jueves, 1 de enero de 2026

Curaste Mi Corazón: Epílogo

 Dos años y medio después. La Martinica



Paula se asomó al cuarto de las mellizas, iluminado suavemente por una luz graduable, y sonrió. Protegidas por un mosquitero de muselina, las pequeñas dormían plácidamente en sus cunitas. Olivia, que tenía el cabello oscuro, estaba tumbada sobre la espalda, y tenía el pulgar en la boca. Filipa, que era rubia, yacía boca arriba, con los brazos extendidos, la cabeza ladeada, y una expresión angelical. Oyó unos pasos sigilosos detrás de sí, y unos brazos fuertes le rodearon la cintura. Se echó hacia atrás, apoyándose en el pecho de su marido, y sonrió cuando la besó en el cuello. Estaban en la habitación donde ella había dormido la primera vez que había ido con Catalina y con él a la Martinica. La habían reformado, convirtiéndola en el cuarto de las mellizas. Pedro la tomó de la mano y salieron por el balcón para ir al que en esos momentos era el dormitorio de ambos, y antes lo había sido de él. Solo llevaba puestos unos boxers, y ella no pudo evitar devorarlo con la mirada. Pedro, que la pilló mirándolo, se detuvo junto a la barandilla y la atrajo hacia sí.


–Pero… ¡Señora Alfonso!, ¿Qué modales son esos? –la pinchó, fingiéndose ofendido–. Me siento acosado con esas miradas suyas…


Paula se apretó contra él. Le encantaba sentir el calor de su cuerpo, y la reacción que estaba teniendo cierta parte de su anatomía en particular. Lo rodeó con sus brazos y lo besó en el cuello.


–Lo siento mucho, señor Alfonso. Sé lo sensible que es usted.


Pedro gimió excitado cuando se arqueó, frotándose contra él. Ella lo miró, deleitándose en aquel momento tan íntimo, en la felicidad que sentía cada día junto a él, y en los días de dicha que estaban por llegar. Lo tomó de la mano y entraron en su habitación.


–¿Qué le pasaba a Cata antes? –inquirió él mientras se metían en la cama–. Lo único que me dijo, toda teatrera, fue: «Tú no lo entenderías».


Paula lo miró y sonrió.


–Nada importante; cosas de chicas. Le gusta uno de los primos de Alma, pero a él le gusta otra chica.


Pedro puso los ojos en blanco y murmuró:


–Menos mal que me casé contigo… Sería incapaz de lidiar yo solo con eso de la pubertad.


Paula le dió una guantada en el brazo y se rió.


–¡Qué harías tú sin mí! –murmuró.


Y antes de que él pudiera decir nada más, lo silenció con un beso y los envolvió el silencio de la cálida y fragante noche tropical.








FIN

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