jueves, 8 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 7

Lo apartaría por completo de su mente. Si sus miradas se cruzaban y descubría que sí era tan guapo, le dedicaría una fría sonrisa, nada más. Tenía una oportunidad de oro para ella y su carrera, recordó con firmeza mientras respiraba hondo, se ajustaba el vestido y bajaba del taxi. Una oportunidad de generar trabajo y labrarse una reputación. Y no iba a desaprovecharla.


—De momento todo bien.


En respuesta al seco comentario en griego proveniente de su izquierda, Pedro apartó la mirada de los invitados que se amontonaban en el vestíbulo y la posó en su hermano. Federico tenía razón. Todo estaba yendo mucho mejor de lo previsto. La ceremonia celebrada esa mañana en la catedral Metropolitana de Atenas había transcurrido sin contratiempos. La docena de pequeñas damas de honor se habían portado de maravilla. La novia estaba radiante y el novio, ridículamente emocionado, incluso había derramado una lágrima al pronunciar sus votos. Selene había desechado el blanco en favor de una falda azul claro y una chaqueta a juego, más apropiadas para la edad y ocasión, y había mostrado mucho más control de lo que Pedro había esperado. Pero él, no podía relajarse. Nada más despertarse, un enorme peso se había asentado en su pecho. A pesar del éxito del día, debía permanecer alerta. Tenía que vigilar a su madre porque, con ella, las cosas podían cambiar de un momento a otro.


—La noche es joven —murmuró mientras reanudaba la inspección de la multitud en cuyo centro estaban su hermana y su flamante cuñado, que parecían absurdamente felices—. Todavía hay posibilidades de que Ana monte una escena.


—Aún no lo ha hecho —señaló Federico—, y me han asegurado que no lo hará.


—¿Quién?


—Adrián le dijo a Silvana, que a su vez le dijo a Tamara, que a su vez me dijo a mí, que, al parecer, la retratista que la estaba pintando había conversado con ella.


Ante la referencia a Paula, todos los sentidos de Pedro se agudizaron y su cuerpo vibró, como si de repente lo hubieran encendido.


—¿Qué clase de conversación?


—Una sutil, aparentemente.


—No durará mucho —murmuró Pedro—. Lo sutil no funciona.


—De momento parece funcionar —contestó Federico—. ¿Quién lo hubiera pensado? Una artista cualquiera a la que conoce desde hace dos meses triunfa donde el resto de nosotros, que la conocemos desde hace años, fracasamos. Debe de ser especial.


Lo era. Aunque Pedro no sabía por qué.


—La conociste, ¿Verdad?


«La conocí. Me tiré a una piscina para salvarla. Discutí con ella, y sueño con ella desde entonces…».


—La conocí.


—¿Cómo se llamaba?


—Paula Chaves.


Nombrarla en voz alta le calentó la sangre y le erizó la piel. Esa mujer lo distraía desde hacía dos semanas. Poco importaba que su encuentro no hubiera durado más de media hora. Por mucho que lo intentara, no había podido sacarse su imagen de la cabeza: los brazos cruzados, la barbilla alta, los ojos verdes encendidos con fuego helado. En sus sueños, ella no se ponía una bata al salir de la piscina. En lugar de eso, se acercaba a él, toda curvas gloriosas y sonrisas sensuales. Le abría la chaqueta, posaba las manos en los botones de la camisa empapada y le decía algo así como: «¿Por qué no nos quitamos esta ropa mojada?». Él, considerándolo una idea excelente, y no un deprimente cliché, la estrechaba entre sus brazos y la tumbaba sobre una hamaca para seguir su consejo.


—¿Cómo es?


—No lo sé —«Preciosa, irritante, inquietante»—. Nuestro encuentro fue breve.


Y por eso resultaba tan irritante el extrañamente intenso efecto que ejercía sobre él. No la conocía. No le caía especialmente bien. No respetaba su autoridad. Desafiaba el orden y el control que él tanto valoraba y, además, lo había chantajeado.

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