, supongo que estás entrenado para esas cosas! ¿Cómo lo has hecho, con una tarjeta de crédito como en las películas? 

Inevitable: Capítulo 22

Había sentido la tentación de contarle la verdad por la mañana, cuando la vió entrar en la cocina. Afortunadamente, no lo había hecho. Por su forma de actuar con Ignacio el día anterior y la frialdad con que lo miraba en aquel momento, empezaba a pensar que no le gustaban los policías.


—Al menos, te cerraste al principio… —siguió, mirando sus labios.


Paula se puso colorada.


—Lo sé, pero eres un cliente y…


—Y cuando llegué me aseguraste que lo más importante para ti era que tus clientes estuvieran cómodos.


—Quizá la preocupación por mi seguridad y la de mi hija sea más importante que eso —replicó ella.


Pedro se quedó sorprendido. ¿Creía que él iba a hacerles daño? Se preguntó entonces si habría estado mirando entre sus cosas, pero preguntar sólo confirmaría sus sospechas, y además, estaba seguro de que Paula no habría hecho eso. No, ella era una persona honesta y por eso se arriesgaba a preguntar directamente. Y él no sabía qué decir.


—¿Dónde has estado, Pepe?


No iba a dejarlo escapar, evidentemente. Y sabía que la única manera de calmar sus miedos era contarle… Lo único que podía contarle. Aunque no quería hacerlo.


—Muy bien. Te lo contaré cuando me haya cambiado de ropa.


Luego subió a la habitación, evitando su mirada. Tenía que quitarse el chaleco antibalas. Paula no debía descubrir que debajo de la parka no llevaba sólo un jersey y una camiseta. Cuando volvió a bajar a la cocina, ella estaba sacando los platos del lavavajillas.


—Tus cosas… —dijo en voz baja, devolviéndole la bolsa y el termo.


—Gracias.


—¿Esto es por lo de ayer, Paula? Porque si es así, ya he admitido que me pasé de la raya. Podemos dejarlo ahí.


—¿Tan malo es lo que tienes que contarme? ¿Tanto como para que intentes cambiar de conversación a toda costa? 


Pedro suspiró. Había cometido un error… Y eso era algo que se lo comía vivo. Casi tanto como verse obligado a pedir la baja. Él no necesitaba unas vacaciones, necesitaba trabajar. Y si no sintiera aquel extraño deseo de protegerla, le diría la verdad y acabaría con todo. Él odiaba las mentiras.


—Fue hace un mes… —empezó a decir, pero tuvo que aclararse la garganta—. Debíamos detener a un delincuente peligroso y sabíamos que tenía armas, así que fuimos preparados.


Pedro tragó saliva. ¿Hasta dónde podía contarle? Lo suficiente para tranquilizarla y no tanto como para descubrir la verdadera razón por la que estaba allí. Paula cerró la puerta del lavavajillas y volvió a mirarlo fijamente. Y él, sin saber qué hacer con las manos, las metió en los bolsillos del pantalón.


—Cuando reunimos información sobre un caso, normalmente es lo suficientemente completa para trazar la mejor táctica posible. Todo estaba bien organizado, todo el mundo sabía cuál era su trabajo. Pero él sabía que íbamos a buscarlo. No sé si nos vio o alguien le dio la información, pero nos recibió en la puerta.


Pedro levantó la mirada un momento. Paula no podía saber lo duro que era para él contarle aquello. Mientras hablaba, las imágenes que había intentado olvidar por todos los medios volvían a su cabeza. Imágenes a cámara lenta, cuando en realidad, todo ocurrió en unos segundos. El momento en el que se dió cuenta del desastre…


—Él disparó y nosotros devolvimos los disparos. Debes entender que según la información que teníamos, estaba solo. Y no había razones para desconfiar. Pero no estaba solo. Había una chica, su hija. Murió de un disparo.


—¿La disparaste tú?


—¿Yo personalmente? No.


—¿Entonces por qué cargas con la culpa?


¿No era suficiente haberle contado la verdad? ¿Por qué tenía que seguir haciendo preguntas? Daba igual quién hubiese apretado el gatillo, había sido un error fatal.


—Era mi equipo, Paula. Yo estaba a cargo de esos hombres.


