—¿Sabes que te llama aguafiestas?
—Lo sé —contestó él, y los músculos bajo las manos de ella se relajaron un poco ante el cambio de tema—. Pero mi hermana menor solo tenía nueve años cuando murió mi padre. Alguien tenía que ejercer de adulto.
—Y ese alguien eras tú.
—Soy el mayor. De repente era el cabeza de familia. Era mi deber. Y no todos tienen la misma definición de diversión.
A pesar de opinar que estaba totalmente equivocado con su madre, Paula sintió una punzada de simpatía. Heredar un imperio global con diecinueve años, presumiblemente mientras todavía estaba de luto, no debía haber sido fácil.
—También te describió como emocionalmente reprimido y demasiado serio.
—Eso he oído.
—¿Te molesta?
—En absoluto. Si todo el mundo se comportara como ella, sin ningún respeto por las normas de la sociedad, la civilización desaparecería. Parecía un poco exagerado, pero ¿Qué sabía ella?
—Te pareces a ella.
—No puedo hacer nada al respecto —murmuró él—. Solo puedo evitar actuar como ella.
—¿Sufres por ello?
—En absoluto —respondió Pedro con una brusquedad que sugería lo contrario.
—¿Te digo lo que pienso?
—Preferiría que no lo hicieras.
—Independientemente de que seas un aguafiestas y un robot de hielo, son sus palabras, no las mías, solo eres un hombre que quiere a sus hermanos y haría cualquier cosa por protegerlos.
—No me conoces —sus miradas se fundieron.
—Más de lo que crees.
—¿Sabes cuánta gente osa desafiarme?
—No.
—Nadie.
—Eso no es sano.
—Y aún menos intentan negociar conmigo como has hecho tú.
—Quizás no tengan nada que perder.
—¿Te sientes siquiera mínimamente intimidada por mí? —él la miró pensativo.
Por el efecto que le causaba, un poco. ¿Pero por él?
—No. Pero entiendo que otros lo estén. Eres físicamente imponente. El jefe de una empresa multimillonaria. Irradias autoridad y poder, y estás acostumbrado a ser obedecido sin rechistar. Pero —Paula bajó la voz—, ¿Recuerdas que te dije que a tu madre le gustaba hablar?
—Sí —el atractivo rostro reflejaba inquietud.
—Me dijo que de niño tenías rabietas. Sufrías pesadillas que te hacían llorar.
—Me sorprende que se diera cuenta —un rubor fascinante tiñó los pómulos de Pedro.
—Lo oyó de tu niñera.
—Cómo no.
—Dijo que de mayor eras imprudente y salvaje. Corrías riesgos que a veces te llevaban al hospital. Al parecer, una vez estrellaste deliberadamente un barco contra las rocas.
—Menuda charlatana —observó él, con la irritación iluminando sus ojos.
—No te gusta que hablen de tí.
—No —confirmó él—. A diferencia de otros, valoro mi intimidad.
—¿Entonces, lo del barco es verdad?
—Sí.
—¿Por qué hiciste algo así?
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