—Pedro —contestó con una sonrisa tensa—, no es por el dinero. Al menos, no del todo. Es una oportunidad, esta exposición es única. Quiero que mi nombre esté en boca de todo el mundo del arte. Quiero ser la artista a la que se llame para un retrato en pastel. He esperado mucho tiempo para esta oportunidad. Podrías ofrecerme el sol, la luna y las estrellas y sería en vano. Nada me hará cambiar de opinión.
—¿No? —preguntó Pedro tras una pausa—. Bueno, ¿Qué te parece esto? El cuadro se expondrá dentro de dos semanas, el lunes, ¿Verdad?
—Así es —Paula asintió con cautela.
—Mi hermana se casa el jueves siguiente.
—Eso he oído.
Ana le había enseñado el vestido que pensaba llevar. Paula apenas había conseguido disimular su horror y guardarse para sí su opinión sobre que la madre de la novia vistiera de blanco en el día más especial para su hija.
—El que haya boda es un milagro —continuó Pedro—. Cuando Luciana tenía trece años le diagnosticaron leucemia. No esperaban que viviera más de cinco años. Pero aquí está. Y ha encontrado a alguien con quien quiere pasar el resto de su, esperemos, larga vida. Esta boda es un gran acontecimiento. Una celebración de la supervivencia, y de su relación. Asistirán setecientos invitados. Familiares. Amigos. La élite de Europa. No permitiré que Luciana, o su prometido, sean eclipsados por nada ni nadie. Y mucho menos por un escandaloso retrato de nuestra irreflexiva, egocéntrica y hedonista madre.
Pedro se detuvo, con un músculo latiéndole en la mejilla y los oscuros ojos encendidos, como si aquello le importara mucho, como si en realidad no se tratara del cuadro. Y mientras Paula procesaba sus palabras y el tono en que las había pronunciado, que sugerían que su hermana le importaba profundamente y que no pretendía simplemente fastidiar, se dió cuenta de que sí había algo que podría hacerle cambiar de opinión. Esperó la respuesta de Paula con el corazón extrañamente acelerado. Convencerla de que lo viera a su manera estaba resultando más difícil de lo previsto. Normalmente la otra parte siempre capitulaba. Pero esa mujer, de brazos cruzados sobre el pecho, no parecía inmutarse. Tras comprobar que no la movía el dinero, solo quedaba revelar la verdad y apelar a su bondad. Si eso no funcionaba, no sabía qué hacer. ¿Robar el retrato y destruirlo? Le costaba pensar con claridad. No conseguía desviar la atención de esas malditas uñas multicolores. También creyó distinguir un matiz rosado en su pelo húmedo. La gema de la nariz captaba la luz del sol poniente. ¿Y cuántos piercings necesitaba un par de orejas? Algo en esa mujer lo desquiciaba. Tenía la desagradable sensación de que podría hacerle perder el control con un chasquido de los dedos si él no extremaba las precauciones. ¿Por qué ejercía ese efecto sobre él? Se había enfrentado a jefes de gobierno. A los empresarios más duros. A su madre. Esa extraña… Susceptibilidad, era tan absurda como inaceptable.
—De acuerdo —Paula lo arrancó de sus perturbadores pensamientos—. Propongo un compromiso.
—¿Compromiso? —él parpadeó, sorprendido.
—¿No conoces esa palabra? —preguntó ella secamente.
—No.
—Te lo explicaré. El retrato es demasiado bueno e importante para mí. Así que se expondrá en algún sitio… Pronto, y eso no es negociable. Pero puedo entender tu preocupación de que las habladurías sobre tu madre eclipsen el gran día de tu hermana. Así que estoy dispuesta a retrasarlo.
—¿Retrasarlo?
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