jueves, 22 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 16

Paula envidió la serenidad con que Pedro se dió media vuelta y se alejó. Nunca se había sentido menos dueña de sí misma. La cabeza le daba vueltas, el corazón le latía desbocado. Era un milagro que sus piernas la sostuvieran. Qué beso… Un beso apasionado, conmovedor, alucinante. Aún sentía la presión de su boca sobre la suya y los duros músculos bajo sus manos. El deseo ardiente y embriagador que se había apoderado de su cuerpo, reduciéndolo a meras sensaciones. Y quería mucho más. Porque por fin, después de tantos años de ansiedad y estrés, decepciones y remordimientos, había conocido a un hombre con el que deseaba perder la virginidad. No habría que preocuparse por la incomodidad, la vergüenza o la frigidez, por si las cosas salían mal, porque nada saldría mal. ¿Cómo podía doler el sexo con Pedro cuando él tenía la habilidad de derretir sus huesos y convertir su cuerpo en papilla? Solo con mirarla, ardía. Su tacto la encendía. Y su boca… Era perversa y maravillosa. No era ninguna experta, pero sin duda la química que compartían era fuera de serie. Sería glorioso, fuegos artificiales y éxtasis de principio a fin. Pero no era solo el aspecto físico lo que tanto le atraía. 


Pasar tiempo con Ana y escuchar sus historias de aventura y pasión había puesto de manifiesto lo aburrida e insignificante que era su vida. La aventura era difícil de encontrar cuando el trabajo y los ingresos eran irregulares. Las relaciones románticas quedaban descartadas por su endometriosis y una posible infertilidad. Sin embargo, esa noche había tenido un atisbo de aventura y pasión, hasta la interrupción que había espantado a Pedro, comprensible teniendo en cuenta su aversión al escándalo. ¿Y si no hubieran sido interrumpidos por Federico? ¿La habría llevado a un rincón oscuro para seguir besándola? ¿Habría llevado las cosas aún más lejos, regalándole la experiencia que tanto deseaba? No lo sabía y posiblemente nunca lo sabría. Por la forma en que él se abría paso entre los invitados y se dirigía hacia la puerta sin detenerse más que un instante para hablar con la feliz pareja, parecía que planeaba marcharse. A cada paso con que se alejaba de ella, la esperanza y emoción que la embargaban se desvanecía, desinflándola por momentos. ¿Volvería a conocer a alguien que tuviera un efecto tan intenso en ella? No parecía probable. Los hombres como él no crecían en los árboles. Entonces, ¿Qué hacía ahí parada? ¿Por qué no iba tras él? No tenía nada que perder y sí mucho que ganar persiguiendo la pasión que acababa de sentir. ¿Qué importaba que fueran imposiblemente diferentes? No buscaba la felicidad eterna con él. Solo una noche. ¿Y si él no quería? Era lo suficientemente fuerte como para soportar un rechazo. Luchar por desarrollar una carrera en el mundo del arte había fortalecido su determinación de ir a por lo que quería, y lo que quería era a Leo y la emoción que le había mostrado. La repentina muerte de su madre le había enseñado que la vida era corta y que mejor arrepentirse de lo hecho que de no haberlo hecho.


Cediendo al instinto, y bloqueando la voz de su cabeza que la acusaba de haberse vuelto loca de atar, Paula se puso en acción. Si Pedro se marchaba, no lo haría solo. El coche plateado se detuvo frente al hotel mientras Leo salía a la cálida noche ateniense. Bajó los escalones hasta la acera y saludó con una inclinación de cabeza a Carlos, el chófer que sujetaba la puerta abierta. La puerta se cerró con un suave golpe, dejando fuera la locura y el caos, y el alivio lo inundó. Había tenido mucha suerte al escapar, pensó sombríamente, mientras se aflojaba la pajarita y desabrochaba dos botones de la camisa, sintiendo por primera vez en horas que podía respirar. 

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