Una noche para la búsqueda del éxtasis con una mujer hermosa y sexy que deseaba lo mismo… Máximo placer, mínima conversación, ningún después… ¿Por qué se resistía?
—De acuerdo —gruñó, todos los motivos por los que aquello era una mala idea sustituidos por la imagen de lo que le esperaba, que aceleró su pulso y endureció su cuerpo—. Una noche.
Con una última mirada oscura y ardiente, Pedro volvió a pulsar el botón del panel y habló en griego. Y Paula sintió un inmenso alivio. El desenlace deseado había estado en el aire durante un rato. Él se había puesto bastante difícil, aunque ella no entendía por qué. ¿Cuántos hombres rechazaban una oferta de sexo sin compromiso? Apostaba que no muchos. Pero fuera lo que fuera lo que hubiera pasado por su cabeza, al final había caído. El instinto de ella le decía que no se había imaginado el calor del beso y que, a pesar de sus acusaciones de acoso, no parecía un hombre al que se pudiera obligar a hacer algo que no quisiera. La tenacidad era sin duda el camino a seguir. Pedro permaneció en silencio mientras el coche avanzaba por las oscuras calles de la ciudad. Miró por la ventanilla, la mandíbula encajada y el cuerpo rígido, molesto por el resultado de la conversación, o porque no se atrevía a mirarla. Paula intentó acomodarse en el asiento, pero era tan consciente de cada respiración y cada movimiento de Leo, que le resultaba imposible relajarse. Su imaginación volaba desbocada. De no ser por la presencia del imperturbable Carlos al volante, ya habría empezado la noche.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella.
—A Kolonaki —murmuró él, con la mirada fija en los elegantes edificios y brillantes luces de la ciudad—. Tengo un departamento allí.
—¿Está lejos?
—A diez minutos.
—¿Dónde está tu hogar? —Paula apenas podía esperar a llegar y decidió que el tiempo pasaría más rápido con conversación que con silencio.
—En Santorini.
—¿Hace mucho que vives allí?
—Un par de años. De manera intermitente.
—Ana dijo que la empresa tiene oficinas en todo el mundo.
—Cientos de ellas.
—Como CEO debes viajar mucho.
—Así es. Mañana por la tarde vuelo a Nueva York.
—Tranquilo —Paula captó el mensaje—. Para entonces ya me habré ido. ¿Qué harás allí?
—Negociar una fusión.
—De una fusión a otra.
Pedro le dirigió una intensa mirada, la sonrisa más devastadora se dibujó en su boca, un destello apareció en sus ojos y, de repente, el estómago de Paula se encogió.
—Bastante.
—Bueno —continuó ella, molesta por responder tan intensamente a una simple sonrisa—. ¿Hay algo que quieras saber de mí?
—¿Siempre eres tan entrometida?
—Solo con los hombres con los que me voy a acostar.
—¿Y sucede a menudo?
En absoluto. Leo tenía mucha más experiencia que ella, y en algún momento se daría cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Lo mejor sería aclarar la situación antes de entrar en acción.
—No —Paula respiró hondo y se preparó para lo que sin duda sería una conversación insoportable—. De hecho, es la primera vez que lo hago.
—¿Qué quieres decir? —preguntó él tras un silencio.
—Que nunca he hecho esto antes.
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