martes, 27 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 18

Pedro sintió una sacudida en la cabeza y en el pecho. Su mente gritaba «Sí, sí, sí», hasta que, gracias a Dios, la locura fue atravesada por una flecha de fría y dura disciplina. Se armó de valor, apartó su mano del brazo y se giró bruscamente para hacerla retroceder.


—No.


—¿Por qué no? —preguntó Paula que, para irritación de Leo, apenas se movió—. Parecías muy interesado —su mirada se posó en la boca de él y su rostro se iluminó con un deseo que oprimió el pecho de Pedro—. Ese beso no fue cualquier cosa.


—No fue nada —aseguró él tajante, negándose a permitir que el tórrido recuerdo se metiera en su cabeza, agradecido de que el coche tuviera los cristales tintados.


—Mientes. Te sentí. Duro. Contra mí.


—Fue una reacción mecánica al entorno —la zona aludida palpitó y el pulso se le aceleró. Leo encajó la mandíbula porque, en general, nunca hacía nada mecánicamente y jamás se veía afectado por el entorno. En la pista de baile había sufrido un lapsus momentáneo tras un día muy estresante—. No fue nada extraordinario.


—No seas tan modesto.


La leve sonrisa que se dibujó en los labios de Paula aumentó la creciente irritación de Leo ante su negativa a obedecerle.


—Esto te divierte.


—En absoluto —contestó ella con envidiable aplomo—. Pero sé lo que quiero y estoy decidida a conseguirlo.


—Si invirtiéramos los papeles, esta conversación bordearía el acoso. De hecho, lo es.


—Si invirtiéramos los papeles, ya estaríamos desnudos porque yo no opondría resistencia.


A pesar de sus esfuerzos, Leo no podía defenderse de las imágenes que llenaban su cabeza. Eran muchas y demasiado vívidas. Cuerpos pegados. Bocas unidas, cabellos multicolores esparcidos sobre la almohada. Calor, sudor, gemidos entrecortados y pequeños gritos.


—Estás jugando con fuego —le advirtió con voz ronca y cargada de un deseo que, para su desolación, no conseguía mantener a raya.


—¿Es una amenaza o una promesa? —una luz bailó en el fondo de los ojos esmeralda.


Cualquiera de las dos. Ambas. Pedro no sabía…


—Una amenaza.


—No me importa quemarme.


—¿En serio?


—Sí —contestó ella—. De hecho, estoy deseando arder.


Paula creía desearlo, pero no tenía ni idea de que en lo más profundo de Pedro yacían enterrados rastros del niño feroz e intrépido que sufría rabietas, corría riesgos y estrellaba barcos. Ni idea de lo que podría ocurrir si renunciaba a su férreo control y se liberaba de las ataduras, borraba su apariencia de civismo y tomaba el control. Ni siquiera él conocía la furia salvaje que tendría como adulto y las consecuencias que podría acarrear. Quemarse podría ser lo de menos.


—Olvídalo.


—Una noche, Pedro —susurró ella seductora, robándole el juicio y eliminando sus objeciones—. No pido más. De verdad. No creo ser tu tipo. Dudo que sea lo bastante elegante o sofisticada para un multimillonario mundano como tú. Las relaciones no son lo mío y, además, tengo que centrarme en mi carrera. Una noche. Me iré por la mañana y no volverás a verme. Será solo sexo. Pero si tienes un problema con eso, si insistes en que me marche, lo haré.


Paula se interrumpió, el pulso latiéndole con fuerza, y en la densa y atronadoramente silenciosa oscuridad, él solo pensaba que la deseaba más allá de lo comprensible, de lo razonable, y no pudo negarlo por más tiempo. Había sido inevitable desde el momento en que ella había invadido su espacio. Había tenido muchas ocasiones para salir del coche y dejarla sola, pero no había aprovechado ninguna. ¿Qué sentido tenía librar una batalla que ya había perdido? ¿Y por qué? Hacía años que no hacía algo por sí mismo. Le inquietaba la fuerza del deseo que ella despertaba en él, lo que podría implicar. Pero no tenía por qué implicar nada. No perdería la cabeza. Nunca lo había hecho por una mujer. Y por supuesto no tenía ningún problema con un revolcón de una noche, aunque para él sería la primera vez, extraño, teniendo en cuenta que había tenido su buena ración de sexo en su juventud. El comportamiento le parecía imprudente y temerario por propia naturaleza, y la espontaneidad no estaba en su vocabulario desde hacía años. Si no hacía algo, los sueños eróticos que había estado teniendo, y en los que ella aparecía con frecuencia, lo volverían loco. Si cedía, al amanecer habría saciado el deseo que lo consumía y restaurado los parámetros de su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario