—¿Y?
—Debería cortarle su asignación.
—¿Harías eso? —espantada, ella se echó hacia atrás.
—Sí, si es necesario. Es un escándalo andante y esta vez ha ido demasiado lejos.
—Ama la vida.
—Es egocéntrica y desconsiderada.
—Puede, pero también es divertida y, como dijiste, generosa. Se arriesgó conmigo, una desconocida, y fue ella quien organizó la exposición del retrato. No ha hecho más que apoyarme.
—¿Cómo era tu madre? —preguntó Pedro.
—Maternal. Cariñosa. Firme, pero justa y totalmente convencional.
—Dijiste que murió cuando tenías catorce años.
—Qué buena memoria.
—Hay pocas cosas de aquella tarde que no recuerde —contestó él secamente—. ¿Qué pasó?
—Se sometió a una operación rutinaria y nunca despertó de la anestesia.
—Qué terrible.
—Mi padre nunca se ha recuperado —admitió ella, tragando el pequeño nudo que siempre se le formaba en la garganta al recordar la tristeza que lo consumía—. Vive como un ermitaño.
—¿Y tú?
¿Ella? ¿Por dónde empezar? Estaba convencida de que el destino de su madre podría ser el suyo si alguna vez se sometía al bisturí. ¿Y si se sometía a las operaciones que, según los médicos, aliviarían el dolor que sufría mes tras mes, y no despertaba? Su padre habría perdido una hija además de una esposa y no quería ni pensar en cómo lo afrontaría. Paula sentía un profundo miedo al amor romántico. La idea de que la historia se repitiera la atormentaba. ¿Qué provocaría su muerte en alguien que la amara? ¿Se apartaría de la vida, destruido y vacío por el dolor? ¿Lo haría ella, si la situación fuera al revés? Al parecer, cuanto mayor es el amor, mayor es la devastación potencial, y ella no podía, ni quería, ponerse a sí misma ni a nadie en esa situación. Lo mejor era no permitir que nadie se acercara emocionalmente a ella. Era mucho más fácil encerrar el corazón en una jaula, tirar la llave y acostumbrarse a la soledad. No quería estar sola para siempre, pero era lo que había. Al menos así solo sufría una persona. Pero todo eso era demasiado íntimo para compartirlo, y lo mejor sería ofrecerle lo obvio.
—Me llevó un tiempo —admitió ella, recordando la conmoción, la tristeza y los largos paseos para asimilar lo sucedido—. Mi mundo se derrumbó. No creo que el dolor desaparezca nunca, ni la rabia, pero aprendes a vivir con ello.
—Es verdad —Pedro asintió mientras la guiaba suavemente por la pista de baile—. Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años. Un ataque al corazón. También de repente.
—Me lo dijo Ana. Parecía un hombre formidable.
—Lo era.
—¿Cómo se conocieron?
En una fiesta en la embajada de París. Ella se enamoró de su aire británico y su aspecto elegante. Según cuentan, ella era deslumbrante, pero sospecho que la verdadera atracción era la compañía naviera Kallis que él quería fusionar con el banco Stanhope.
—Qué cínico.
—O realista. Se casaron tras dos meses de noviazgo. La luna de miel no duró mucho. Eran demasiado diferentes. Ella temperamental, él frío. Y no tenía ni idea de cómo manejarla. Era perfectamente capaz de disciplinar a los hijos, pero con ella metió la cabeza en la arena. Ella le daba mil vueltas. Sus muchas aventuras están desgraciadamente bien documentadas. No es de extrañar que sufriera un ataque al corazón.
—Bueno, quizá el problema fuera «Manejarla» —intervino ella con ironía—. Deberías intentar entender de dónde viene su comportamiento.
—¿Te he pedido consejo? —él enarcó las cejas.
—No, pero te lo voy a dar igualmente, y quizá deberías seguirlo porque tus métodos no están funcionando, ¿Verdad?
—No pierdo la esperanza. Al menos intento hacer algo en lugar de negarlo sin preocuparme por los efectos de sus payasadas en la familia.
—¿En tí?
—Ninguno de nosotros salió ileso.
La enigmática respuesta despertó la curiosidad de Paula, pero el hermetismo de su rostro le indicó que era inútil indagar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario