Seis semanas después. Madison Avenue, Nueva York
Dentro de poco sería Navidad, y los escaparates de las tiendas ya estaban engalanados para la ocasión. Los árboles estaban decorados con luces blancas, que brillaban en la oscuridad como pequeñas estrellas. Paula, sin embargo, arrebujada en su abrigo y con la bufanda liada al cuello, se sentía ajena a todo aquello. Estaba en estado de shock. Acababa de salir del centro de salud, donde su médico le había confirmado la terrible sospecha que llevaba albergando desde hacía varias semanas. Había una razón por la que se sentía hinchada, una razón por la que se notaba los senos tan sensibles, una razón por la que aún no le había bajado la regla… Estaba embarazada. De más de dos meses. Se sentía como si todo estuviese derrumbándose a su alrededor. Tenía que llegar a casa y pensar qué iba a hacer, se dijo apretando el paso. De pronto las lágrimas se le agolparon en los ojos. Bajó la vista para evitar las miradas de la gente. No se había sentido tan sola en su vida. Siempre había querido tener hijos, pero la desolaba pensar que Pedro solo vería su embarazo como una carga. O peor, como una trampa que ella había planeado para cazarlo. ¿Cómo no iba a pensarlo cuando ya le había ocurrido con su ex? ¿Por qué?, se reprochó con amargura, ¿por qué había sido tan tonta como para confesárselo todo a Pedro esa noche en el Ritz? Lo único por lo que podía dar gracias era que no había llegado a decirle abiertamente que estaba enamorada de él. Claro que tampoco había hecho falta, pensó. Solo le había faltado postrarse a sus pies. De pronto se chocó contra alguien. Unas manos fuertes la sujetaron por los brazos, para evitar que se cayera. Alzó la vista para disculparse, y le dio un vuelco el corazón al ver el rostro de la persona con quien había tropezado. Pedro…
–No puede ser… –murmuró.
–¿Paula?, ¿Eres tú?
–Sí, soy yo –musitó. El corazón parecía querer salírsele del pecho–. Perdona, no iba mirando por dónde iba. ¿Cómo estás? –le preguntó, en un intento por aparentar normalidad.
Tenía que disimular que no acababa de descubrir que estaba embarazada y que él era el padre. Él seguía teniendo las manos en sus brazos y estaba mirándola de un modo extraño.
–Bien, bien… –respondió distraídamente.
Solo entonces se dió cuenta Paula de que estaban a la puerta de un restaurante, y de que Pedro tenía compañía: Una morena muy guapa, que le dedicó una sonrisa gélida. Aquello era lo que le faltaba después de la noticia que acababan de darle. Antes de perder la compostura por completo y echarse a llorar allí mismo, delante del hombre al que amaba y su nuevo ligue, los rodeó sin decir nada y se marchó.
Pedro siguió a Paula con la mirada mientras se alejaba. Su melena rubia brillaba como un faro entre el mar de caras anónimas. No podía apartar de su mente la expresión desolada de su rostro, la mirada angustiada que había visto en sus ojos. La había encontrado pálida, muy pálida, y parecía cansada. Una honda preocupación se apoderó de él.
–¿Pedro? ¿Vamos a entrar o no? ¿Y quién era esa mujer? Su cara me resulta familiar…
Pedro se había olvidado por completo de su acompañante. Solo la había invitado a salir en un patético intento por recobrar la normalidad en su vida, pero en ese momento sabía que acababa de ver marcharse calle abajo a la única persona que podría ayudarlo a recobrarla. Durante los breves minutos que había sostenido a Paula por los brazos había experimentado una sensación de paz que no había sentido durante semanas. Incluso había respirado aliviado al reconocerla. Intentó apartarla un momento de su mente para centrarse en su acompañante.
–Perdona, Melina, pero acabo de acordarme de que hay un asunto urgente del que tengo que ocuparme –le dijo–. Tendremos que dejar la cena para otro día.
Ya estaba llevándola hacia su coche, que se hallaba estacionado junto a la acera, cuando la oyó protestar irritada:
–Me llamo Melisa, no Melina…
Pedro le abrió la puerta y, sin demasiados miramientos, hizo que entrara y le dijo a su chófer:
–Por favor, lleva a Melina… Perdón, a Melisa… Donde ella te diga.
Cerró la puerta, observó al vehículo alejarse con una profunda sensación de alivio, y echó a andar en la dirección opuesta a la que se había ido Paula. Por más que quisiera ir tras ella, sabía que debía manejar aquella situación con cuidado. La impaciencia y las prisas podían echarlo todo a perder. Tenía que controlar sus impulsos, y tenía mucho sobre lo que reflexionar.
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