Paula se sentía como un trapo. Era como si el enterarse de que estaba embarazada hubiese disparado un gatillo en su cuerpo, y esa mañana, al levantarse, le habían dado unas náuseas espantosas. Se lavó la cara y salió del cuarto de baño con una mano en el vientre. Le estaba resultando difícil hacerse a la idea de que aquello estaba pasando de verdad, y haberse encontrado con Pedro la noche anterior había sido el colofón final. Por no mencionar el dolor que le había causado haberlo visto acompañado de otra mujer… No sabía cómo iba a darle la noticia. A él… Y a Luciana. Dió gracias en silencio por no tener que ir a trabajar ese día, pero contrajo el rostro al pensar en que Jimena pondría el grito en el cielo cuando supiese que estaba embarazada. Adiós a su contrato como imagen de la firma de lencería que llevaba meses negociando… Aunque no era que a ella le importara demasiado… En ese momento sonó el timbre de la puerta, y dió un respingo. Seguramente sería su vecina, la señora Goldstein, pensó. El conserje solía llamarla por el telefonillo para avisarla cuando iban a subir a llevarle un paquete o tenía una visita. Mientras se dirigía a la puerta tomó una chaqueta de punto de una silla y se la puso. Todavía estaba en pijama. Cuando abrió la puerta y vió quién era, se sintió palidecer. Apretó el pomo con la mano, y con la otra se cerró la chaqueta, aliviada de habérsela puesto antes de abrir.
–Pedro…
–Hola, Paula.
Durante un momento que se le hizo interminable, ninguno de los dos dijo nada. Simplemente se quedaron mirándose. Paula, a quien se le había hecho un nudo en la garganta, tragó saliva.
–¿Qué quieres, Pedro? –le espetó.
De pronto se fijó en que tenía cara de estar agotado.
–¿Puedo pasar?
Paula habría querido decirle que no, pero sabía que no podría seguir evitándolo mucho tiempo. Antes o después tendría que decirle que estaba embarazada y, a decir verdad, la idea dedejarlo entrar y pasaron al salón.
–¿Vas a decirme a qué has venido? –inquirió en un tono menos beligerante tras sentarse en el sofá.
Pedro no sabía por dónde empezar. Le faltaban las palabras, algo que no le solía pasar. Se sentía perdido y aterrado. Se paseó arriba y abajo mientras se pasaba una mano por el pelo. ¿Cómo decirle lo que le quería decir? La quería en su vida, quería lo que se había negado todo ese tiempo, lo quería todo.
Paula observó a Pedro, y al ver la expresión atormentada de su rostro tuvo la sensación de que su visita no tenía nada que ver con ellos. Debía de haber ocurrido algo… Se levantó, y él dejó de pasearse y la miró.
–¿Qué ha pasado? –inquirió Paula–. ¿Es Cata? ¿Le ha ocurrido algo? ¿Les ha pasado algo a Luciana o a Daniel?
Pedro se quedó completamente perplejo por un instante, pero luego lo comprendió. Paula se dió cuenta de que debía de haber visto en su rostro el terror que la había invadido, porque de inmediato fue a su lado y la hizo sentarse de nuevo antes de tomar asiento junto a ella.
–No, no ha pasado nada –se apresuró a tranquilizarla, sacudiendo la cabeza–. Están todos bien. Perdóname, no pretendía asustarte –dijo tomando su mano entre las suyas.
Un profundo alivio la invadió, pero a la vez se dió cuenta de que Pedro estaba demasiado cerca de ella. Se sentó un poco más lejos, y él le soltó la mano. Aunque Paula permaneció callada, por dentro estaba gritándole que le dijera de una vez qué quería y se marchara. Cuando finalmente habló, pareció como si Pedro estuviese arrancándose las palabras.
–Paula, te necesito…
A ella le dió un vuelco el estómago. Se puso de pie y le dió la espalda, cruzándose de brazos. ¿Cuándo acabaría aquella tortura? Se volvió hacia él.
–Pedro, ya te lo he dicho: Se ha terminado. Ya sé que me deseas –le espetó con amargura–, y tú sabes que yo también a tí, pero se ha acabado. Estoy segura de que la mujer con la que estabas anoche puede darte lo que necesitas.
Pedro frunció el ceño y se levantó también.
–Después de encontrarme contigo le dije que quería cancelar la cita y le pedí a mi chófer que la llevara a su casa. Ni siquiera me acordaba de su nombre –le explicó–. No fue más que un patético intento por mi parte de volver a la vida que llevaba antes, de ignorar el hecho de que no he podido dejar de pensar en tí desde que nos despedimos en Madrid, y que me ha llevado semanas de tortura darme cuenta de que no puedo vivir sin tí. Tenía auténtico pavor de que hubieras conocido a otro, que te hubieras enamorado, que hubieses decidido casarte con ese hombre y tener hijos con él – sacudió la cabeza–. Anoche habría querido ir tras de tí, pero me dije que era mejor esperar. Tenía que asegurarme de que cuando hablase contigo pudieses creer lo que te dijera, que no pensaras que solo pretendía acostarme contigo. Tenía intención de mostrarme calmado, racional, pero no es así como me siento ahora mismo. Te necesito, Paula, pero es más que eso. Te quiero, y me aterra pensar que quizá no estés dispuesta a darme la oportunidad de demostrarte cuánto, que quizá sea demasiado tarde. Te mereces a alguien que no esté marcado por los errores de su pasado, pero soy un hombre egoísta y no quiero que otro hombre ocupe ese lugar. Quiero que estés a mi lado… Quiero envejecer a tu lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario