-Que ha hecho, ¡Qué!?
Ante la bomba que acababa de soltar su hermana pequeña, Pedro Alfonso se dejó caer en el sillón de su escritorio, el estómago encogido y la cabeza palpitando de manera familiar.
—Posar para un cuadro —repitió Luciana mientras contemplaba por la ventana la vista de Londres de finales de mayo—. Desnuda. Para Ricardo. Como regalo de cumpleaños. Cumple setenta.
—¿Setenta?
—Ya —contestó Luciana—. Un fanático del bótox. Podría haberle dado un vale para inyectarse más.
—Habría sido demasiado sutil.
Pedro cerró los ojos y se pellizcó el puente de la naríz. Llevaba años tapando los escándalos de su madre, desde convertirse, a los diecinueve años, en el cabeza de familia tras la repentina muerte de su padre, doce años atrás. Era agotador. ¿Nunca iban a acabarse los escándalos de esa mujer? Tenía casi sesenta. ¿A qué edad despertaría la dignidad para darle un respiro? Al parecer no a corto plazo.
—Creía que Ricardo y ella se habían separado.
—Eso fue hace dos meses —Luciana se dejó caer, abatida, en el sillón—. Se han reconciliado. Dice que echaba de menos el sexo.
Pedro hizo una mueca.
—El retrato formará parte de una exposición de jóvenes artistas británicos en la Tate Modern. En quince días, tres antes de mi boda. ¿Puedes creértelo?
—Desgraciadamente, sí puedo —contestó él, ahogando un suspiro—. Es tan egocéntrica que dudo que se le haya pasado por la cabeza el momento. O la conveniencia.
—Llegará a la prensa —continuó Luciana, con voz temblorosa mientras sus ojos oscuros se humedecían—. Los tabloides harán su agosto. Y las fotos… Dios. En nuestra boda todos hablarán de ello y la mirarán embobados, como si el atuendo que piensa llevar no fuera suficientemente malo. Blanco. ¿En serio? No podré soportarlo, Pedro. ¿Cómo lo detenemos?
Ariel le suplicó que al menos esperara unas semanas, pero ella le dijo que ningún camarero le daba órdenes, y le colgó.
—Me lo imagino —Pedro encajó la mandíbula.
—Entonces, ¿Harás algo?
Por supuesto. Solucionar problemas y gestionar personas era, básicamente, lo que hacía, ya fuera como CEO del imperio bancario y naviero Alfonso Kallis, o como protector hermano mayor. Pero, sobre todo, lo haría por la desesperación en la voz de su hermana. Las lágrimas y el dolor que ella intentaba reprimir se le clavaron como un cuchillo, y una oleada de ira lo invadió. Daphne había superado mucho para llegar hasta allí. Ocho años atrás, con catorce años, le habían diagnosticado leucemia mieloide aguda. Había pasado más tiempo en el hospital que fuera. Había recibido transfusiones de sangre y combatido infecciones. Se había sometido a quimioterapia y radioterapia. El pronóstico no fue bueno, pero ella nunca perdió el optimismo. Y sonreía aún en los peores momentos. Y aunque llevaba tres años en remisión, con inmejorables perspectivas, y aunque él nunca había entendido la atracción del amor romántico, con la emoción y el caos que parecía acompañarlo inevitablemente, Pedro no permitiría que nada ensombreciera un día que nadie había esperado ver.
—Déjamelo a mí.
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