—Suéltame ahora mismo —jadeó, sin aliento, forcejeando frenéticamente para liberarse.
—Deja de forcejear. Lo estás empeorando.
—¿Yo lo estoy empeorando?
—Intento evitar que te ahogues.
—No me estaba ahogando.
—Tienes suerte de que apareciera.
—¿Suerte? ¡Ja! Suel-ta-me.
Paula le golpeó el antebrazo, pero el idiota cabeza mula la ignoró. No aflojó el agarre ni un milímetro, por mucho que ella intentara darle un codazo en el costado o un puntapié en la ingle. De hecho, su brazo pareció tensarse, privando a sus pulmones del aliento como no había hecho la inhalación de agua. Pero tal vez tuviera razón en lo de forcejear. Solo conseguiría perder una energía que debería reservar para tierra firme. Si cedía a su superioridad física y le dejaba seguir con su innecesaria misión de rescate, todo acabaría infinitamente más rápido. Rindiéndose por el bien de su fuerza y cordura, se dejó caer contra él y casi instantáneamente recibió como respuesta un gruñido:
—Así está mejor.
Pero mientras la remolcaba con amplios y seguros movimientos, ella no estuvo segura de estar mejor. Respirar le resultaba más fácil, pero nunca había estado tan cerca de un hombre, la espalda pegada a su torso. Obviamente la habían besado, tenía veinticuatro años, pero eso era lo más lejos que había llegado. Con su problema, el sexo podía resultar insoportable y, francamente, ya tenía suficiente dolor todos los meses como para añadir más. No solo le aterraba pensar en ello, también temía la incomodidad de tener que dar explicaciones. Temía ser ridiculizada, que la compadecieran, que la llamaran… Estirada y frígida. Y a pesar de los besos, algunos de ellos muy agradables, nunca había conocido a nadie por quien quisiera hacer ese sacrificio y correr ese riesgo. ¿Todos los torsos eran así de duros? ¿Todos los antebrazos tan firmes? Como él había modificado su posición, al menos sus nalgas ya no chocaban contra él, gracias a Dios, pero con la cabeza apoyada en su hombro y su aliento abanicándole la cara, estaba casi tumbada sobre un hombre al que no conocía y al que ni siquiera había visto. Cuando menos era inquietante. Para su alivio, llegaron al borde de la piscina en unos instantes. En cuanto el brazo de acero la soltó, se apartó y se agarró al bordillo. Respiró hondo para calmarse y se volvió hacia su salvador, dispuesta a exigirle explicaciones. Pero al verlo, se quedó muda. Su pulso se aceleró y sus pulmones volvieron a comprimirse. Tenía los ojos de color ámbar, una piel olivácea que atestiguaba su herencia griega y una estructura ósea que habría emocionado a Miguel Ángel. Tenía el pelo oscuro pegado a la cabeza, pero ella sabía por las fotos que había visto que era negro con mechas ocres. Muy guapo y muy serio. Exactamente como lo había descrito su madre. Y mientras recordaba las infinitas quejas de Ana sobre su hijo mayor, sobre el control y poder que, al parecer, le gustaba ejercer sobre ella, y los frecuentes comentarios sobre lo mucho que desaprobaría el retrato si conociera su existencia, lo único que podía pensar mientras el corazón se aceleraba y le invadía la cautela, era: ¿Qué diversión estaría planeando arruinar allí?
Mientras una furibunda Paula se impulsaba hacia las escaleras, Pedro se sacudió el agua del pelo y salió de la piscina de un salto. Hacía un cuarto de hora que había llegado a la villa, situada en uno de los barrios más exclusivos y caros de Atenas, frustrado por no haber podido cumplir la promesa hecha a su hermana. El director de la Tate Modern no había reaccionado como él esperaba a su petición de cancelar la exposición y, como era de imaginar, ni Ricardo ni su madre respondían a sus llamadas. Solo quedaba apelar directamente a la artista. Por eso, había volado desde Londres esa mañana en el jet familiar. Tras localizar a Ana en el salón y explicarle el motivo de su visita, averiguó el paradero de Paula y se dirigió a la piscina. Se preguntó brevemente si la oferta que había pensado hacerle para deshacerse de ella y del cuadro sería suficiente, o si ella se daría cuenta de la oportunidad y le obligaría a doblarla. Pero de repente la había visto detenerse, agitarse y hundirse bajo el agua, y el instinto innato de salvar a cualquiera en apuros había anulado cualquier sospecha sobre ella.
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