martes, 27 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 17

¿Podía esperar que su momento de completa y absoluta locura no hubiera sido presenciado por nadie más que su hermano? Estaba oscuro. La pista de baile estaba abarrotada. Pero en un mar de colores apagados, el vestido amarillo de Paula, y su llamativo cabello, brillaban como un faro. No tenía por qué preocuparse. Aunque alguien le hubiera visto perder la cabeza, no se arriesgaría a provocar su enfado hablando sobre ello. Muchos de los invitados tenían lucrativos negocios con él. Los demás los buscaban. Pero ¿Abandonar la boda de su hermana? Eso no habría pasado desapercibido, al menos, no para su familia. Tendría que lidiar con ello por la mañana. Agotado, Pedro se reclinó en el asiento de cuero, suave como la mantequilla. Podría dormir una semana. Pero al día siguiente volaba a Nueva York para tratar una posible fusión naviera que aumentaría en miles de millones la cuenta de resultados de la empresa. Tras dejarlo todo atado allí, presidiría varias reuniones de la junta en Londres. Y en algún momento tendría que impedir la presentación de un retrato cuya exhibición podría convertirle en el hazmerreír mundial. Relajarse era un sueño lejano. Apenas se había sentado Carlos al volante, cuando la otra puerta trasera del coche se abrió de golpe, rompiendo el silencio y arrancándolo de sus pensamientos. Un segundo después, en una explosión de color, movimiento y destellos, Paula se deslizó sobre el asiento. Pedro se incorporó de un salto. El corazón se estrelló contra las costillas y una poderosa combinación de sorpresa y alarma se apoderó de él.


—Hola —saludó ella con una de esas deslumbrantes sonrisas que con frecuencia le hacían enmudecer, pero a las que, gracias a su férreo control, era inmune.


—Fuera.


—Qué grosero.


—Lo grosero es invadir mi espacio —Pedro la miró fijamente, sin poder creer lo que oía.


—Era necesario.


—¿Qué quieres, Paula? —él encajó la mandíbula.


—Esperaba que pudieras llevarme.


Imposible. La parte trasera de su coche, que siempre había considerado amplia, de repente le resultaba claustrofóbica. El oxígeno había desaparecido al subirse ella. A pesar de la amplitud del asiento, sentía la ardiente energía que ella irradiaba. Y algo más. Algo que le erizaba el vello de la nuca y le aceleraba el pulso.


—Te pediré un taxi —Pedro metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono.


—No, no —Willow sacudió la cabeza—. No me sirve.


—Lástima.


—¿Adónde vas?


—A la cama.


—Eso sí me sirve.


Paula se acomodó y él tuvo que esforzarse para sofocar la furiosa frustración ante la intransigencia de ella y el volcán de calor surgido al imaginarla en su cama.


—¿Harás lo que te pido y saldrás de mi coche?


—No.


Pedro se inclinó hacia delante y pulsó un botón del panel que separaba la parte trasera de la delantera.


—Carlos, por favor, lleva a la señorita Chaves adonde quiera ir. Yo caminaré.


Se giró para abrir la puerta. Casi saboreaba el aire fresco y la libertad, cuando el cuerpo de ella se estampó contra su espalda y una mano se posó en su brazo. Pedro se quedó helado. Paula estaba acurrucada sobre él en la oscuridad y apenas podía respirar.


—De acuerdo —susurró ella, tan cerca que su cálido aliento le hizo cosquillas en el cuello—. Olvida el viaje, era una excusa. Quería hablar contigo.


No quería oírlo. Ya habían hablado bastante por una noche. Lo que quería era quitársela de encima y echarla del coche. Su proximidad destrozaba su razón y su control.


—¿Sobre qué? —se oyó a sí mismo preguntar.


—Sobre continuar donde lo dejamos. Seguir el consejo de tu hermano y conseguir una habitación.

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