Pedro no se arrepentía lo más mínimo, por mucho que Paula se quejara de no necesitar su ayuda. Sería despiadado en los negocios, y estaba decidido a neutralizar la amenaza que suponía para la felicidad de Luciana, pero no permitiría que se ahogara. Lo que sí lamentaba era estar empapado, descalzo y sin chaqueta. Con la camisa pegada al pecho y los pantalones pegados a los muslos, la imagen que ofrecía distaba mucho del control y autoridad inquebrantable que prefería mostrar. Al menos tenía la estatura y corpulencia a su favor, pensó sombríamente mientras se quitaba los calcetines y recogía la chaqueta. Cuando la llevaba aferrada contra su pecho, Paula le había parecido considerablemente más pequeña que él. Delicada, a pesar de las patadas. Y, cuando por fin se había relajado, muy flexible y suave. Su cuerpo, por supuesto, no le interesaba. Las curvas, apenas contenidas por el diminuto bikini negro que llevaba, eran generosas y sus piernas estaban bronceadas y torneadas, pero él nunca se distraía por una mujer. Él no era su madre, dominada por el capricho, la emoción, la carnalidad. No era egocéntrico e irreflexivo, escandaloso y vergonzante. Ya no.
De joven, había vivido una existencia bastante hedonista y despreocupada, la riqueza y los privilegios de su familia permitiéndole dedicarse a su afición por navegar con los mejores barcos, creyéndose invencible. Pero desde el fatal ataque al corazón de su padre, que le había catapultado antes de lo previsto al papel que estaba destinado a desempeñar, y para el que no estaba preparado, había sido un modelo de fortaleza y moderación, centrado y motivado. Con la excepción ocasional de algún miembro de su familia, estaba acostumbrado a que le obedecieran, a que se cumplieran sus exigencias. Por tanto, no se lamentó cuando Paula se secó con una toalla y se puso una sedosa bata rosa que ocultaba su cuerpo. Borró de su memoria la sensación del trasero chocando contra él mientras la remolcaba, y la piel suave y satinada bajo sus dedos. No volvería a tener motivos para encontrarse tan cerca de ella como para distinguir motas de ámbar en la profundidad verde esmeralda de sus ojos. Las uñas de sus pies, cada una pintada de un color diferente, ofendían su necesidad de orden, y decidió no mirarlas, y lo mismo ocurría con los numerosos pendientes y el brillante piercing de la nariz. Lo único importante era asegurarse de que la boda de su hermana se celebrara sin contratiempos.
De no estar ocupada considerando por qué Pedro Alfonso visitaba a su madre, intuyendo que no podía ser nada bueno, Paula habría pensado que era una auténtica lástima que se pusiera la chaqueta, porque la camisa, transparente tras el baño, mostraban unos músculos impresionantes. Sin embargo, su aspecto era tan irrelevante como su impresionante tamaño y el descarnado físico que había puesto de manifiesto hacía tan solo un momento. Si por alguna desafortunada casualidad se había enterado de lo del retrato y estuviera allí para expresar su descontento, ella debía mantenerse alerta. Si no era así, si solo había querido ahorrarse el papeleo de un hipotético ahogamiento, solo tenía que presentarse, murmurar un agradecimiento y regresar al trabajo. En cualquier caso, y lo segundo era infinitamente preferible, la corrección profesional, estaba segura, era el camino a seguir.
—Paula Chaves—saludó, tendiéndole la mano con su mejor sonrisa—. Tú debes ser Pedro.
Él le estrechó la mano con un apretón superficial, pasó junto a ella con el ceño fruncido y agarró una de las seis sillas de la mesa de la piscina.
—Sé quién eres —contestó, señalando el asiento—. Siéntate. Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué? —el estómago de Paula se encogió.
Estaba allí por ella.
—El retrato de mi madre… Desnuda.
Como se había temido.
La expresión de Pedro y la severidad de su tono sugerían que no aceptaría discusiones y, por lo que había contado Ana, estaba acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido. Mala suerte, pues Paula no tenía intención de hacerlo. Y menos si iba en detrimento de su futuro. Había demasiado en juego. Aunque él estuviera allí de pie, oscuro y ardiente, con el sol poniéndose a su espalda, dándole un brillo divino, gracias a Selene sabía que no era tan invencible como le gustaba hacer creer.
—Prefiero quedarme de pie —contestó ella, levantando la barbilla y cruzándose de brazos para reforzar el mensaje de que no iba a dejarse intimidar.
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