martes, 20 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 10

"En el nombre de Zeus, ¿Qué haces?", se preguntó Pedro, con el pulso acelerado mientras su hermano desaparecía y Paula se volvía lentamente hacia él. ¿Qué hacía en medio de una pista de baile abarrotada, delante de una mujer con la que no tenía intención de volver a hablar? A lo largo de la velada la había visto a ratos, y su nombre no había dejado de surgir en las conversaciones, pero él solo había desviado la mirada y cambiado de tema. Su fuerza de voluntad le había salvado al descubrir que llevaba la espalda desnuda y que, por tanto, no podía llevar sujetador. Años de práctica habían mantenido a raya el deseo latente que amenazaba con consumirlo. Pero toda esa fuerza se había evaporado al verla en brazos de su hermano. Menos mal que no le interesaba. Una breve mirada, luego otra… Al comprender qué estaba viendo, y las palabras, «Ni muerto», se iluminaron en su cabeza como un neón. Una niebla roja descendió y despertó la necesidad urgente de poner fin a la situación. Fuera lo que fuese lo que le había llevado a intervenir, allí estaba. Delante de ella, como un idiota sin saber qué hacer. Por primera vez en su vida.


—¿Querías algo? —preguntó Paula con serenidad, aunque el leve rubor de sus mejillas y el pulso agitado en el cuello sugerían que no estaba nada serena.


A ella. La quería a ella. Sin razón ninguna. Solo una necesidad insondable y clamorosa que se esforzaba por dominar y una excitante oleada de adrenalina que no había sentido desde que surcaba las olas a veinte nudos y en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacía más de una década.


—Baila conmigo.


Ella lo miró, su oscurecida mirada clavada en su boca, y se detuvo, como si se imaginara besándolo tanto como él se había imaginado besándola a ella.


—De acuerdo —Paula asintió y esbozó una fugaz sonrisa.


Aceptar bailar con Leo había sido un error. Paula se dió cuenta de ello en cuanto él le tomó una mano y plantó la otra, grande y cálida, en la espalda desnuda, haciendo que estuviera a punto de arder en llamas. El contacto con su hermano ni la había afectado. El contacto con Leo era eléctrico. ¿Por qué? A saber. Debería haber declinado su invitación a bailar y haberse marchado. Sin duda, terminada la boda, él querría hablar del futuro del retrato, cuando ya no haría falta ningún aplazamiento más. No debería haber sucumbido a la curiosidad. Estaba allí para conseguir clientes, y eso era lo único importante. Pero cuando él la atrajo hacia sí, ella no hizo nada por detenerlo, al revés. Nunca había creído en el magnetismo entre dos personas, pero allí estaba, pegada a él, con una mano en su hombro y la otra entrelazada con la suya. Se tocaban desde el pecho hasta la cadera, y ni unos caballos salvajes habrían podido despegarla.


—¿Cómo estás? —preguntó Pedro con voz grave mientras empezaban a moverse lentamente por el estrecho espacio que ocupaban.


—Bien —respondió ella, extrañamente ronca—. ¿Y tú?


—Ocupado.


—¿Qué tal la ceremonia?


—Sin incidentes.


—Debe haber supuesto un alivio.


—No tienes ni idea.


La mirada de Pedro recorrió el pelo y la cara de Paula antes de posarse en su boca, que se secó al instante mientras su pulso se aceleraba. Estaba tan cerca que habría bastado con ponerse de puntillas, inclinarse hacia delante y tirar de su hombro para que él se agachara y poder descubrir cómo era besarlo.


—Una fiesta encantadora —observó ella mientras resistía a la tentación de hacerlo, totalmente inapropiado, y que provocaría un escándalo que él no vería con buenos ojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario