jueves, 22 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 15

Como si le hubiera caído un diluvio de agua helada, Pedro soltó a Paula y se echó hacia atrás, conmocionado, horrorizado, mientras la realidad lo golpeaba con la fuerza de un mazo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Había bailado con ella, hablado con ella, dicho cosas que nunca había dicho a nadie. Y la había besado. En la pista de baile, en medio de toda esa gente. Sin la oportuna intervención de Federico, habría empezado a desnudarla, y dudaba que ella se lo hubiera impedido. Paula había tironeado de su camisa y gemido en voz baja, desesperada por tocarlo, tan ajena como él al entorno. La confusión y el horror lo invadieron, oprimiéndole el pecho y cubriendo cada centímetro de piel de un sudor frío al pensar en lo que podría haber ocurrido. El escándalo habría superado todos los de su madre. Habría destruido su imagen, su autoridad. Lo habría arruinado. Lo que habían hecho ya era bastante mortificante. ¿Besarse y tocarse en público? Ni siquiera lo había hecho siendo un adolescente excitado. ¿Qué demonios le pasaba? 


Al principio de la velada había decidido ignorarla, y nunca cambiaba de planes a medio camino. Pero el plan había estallado en su cara. En respuesta a un deseo desbordante que debería haber sido capaz de controlar, su rígida compostura se había volatilizado. Fuera lo que fuera esa locura que había experimentado, no volvería a ocurrir, se aseguró a sí mismo mientras daba un paso atrás y se alejaba de la órbita peligrosamente hechizante de Paula. No tenía tiempo para emociones imprevisibles y volátiles, para el caos y el dolor que causaban. Podía parecerse a su madre, pero, como le había le dicho, no actuaría como ella. Ni volvería a ponerse en una situación que amenazara el control que tanto le había costado conseguir. Nunca olvidaría el momento en que supo que su padre había muerto y comprendió que él era el único responsable de su familia y del negocio. Aún recordaba la avalancha de emociones que habían destrozado sus debilitadas defensas: La conmoción, el dolor agonizante y el pánico. La nauseabunda consciencia de que era demasiado joven e inexperto. El conocimiento paralizante de que los zapatos que se esperaba que calzara eran demasiado grandes. 


Durante días, bombardeado a preguntas, documentos que firmar y decisiones que tomar, se había ahogado, aterrorizado por meter la pata y defraudar a todo el mundo. Al cabo de un mes, había llegado a la conclusión de que la única forma de asumir su nuevo papel era enterrar el lado más salvaje de su naturaleza y las emociones vertiginosas e inoportunas que se habían desatado, y ponerse manos a la obra. Había abandonado sueños y esperanzas, renunciado a navegar. Había eliminado el resentimiento amargo y vergonzoso que lo quemaba como la bilis porque, en el fondo, nunca había pedido lo que le habían dado y no lo quería. Había supuesto que el control implacable lo salvaría, y había pasado años perfeccionándolo hasta convertirlo en un impenetrable escudo de piedra y acero, diseñado tanto para protegerse a sí mismo y a los demás y para soportar la inmensa carga. Haciendo acopio de toda la fuerza que poseía, con la facilidad que daba la experiencia, Leo sintió que le envolvía el familiar manto de calma helada, y eso significaba que podría desterrar de su mente los sucesos del último cuarto de hora y olvidar que habían ocurrido. A medida que el calor enloquecido desaparecía y volvía la razón, pudo contemplar la boca hinchada de Paula, sus mejillas sonrojadas, el pelo revuelto y sus ojos vidriosos de deseo… Y no responder en absoluto.


—Disfruta del resto de la noche —dijo con una tensa sonrisa y una breve inclinación de cabeza—. Buenas noches.

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