Bajo la deliciosamente fría agua, Paula Chaves llegó al final de la piscina, ejecutó una voltereta y emergió sin apenas salpicar para iniciar otro largo. El agua resbalaba por su cuerpo como un bálsamo. El calor del sol griego de principios de verano calentaba su piel. Con cada brazada, sentía aliviarse la tensión de las manos, brazos, hombros y espalda. Con cada patada, los dolores derivados de permanecer demasiado tiempo sentada en una misma postura se diluían como acuarelas bajo la lluvia. Llevaba casi un mes trabajando, aunque las jornadas de diez horas no le molestaban. No cuando estaba pintando el mejor cuadro de su vida. Desde el momento en que aplicaba el pastel sobre el papel, las líneas surgían con rapidez y la forma tomaba cuerpo, como si sus manos y sus dedos no necesitaran ninguna intervención consciente por su parte.
Paula sabía que aquella rara y preciosa alquimia no procedía del entorno, por lujoso y confortable que fuera. Tampoco era atribuible a un repentino flujo de talento, que tenía de sobra. Procedía de su sujeto, tan encantadoramente fascinante como absolutamente egocéntrico. Ana Alfonso, cabello negro y ojos rasgados, no solo era exquisitamente bella, poseedora de un cuerpo espectacular que contradecía su edad y los seis hijos que había tenido, sino también una mujer de la alta sociedad griega que había vivido una vida adinerada y ostentosa. Cuando no paraba de refunfuñar sobre su hijo mayor, sobre lo estirado y reprimido que era, sobre cómo su única misión en la vida era aparecer y estropearle la diversión, le gustaba rememorar. Contar historias la iluminaba, y era esa luz interior la que daba al retrato una vivacidad única. Era una lástima que estuviera a punto de terminarlo, reflexionó mientras topaba con el borde y se giraba de nuevo. Podría escuchar las hazañas de Ana eternamente. Fiestas que culminaban, literalmente, columpiándose de las lámparas de araña. Vacaciones en islas caribeñasprivadas en compañía de glamurosas celebridades. La ropa, la extravagancia, los hombres… Historias envidiablemente atrevidas y apasionadas. Y aunque comprendía que suponían un reto para un hijo estirado y emocionalmente estéril, ofrecían una tentadora visión de un exótico mundo aristocrático en el que ella, clase media, eternamente arruinada, nunca viviría. Por otra parte, completar el cuadro significaba dinero. Significaba enmarcar y enviar la obra a una exposición en la que jamás habría soñado exponer.
El que su obra se expusiera en un lugar tan ilustre salvaría la distancia que la separaba del éxito. Recibiría más encargos, quizá incluso mejores, y consolidaría una apasionante carrera que adoraba y le proporcionaba la versatilidad que necesitaba para gestionar la endometriosis, que condicionaba su vida. Por tanto, aunque su estancia en la villa de Kifissia llegara a su fin, era más motivo de celebración que de tristeza. Siempre estaría agradecida a Ana por haberse fijado en ella durante aquel evento londinense en el que trabajaba de camarera, y por haberse arriesgado con ella. Gracias a la franqueza y los contactos de su cliente, el futuro de Paula se abría ante ella, más brillante y esperanzador que nunca. Tras años de aprender a gestionar la agonía mensual mientras intentaba introducirse en el selecto mundo del arte y ganarse la vida, por fin todo salía bien. Al comprender lo que significaba todo aquello, sintió un alivio tan inmenso que se le aceleró el pulso. La cabeza le daba vueltas y las piernas flaquearon. Aturdida, controló mal la respiración e inhaló una bocanada de agua. Escupió. Tosió. Manoteó. Se hundió. A punto de volver a emerger y recuperar el control, alguien la agarró por detrás y la arrastró sobre algo duro. La conmoción y el pánico se apoderaron de ella. Instintivamente, se retorció, chapoteó y forcejeó, pataleando y luchando por respirar. Pero la banda de acero que le aprisionaba la cintura era imposible de mover.
—Suéltame —exclamó agitada mientras quienquiera que la aprisionaba comenzó a remolcarla.
—Estate quieta —le murmuró al oído una voz masculina grave con un ligero acento—. Te tengo.
No necesitaba que la «Tuvieran». Estaba bien.
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