jueves, 1 de enero de 2026

Curaste Mi Corazón: Capítulo 53

 –Sé que te dije que no tenías por qué preocuparte, que era casi imposible que me quedara embarazada porque no estaba en mis días fértiles. La culpa es mía, por haberme confiado y…


Él sacudió la cabeza de inmediato y le puso un dedo en los labios para interrumpirla.


–Para, Paula. No pasa nada. Sé lo que estás pensando, lo que temes: Crees que pensaré que has intentado hacerme la misma jugarreta que me hizo Estefanía. ¿No?


Ella, que estaba mirándolo con los ojos como platos, asintió despacio.


–En realidad, antes de que me lo dijeras, tenía la sensación de que era eso –añadió Pedro–. Ya estaba empezando a suponerlo cuando dijiste que habías ido al médico pero que todo estaba bien.


La llevó de nuevo hasta el sofá y la sentó en su regazo. Tomó su mano y la besó, y luego cubrió el vientre de Paula con las manos entrelazadas de ambos.


–Nunca me imaginé que llegaría el día en que sentiría esto por alguien –le confesó mirándola a los ojos. De pronto se puso serio–. No debería haberte rechazado con tanta crueldad aquella noche. Te deseaba tanto que, si tú no hubieras vacilado, te habría hecho el amor allí mismo. Y luego, cuando te mostraste tan indiferente y tan fría… Me sentí insultado como un tonto, pensando que aquello no era más que un juego para tí.


A Paula la hizo feliz oírle decir aquello, que admitiera que aquello también había sido algo más que un beso para él. Vió el arrepentimiento en sus ojos, en su expresión, y le acarició la mejilla con la mano.


–Yo era demasiado joven –contestó, con una sonrisa triste–. No creo que estuviera preparada. Y quizá fuera cosa del destino que no lo hiciéramos esa noche. Quizá incluso estuvieras predestinado a conocer a Estefanía. ¿Qué habría sido de Catalina sin tí? –le tembló la voz al terminar la frase.


Pedro, que lo notó, le tomó la mano de nuevo.


–¿Qué ocurre, Paula? ¿Hay algo más que te preocupe?


Ella se encogió de hombros y rehuyó su mirada.


–Es que… Bueno, me has dicho que hasta ahora no te habías dado cuenta de lo que sientes por mí, y Luciana siempre me ha dicho que no querías más hijos y…


Pedro la interrumpió poniendo un dedo en sus labios.


–Paula, no quería más hijos porque no había conocido a ninguna mujer con la que quisiera tenerlos. Pero ahora… Contigo… Es diferente –encogió un hombro, y le dijo con humildad–: Me siento como si me hubiesen hecho un regalo maravilloso… La posibilidad de experimentar algo que me había negado a mí mismo todo este tiempo: El amor.


–Pero… ¿Y Cata? –insistió ella–. Quiero decir… ¿Sabe algo de esto?


Él asintió sonriente.


–Es una de las dos cosas que decidí que tenía que hacer anoche, antes de venir a verte. Llamé a Cata para decirle que iba a pedirte que te casaras conmigo, y no te puedes ni imaginar lo contenta que se puso. Te tiene mucho cariño y, lo que es más importante: Confía en tí.


Paula se sonrojó y apoyó la cabeza en su hombro mientras lo abrazaba con fuerza. Se sentía aliviada, e inmensamente feliz, porque sabía que nunca podría estar cómoda ocupando un lugar tan importante en la vida de Pedro a menos que la pequeña estuviese de acuerdo. Se irguió y lo besó en los labios.


–¿Y qué era la otra cosa que tenías que hacer?


–Pedirle a Luciana que me diese su bendición, por supuesto – contestó él–. Me ha dicho que si te rompo el corazón me romperá una pierna… O algo así –añadió con una sonrisa divertida.


–Estupendo. O sea, que se ha enterado todo el mundo antes que yo –gruñó Paula en broma.


De pronto, Pedro la tumbó en el sofá y se colocó a horcajadas sobre ella. Le soltó el cabello, y deslizó una mano por encima de sus turgentes senos, haciendo que se le cortara el aliento, antes de seguir bajando hasta su vientre, para acariciarlo también. Paula colocó su mano sobre la de él y le puso una mano en el cuello para atraerlo hacia sí.


–Antes de que empecemos a comernos a besos –le susurró–, hay algo más que quiero decirte.


Pedro ya había empezado a besarla, y estaba levantándole la camiseta. Paula le dió un coscorrón y lo reprendió con fingida irritación.


–¡Eh! ¿Quieres esperar? –le sonrió, y llevó su mano de nuevo a su vientre, ya desnudo. Luego, mirándolo con ojos brillantes, le preguntó–: ¿Qué te parecería tener mellizos?


Él se quedó paralizado y la miró con los ojos muy abiertos.


–¿En serio?


Paula asintió, y él sonrió de oreja a oreja.


–Bueno, y ahora dime: ¿Cuánto me va a costar sacarte de todos los contratos que has firmado a través de tu agente? – bromeó–. Porque los dos pequeñajos que están aquí dentro –dijo apretando suavemente su mano contra su vientre– y tú son míos, y los quiero solo para mí.


Ella se rió y se arqueó para frotarse sinuosamente contra él.


–Paula… –la advirtió Pedro.


Ella, para picarlo, dijo una cifra exorbitante. Pedro puso los ojos en blanco, pero se lo tomó con filosofía.


–Bueno, pagué una fracción de esa cantidad solo por besarte, así que supongo que es un precio razonable por casarme contigo, convertirme en el padre de tus hijos y vivir felices por siempre jamás.


–A mí también –contestó ella sonriendo, y lo atrajo hacia sí para tenerlo donde quería que estuviese siempre: Entre sus brazos.

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