–Paula, por favor, no llores… Te debo una disculpa. Siento haberte acusado de utilizar a Catalina. Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba.
Paula abrió los ojos, y el dolor que vio en ellos se le clavó en el alma.
–No sabes nada de mí, Pedro –le dijo con voz ronca–. Si no tuviera que volver a subirme nunca más a una pasarela, ni hacer sesiones de fotos para una revista, me sentiría feliz. Cuando llega el fin de semana me encanta quedarme en casa y hacer cosas como cocinar, hornear pan, tricotar… Y más que nada en el mundo lo que quiero es encontrar a alguien a quien amar, alguien que me quiera y con quien tener hijos, muchos hijos. Eso es lo que quiero, y lo que necesito. No sé si es porque no me sentí querida en mi infancia o algo así; lo único que sé es que eso es lo que quiero. Y nunca esperaría nada de eso de tí, porque tú ya has pasado por ello y sé que no quieres repetir la experiencia. Tienes a Catalina, y con ella te basta y te sobra; eres feliz. Pero yo no lo soy, Pedro, y el sexo no es suficiente para mí. No soy la clase de persona que va de ligue en ligue, sin involucrarse emocionalmente –intentó soltarse, pero él se aferró a sus manos con fuerza–. Por favor, deja que me vaya, para que pueda olvidarte y seguir con mi vida.
Pedro se quedó callado, aturdido. El apasionado discurso de Paula lo había dejado conmocionado, y no era capaz de articular palabra. Ella estaba mirándolo desafiante, como retándolo a intentar seducirla de nuevo, en aquellos momentos que sabía todo lo que sabía. Tenía razón; se merecía ser feliz. Se merecía encontrar a un buen hombre que la quisiera y que le diera todos los hijos que deseara. Algo se revolvió en su interior al imaginársela con otro, pero apretó los dientes y se reprendió con dureza. No tenía derecho a sentir celos. De pronto se sentía cansado, hastiado y cínico. Sí, él había «Pasado por ello», como Paula había dicho, y había salido escaldado. Después de enamorarse de Estefanía, y de que ella lo engañara, se había jurado a sí mismo que jamás volvería a ponerle su corazón en bandeja a nadie. Tenía a Catalina, tenía a su hermana, Luciana, y a su familia. Paula se merecía algo más. Tenía que dejarla ir.
Paula bajó la vista. No podía seguir mirando a Pedro a los ojos porque era evidente que por fin lo había comprendido. Le soltó las manos y dió un paso atrás.
–Gracias –musitó Kate, aún sin mirarlo.
–Te mereces encontrar lo que anhelas –dijo Pedro–. Te deseo todo lo mejor.
Un par de días después, Pedro estaba en su despacho de Madrid, mirando abstraído por la ventana con las manos en los bolsillos. Cuando oyó que llamaban a la puerta y que entraba alguien, se volvió. Era su secretaria.
–Dime, Diana.
Ella se acercó y le tendió un sobre acolchado de tamaño folio.
–Llegó esto justo después de que te fueras a Nueva York –le dijo–. Como pone «privado» no he querido abrirlo.
Pedro lo tomó y le dió las gracias a su secretaria, que se retiró. Le dió la vuelta al sobre. Con la misma letra pulcra que en el anverso, había escrita una dirección de Nueva York que le resultaba familiar, y el nombre P. Chaves. ¡Paula! Se sentó a su escritorio y abrió el sobre. Dentro había varias fotografías en blanco y negro. Con manos algo temblorosas fue pasándolas, impresionado por la habilidad de Paula para captar la esencia de las personas que había retratado. Había fotos de él con Catalina, fotos de Mamá Sara y Papá Luis…, De momentos entrañables. Ni siquiera recordaba haberla visto tomar esas fotos. Había también un sobre grande con el nombre de Catalina. Él no pudo reprimir la curiosidad y lo abrió. Había una única fotografía de ella con la pequeña, y las dos tenían puesta una mueca divertida. Paula debía de haber usado el temporizador para hacerla. En la parte de detrás había escrito una nota. "Cata: Ya te echo de menos. Quiero que sepas que me encantaría que vinieras a visitarme siempre que quieras, y te prometo que la próxima vez que vaya a Madrid iremos a tomar un helado. Estoy deseando que me cuentes cuántos amigos has hecho ya en el colegio. Cuídate. Con cariño, Pauli." Pedro guardó la fotografía con cuidado en el sobre, se levantó abruptamente y volvió junto a la ventana. Tenía una sensación de angustia en el pecho. No podía ser… No podía ser que la echase tanto de menos… Tenía que respetar su decisión, se dijo apretando los dientes. Tenía que dejarla tranquila. Kate tenía razón. Él tenía su vida, y tenía a Cata. No necesitaba nada más; no quería nada más. Quizá, si seguía repitiéndoselo, acabaría por creérselo.
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