—Fue un error, un error trágico…


Pedro sacó las manos de los bolsillos. 

Inevitable: Capítulo 21

Cuando despertó eran más de las cinco, y Pedro no había vuelto. Había estado soñando, sueños muy raros en los que aparecían Pedro, Sofía e Ignacio. Nada que tuviera sentido. Él esposando a su hija, mientras Ignacio le ponía una medalla… Paula se levantó del sofá, y giró el cuello a un lado y a otro para desentumecerse. El significado del sueño estaba bien claro. Le preocupaba que Pedro descubriera lo que le había pasado a Sofía, y después de verlo con Ignacio el día anterior, era lo más lógico. Luego miró por la ventana. En poco tiempo se habría hecho de noche, y Pedro no aparecía. ¿Dónde podría estar? ¿Se habría perdido a pesar del GPS? Suspirando, metió unas pechugas de pollo en el microondas. El sonido del aparato rompió el silencio de la solitaria cocina. Pero no dejaba de preguntarse por qué habría ido allí precisamente. O por qué estaba de baja. ¿Y por qué pagaba el departamento de policía de Florida sus facturas? Si estaba de baja, no tenía sentido. El sonido de sus botas en el porche coincidió con aquel repentino pensamiento. No podía creer que no se le hubiera ocurrido antes. El pago de la factura, su contacto con el jefe de policía… Pedro estaba allí trabajando. Era lo único que tenía sentido, y cuando se abrió la puerta tuvo que hacer un esfuerzo para disimular su miedo. Él entró con la cara roja por el frío y las botas de nieve en las manos.


—Siento llegar tan tarde.


Paula no sabía qué decir. La asustaban todas las posibilidades que pasaban por su cabeza. ¿Y si le había estado mintiendo desde el principio? ¿Qué habría estado haciendo aquel día? ¿De qué conocía al policía que había detenido a Sofía? ¿Y cómo podía conseguir que Pedro le contase la verdad? ¿Quería saberla? Nerviosa, dió un paso atrás.


—Paula, ¿Te encuentras bien? ¿Le ha ocurrido algo a Sofía?


¡Oh, no! Ella no sabía poner cara de póquer. Y tendría que hacerlo mejor, porque si sus sospechas eran correctas, él era un gran jugador. 


—No, Sofía está bien. Es que acabo de despertarme y… Creo que aún sigo un poco dormida.


—Voy a cambiarme de ropa. Me he caído un par de veces y tengo los pantalones mojados —sonrió Pedro, dirigiéndose a la escalera.


—¿Pepe?


—¿Sí?


Las palabras que Paula quería pronunciar no salían de su garganta. Además, no sabía si sería suficientemente astuta como para conseguir una respuesta sincera, y tenía miedo de preguntar directamente. ¿Y si estaba allí trabajando? ¿Eso cambiaría algo? Desde luego, no cambiaría nada entre ellos. Porque no había un «Ellos».


—Pepe, yo… He tenido mucho tiempo para pensar, y me preguntaba… Qué pasó para que tuvieras que pedir una baja.


Lo había dicho a toda velocidad, para no perder el valor.


—¡Ah, vaya! Veo que no te andas por las ramas…


Pedro no quería hablar de ello, evidentemente. O eso, o estaba escondiendo algo. Fuera cual fuera la razón, Paula decidió que necesitaba saber la respuesta.


—¿Vas a decírmelo?


—Ésa es una pregunta muy personal.


Pedro se dió la vuelta para seguir subiendo la escalera.


—Pero tus gastos los paga el Departamento de Policía de Florida, y la primera vez que vas al pueblo te encuentro hablando con Ignacio Simms.


Pedro se volvió de nuevo. Había pensado que Paula le haría alguna pregunta después de verlo con Ignacio, pero entonces estaba demasiado preocupada por Sofía como para darse cuenta. Ahora que había tenido tiempo para pensar…


—¿Quieres saber por qué decidí tomarme unos días libres?


Mientras hablaba, pensaba a toda velocidad. Podía decirle por qué había pedido unas semanas de baja, no por qué estaba en Mountain Haven. Pero no quería volver a mentirle. Prefería… Soslayar la verdad.


—Sé que no tengo derecho a preguntar, pero… Te lo pregunto de todas formas.


—Yo te pregunté anoche por tu vida privada, y te cerraste como una ostra. 

martes, 7 de octubre de 2025

Inevitable: Capítulo 20

 —Entonces tendré que hacerte algo de comer.


—No tienes por qué…


—No te preocupes. Es uno de los extras que ofrecemos en este hostal.


Pedro apretó los labios. Claro. La tentativa amistad puntuada por claros recordatorios de que era un cliente. Era lo que Paula había dicho desde el principio: Atenderlo era su trabajo, nada más.


—Gracias.


Era como si lo del día anterior no hubiese ocurrido nunca. Y quizá fuera lo mejor.


—Gracias por el desayuno —dijo, levantándose—. Voy a buscar mis cosas.


Una vez en su habitación se quitó la camiseta y se puso el chaleco antibalas bajo el jersey. Estaba seguro de que no habría ningún problema, pero sería mejor tener cuidado, por si acaso… Luego, después de mirar el reloj por última vez, volvió a bajar.


—Aquí tienes algo para el almuerzo.


Paula apareció en la entrada con una bolsa térmica y un termo lleno de café.


—¿Qué es?


—Sandwiches y fruta. Y un trozo del pastel que no tomaste anoche. Espero que te guste.


—Sí, claro, estupendo.


Pedro lo guardó todo en la mochila, sacando el GPS al mismo tiempo para meterlo en el bolsillo de la parka.


—¿Seguro que sabes adónde vas?


—Llevo un mapa. Y el GPS, así que no puedo perderme.


—Entonces, nos vemos a la hora de la cena.


—Sí, señora.


Pedro enganchó las botas de nieve a los esquís, y empezó a deslizarse por el nevado jardín, ganando ritmo poco a poco. Según el mapa que llevaba, a unos cuatro kilómetros de allí podría descansar y tomarse un café mientras esperaba… Y esperaba. 



Paula cerró los ojos, y dejó escapar un suspiro de alivio mientras lo veía marchar. Aquella mañana había tenido que actuar como nunca, pero no estaba segura de poder mantener la charada. En cuanto lo vió en la cocina, tan alto y tan sexy… Lo único que habría deseado era echarse en sus brazos para comprobar si el beso del día anterior había sido tan emocionante como recordaba. Algo había cambiado entre ellos. Al principio era simple atracción por un hombre guapo, nada más. La última persona en la que ella podía sentirse interesada era un policía. Pero quizá el problema fuera que Pedro no estaba allí en capacidad oficial. No llevaba un uniforme, ni una placa o un arma. Así era más fácil olvidar lo que era. Hasta que verlo con Ignacio Simms se lo había recordado. Pero no debería seguir pensando en él, decidió, mientras volvía a entrar en la cocina. Quizá se hubiera equivocado no saliendo con nadie en todos esos años. Nate era un hombre joven, lleno de energía, y por eso, le resultaba irresistible. Pero era una tontería pensar que podría revivir su juventud con un hombre que sólo estaba allí de paso. Esa mañana había despertado pensando que mantener las distancias con él sería lo mejor para los dos. La angustia del día anterior se había disipado, y tenía las ideas más claras. Pedro se marcharía unas semanas después y no podía encariñarse con él, de modo que repetir el beso de la noche anterior sería un absurdo. Después de aquel beso… Incluso tontear era algo que sería mejor dejar a un lado. Aquellos días en Mountain Haven no eran algo real. Lo real era que vivía en Estados Unidos y ella en Canadá, y sobre todo, que era un comisario de policía que se pasaba la vida deteniendo a delincuentes. Mientras limpiaba la casa, descubrió que él era un cliente muy ordenado. Había hecho su cama y el ordenador portátil estaba cerrado, con el ratón inalámbrico colocado sobre la tapa. No había ropa tirada en los sillones, y de no ser por el ordenador, cualquiera diría que nadie se alojaba en aquella habitación. Y por alguna razón, eso no le pareció muy consolador. Después de comer se dejó caer en el sofá con un libro, pero se le cerraban los ojos porque apenas había dormido la noche anterior, y los rayos de sol que entraban por la ventana eran tan agradables…